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El séptimo arte estaría en peligro y la gran culpable sería la industria, en particular la principal plataforma de streaming, acusada de aplanar contenidos y establecer un paradigma para el resto
Chaplin en “Tiempos modernos”: ¿El cine se transformó en una máquina en serie o siempre lo fue?
¿Todo el cine es igual? Los cinéfilos se quejan, y señalan que aunque en todas las épocas hubo un cine industrial con un marcado estilo, ahora todas las películas lucen parecido, y, lo que es peor, malo. Y todos señalan a un villano: Netflix, que quiere llevar el cine a los celulares y, como actor muy importante en la producción audiovisual global, parece decidido a estandarizar las películas hasta volverlo indistinguible de un algoritmo en piloto automático.
Y algo de verdad hay. La plataforma impone una serie de reglas internas -no escritas, pero ampliamente comentadas en la industria- que terminan moldeando sus producciones bajo una misma lógica: ritmo constante, información redundante y una obsesión casi patológica por no perder la atención del espectador.
La fórmula es clara: cada pocos minutos debe pasar algo. Si no hay una escena de acción, hay un giro. Si no hay giro, hay un diálogo explicativo. Y si todo falla, un personaje recuerda en voz alta lo que ya vimos hace dos escenas. El resultado no es solo una narrativa acelerada, sino profundamente desconfiada de su público. Como si del otro lado siempre hubiera alguien mirando el celular, distraído, incapaz de seguir una trama sin asistencia permanente.
Así le dijeron, de hecho, a Sebastián De Caro, quien contó que cuando filmaba “Matrimillas” productores de Netflix le marcaron que tenía que recordar algo que había pasado dos escenas atrás con un flashback. “¿Y si el espectador fue al baño?”, le dijeron.
En las producciones argentinas esto se ha vuelto particularmente evidente por otra razón: como son películas producidas en Argentina, sobre temas a menudo argentinos, pero para consumo global, el guion debe estar constantemente reponiendo el contexto. Explicando.
Actores y realizadores empezaron a deslizar estas tensiones. Matt Damon comentó en más de una ocasión que en producciones recientes se le pedía reforzar información que ya estaba clara, repitiendo motivaciones o explicando decisiones en voz alta. No se trata de un capricho actoral: es una directiva. Que nadie se pierda. Que nadie tenga que pensar demasiado. El efecto: personajes que se explican a sí mismos, tramas que subrayan cada movimiento y una narrativa que pierde espesor, incluso opacidad, en nombre de la claridad universal. Y algo de esta “transparencia” del cine (las superficies tersas, sin tensión de las que habla el filósofo Byung-Chul Han) se traducen también en una imagen cada vez más chata, pasteurizada, de iluminación blanda y colores aplanados, sin contrastes, paradójicamente en una era de tecnología sin límites. Una imagen universal. Con un asterisco además: cada vez más productoras piensan que no hace falta un trabajo de fotografía, efectos y posproducción teniendo en cuenta que todo esto termina en el teléfono de un adolescente distraído.
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Claro que, cuando todo debe ser comprendido en cualquier lugar del mundo sin fricción cultural, lo específico se diluye. Las referencias locales se suavizan, los silencios se llenan y la ambigüedad -ese espacio incómodo donde el cine respira- se convierte en un lujo prescindible. El resultado es una especie de idioma audiovisual neutro, reconocible en cualquier producción de la plataforma, desde Hollywood hasta Buenos Aires. Y cada vez más extendida a las otras producciones de otras plataformas.
Porque el problema es que Netflix no es solo un productor más. Su escala le permite fijar estándares que otros terminan imitando, voluntaria o involuntariamente. Lo que empieza como una decisión interna se vuelve una norma de mercado. Productoras independientes, estudios tradicionales e incluso cineastas con recorrido empiezan a incorporar estas lógicas, ya sea para vender sus proyectos o para adaptarse a un ecosistema donde el algoritmo también parece tener voto.
La consecuencia es una homogeneización progresiva del lenguaje. Las películas no solo se parecen entre sí: funcionan igual. Mismos tiempos, mismos énfasis, mismas estrategias para evitar el “abandono” del espectador. En ese contexto, el riesgo creativo deja de ser un valor y pasa a ser una amenaza. Mejor no incomodar, mejor no exigir demasiado. Mejor repetir.
Pero tampoco conviene caer en una nostalgia ingenua. El cine industrial siempre tuvo sus fórmulas, sus moldes, sus líneas de producción. Hollywood lleva décadas fabricando éxitos en serie, ajustando estructuras narrativas como si fueran piezas de ingeniería. La diferencia, quizás, es la escala y la precisión. Donde antes había intuición, ahora hay datos. Donde antes había tendencias, ahora hay métricas en tiempo real.
Entonces la pregunta no es si Netflix está matando al cine, sino qué tipo de cine está promoviendo. ¿Es esta máquina de producir contenidos en masa -eficiente, global, inagotable- una amenaza real para la diversidad narrativa? ¿O simplemente una nueva versión, más sofisticada, de algo que siempre existió? Tal vez el problema no sea la fábrica de chorizos, sino que cada vez haya menos carnicerías dispuestas a hacer algo distinto.
Netflix promueve estructuras narrativas donde cada pocos minutos debe ocurrir algo: acción, giro o explicación. El silencio y la ambigüedad quedan fuera del sistema. Las películas incorporan recordatorios constantes de información ya mostrada, como si el público no pudiera seguir una historia sin asistencia.
Las reglas narrativas de Netflix empiezan a replicarse en toda la industria, incluso fuera de la plataforma. El modelo desalienta la experimentación: lo que no encaja en la lógica del algoritmo queda afuera. Producciones de distintos países empiezan a parecerse entre sí, no por estética sino por estructura.
El cine siempre tuvo fórmulas, pero ahora están optimizadas con datos, métricas y comportamiento del usuario en tiempo real. ¿Estamos ante una evolución natural del cine industrial… o frente a una máquina que aplana cualquier diferencia?
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