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La Ciudad |DISCAPACIDAD, TRANSPORTE Y DERECHOS VULNERADOS

Las barreras de la Ciudad: la odisea de viajar con la silla de ruedas

Una vecina de Ringuelet, estudia y trabaja, pero cada viaje en micro al Centro abre una situación de incertidumbre. Falta de empatía y rampas. Las demoras de Ioma con la cobertura para acompañantes

Las barreras de la Ciudad: la odisea de viajar con la silla de ruedas

Diariamente, eva depende de la predisposición de vecinos y choferes para poder viajar / EL DIA

5 de Marzo de 2026 | 04:41
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El colectivo frena, pero eso no garantiza que el viaje empiece. El chofer mira por el espejo, calcula el tiempo, duda. La rampa tarda en bajar o directamente no baja. Los pasajeros observan en silencio. Para la mayoría, trasladarse es rutina; para otros, cada trayecto depende de que alguien decida cumplir con lo que corresponde.

Esa escena forma parte de la vida cotidiana de Eva Noemí Fontoura, vecina de Ringuelet. Todos los días se toma un colectivo de la Línea 273 en las inmediaciones de 3 y 515 bis para ir a trabajar, cursar cuarto año de Trabajo Social o simplemente salir. “Ya estoy cansada de renegar con los micros. La gran mayoría, no baja la rampa como corresponde y hay poca empatía por parte de los choferes”, resumió.

Hace pocos días, uno de los conductores de su usual micro no respetó las indicaciones que le dio para acomodar la silla y el movimiento brusco la empujó hacia adelante y terminó en el piso. “Si no fuera por la gente, que muchas veces tiene más empatía que los choferes, no sé qué hubiese pasado”, recordó.

Natalia Ledesma, su acompañante terapéutica, confirma que no se trata de un hecho aislado. “A veces del otro lado no hay predisposición. No acercan el micro a la vereda y ella necesita eso para subir. Sus sillas son sus piernas”, graficó. Según describió, muchos choferes priorizan no perder tiempo y eso aumenta el riesgo. “No estamos hablando de todos, ni generalizamos, pero en su mayoría, van apurados y por eso pasó lo que pasó: se cayó”.

 

Según describió, muchos choferes priorizan no perder tiempo y eso aumenta el riesgo

 

Eva tiene parálisis cerebral infantil. Pero lejos de resignarse, construyó una vida activa. Trabaja, estudia y organiza su rutina con acompañante terapéutico y cuidador domiciliario. “Trato y siempre busco los recursos para tener una vida lo más normal posible”, afirmó. Sin embargo, sostuvo que el problema no es individual sino estructural: “La infraestructura en La Plata no está tan preparada para que transite una persona con discapacidad”.

En el centro hay rampas, pero muchas están mal hechas. “Muchas veces para cruzar a Plaza San Martín tengo que buscar una rampa con buena bajada y eso implica tiempo y hasta caminar apurada en la calle antes que el semáforo cambie a rojo”, confesó.

En la zona de la facultad, por ejemplo, los adoquines dificultan su desplazamiento. Y en su propio hogar, la situación también está pendiente. Según relató, la delegación se comprometió a construirle una rampa de acceso en la zona de 3 y 514. Los materiales fueron llegando de manera parcial, pero la obra todavía no se concretó.

A las barreras físicas se suman las administrativas. Eva señala las demoras en los pagos de Ioma a acompañantes terapéuticos y cuidadores. “No pueden estar tres meses sin cobrar. Eso muchas veces recae en el afiliado”, explicó. Si bien hoy cuenta con profesionales que la acompañan desde hace tiempo, reconoció que la incertidumbre impacta directamente en la autonomía que intenta sostener.

La silla que utiliza actualmente también fue resultado de meses de trámites y auditorías. La anterior se rompió por el desgaste diario de calles irregulares y colectivos. “Todo es una lucha”, dijo. Y hay algo que la incomoda: que la definan como ejemplo o heroína. “No debería ser así. Debería haber una sociedad preparada. No somos simplemente una rampa. Somos mucho más que eso”.

Desde su experiencia y también desde su formación, insiste en que las familias deben fomentar la independencia. “Somos personas. Tenemos derechos. Va a llegar un momento en que los padres no van a estar, entonces hay que prepararse”, reflexionó.

Natalia coincidió: “Falta mucho para hablar de inclusión. En realidad, tendría que ser todo igual para todos”.

Mientras tanto, cada viaje vuelve a empezar. El colectivo frena. La rampa baja -o no- y en eso se define algo esencial: la posibilidad concreta de moverse, estudiar, trabajar y vivir con la autonomía que para otros es apenas parte de la rutina.

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