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Información General |LA EMBARCACIÓN INCAUTADA FUE USADA COMO BUQUE-PRISIÓN Y HUNDIDA FRENTE A TENERIFE, ESPAÑA

Hito naval en el Atlántico: a 110 años del corsario fantasma y del carguero que fue hundido

Un recorrido por el día que cambió la imagen clásica de la guerra naval como un enfrentamiento puramente brutal. La historia del SMS Möwe y del SS Westburn mostró una lógica casi “caballeresca” dentro de la Primera Guerra

Hito naval en el Atlántico: a 110 años del corsario fantasma y del carguero que fue hundido

Dibujo coloreado de W. Malchin, publicado en una revista austríaca de 1916. Colección de Agustín Miranda Armas / Web

4 de Marzo de 2026 | 01:40
Edición impresa

La historia del carguero británico SS Westburn y el corsario alemán SMS Möwe corrompió con el sentido de una guerra naval puramente brutal al mostrar un código casi “caballeresco”, basado en rescates, desembarcos neutrales y hundimientos estratégicos antes que combates directos, además de anticipar formas modernas de guerra encubierta mediante el disfraz y el engaño.

Aquel naufragio del Westburn fue convertido en sitio de buceo en Tenerife resignifica aquel episodio, que pasó de maniobra táctica en el Atlántico a patrimonio subacuático con un atractivo histórico singular.

EL SUCESO HISTÓRICO

En febrero de 1916, en plena Primera Guerra Mundial, el carguero británico SS Westburn fue capturado en el Atlántico por un buque que no parecía lo que era. Detrás de su silueta de mercante neutral se ocultaba el SMS Möwe, el corsario más eficaz de la marina imperial alemana. A 110 años de aquel episodio que terminaría con su hundimiento deliberado frente a Tenerife, la historia invita a revisar una imagen demasiado simplificada de la guerra naval.

En primer lugar, rompe con la idea clásica de un enfrentamiento puramente brutal. El episodio del Möwe y el Westburn muestra una lógica casi caballeresca dentro de un conflicto devastador: rescate de prisioneros, desembarco en puerto neutral y destrucción deliberada del propio botín para evitar su recaptura, antes que combates directos a sangre y fuego. Ese código de conducta contrasta con la guerra total que se consolidaría después, especialmente en la Segunda Guerra Mundial.

Lejos de la imagen del acorazado enfrentando a otro en duelo artillero, aquí hubo cálculo, negociación implícita y respeto relativo por ciertas normas marítimas. La escena del Westburn ingresando a Santa Cruz de Tenerife para liberar prisioneros bajo la mirada de potencias neutrales es una postal poco habitual en la narrativa más difundida del conflicto.

EL BARCO CAMALEÓNICO

El Möwe no había nacido para la guerra. Construido como carguero refrigerado bajo el nombre Pungo, fue requisado y transformado en crucero auxiliar en 1915. Se le instalaron cañones ocultos tras paneles abatibles, tubos lanzatorpedos y capacidad para sembrar minas, pero su verdadera fortaleza no residía solo en el armamento.

Su mayor arma era el engaño. Chimeneas telescópicas, mástiles desmontables y pintura intercambiable le permitían modificar su silueta en alta mar y hacerse pasar por un mercante neutral. Esta forma de operar —mezcla de disfraz, sorpresa y ataque selectivo al comercio— puede leerse hoy como una forma temprana de guerra híbrida o de estrategia encubierta.

Al mando estaba el conde Nikolaus zu Dohna-Schlodien, oficial que encarnó ese perfil ambiguo de corsario moderno y marino disciplinado. Bajo su conducción, el Möwe capturó o hundió alrededor de 40 buques aliados y sembró minas que incluso provocaron la pérdida del acorazado HMS King Edward VII en 1916. No era un gigante de acero, sino un depredador camuflado que desafiaba al Imperio británico desde la astucia.

LA JUGADA EN TENERIFE

Cuando el Westburn fue interceptado, el Möwe ya llevaba numerosos prisioneros a bordo. En lugar de hundirlo de inmediato, Dohna-Schlodien decidió utilizarlo como buque-prisión temporal. Trasladó a unos 200 cautivos y lo envió a un puerto neutral para desembarcarlos, una decisión que evidencia esa lógica menos brutal y más estratégica.

El 22 de febrero de 1916, el Westburn ingresó en Santa Cruz de Tenerife, entonces bajo soberanía española neutral, para liberar a los prisioneros. Fuera de las aguas territoriales lo esperaba un crucero británico dispuesto a capturarlo apenas abandonara la protección legal del puerto.

Sin escapatoria posible, la tripulación alemana optó por hundirlo el 23 de febrero, abriendo válvulas y colocando explosivos. El barco desapareció frente a la costa para evitar que volviera a manos enemigas, cerrando así una operación que combinó cálculo táctico, respeto formal por los prisioneros y una última maniobra de negación estratégica.

DE JUGADA TÁCTICA A PATRIMONIO SUBACUÁTICO

El contraste con lo que vendría después es evidente. En la guerra submarina irrestricta y en los bombardeos masivos de la década siguiente, el margen para códigos caballerescos sería prácticamente inexistente. El episodio del Westburn y el Möwe aparece así como un eslabón intermedio entre las viejas reglas navales y la brutalidad industrial del siglo XX.

El propio Möwe sobrevivió al conflicto y volvió al servicio mercante, hasta ser hundido en 1945, durante la Segunda Guerra Mundial, cuando operaba como transporte bajo el nombre Oldenburg. Su ciclo cerró en otra guerra, mucho más total y devastadora.

El Westburn, en cambio, permanece a unos 30 metros de profundidad frente a Tenerife. Su pecio es hoy un sitio de buceo técnico y patrimonio subacuático, una transformación simbólica: de pieza en una partida de ajedrez naval a atractivo turístico y refugio de vida marina. Espionaje, códigos de honor y legado sumergido se entrelazan en esta historia que, 110 años después, sigue ofreciendo una mirada distinta sobre la Primera Guerra Mundial.

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