Un hombre se encuentra frente al cuadro “Impresión, Soleil levant” (Impresión, amanecer - 1872) del pintor impresionista francés Claude Monet (1840-1926) / AFP
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Un hombre se encuentra frente al cuadro “Impresión, Soleil levant” (Impresión, amanecer - 1872) del pintor impresionista francés Claude Monet (1840-1926) / AFP
El nacimiento del impresionismo es un momento cargado de tensiones sociales, políticas y artísticas que marcaron un antes y un después en la historia del arte. Lo que hoy celebramos como un movimiento revolucionario, fresco y cargado de vitalidad, no fue inicialmente más que una pequeña exposición alternativa en 1874, organizada por un grupo de artistas que no encontraban espacio en los grandes salones oficiales. De ese hecho se están cumpliendo 150 años. Y París, donde comenzó formalmente, concentra por estos días un amplio abanico de exposiciones para conmemorar y recordar a esos artistas que le dieron vida.
En 1874, Francia venía de una guerra humillante con Prusia, con París recuperándose de la brutal represión de la Comuna. En este marco, un pequeño grupo de artistas, unidos más por su descontento con el sistema artístico establecido que por una coherencia estilística, decidió mostrar su obra de manera independiente.

“L’Eminence Grise” de Jean-Léon Gérôme / Web
Los impresionistas no nacieron como tales. No existía un manifiesto ni un conjunto de reglas que definieran su estilo. Se trataba de un grupo heterogéneo, con figuras tan dispares como Degas, un hombre adinerado con una perspectiva académica, y Pissarro, quien participó en las ocho exposiciones impresionistas y, sin embargo, vivió en la pobreza. Berthe Morisot, una de las pocas mujeres en el grupo, aportaba una visión única, influida por su estatus social y su condición de mujer en una sociedad dominada por hombres. Lo que los unía no era una técnica en particular, sino una actitud de inconformismo, una resistencia a las convenciones impuestas por la Academia.
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El nacimiento del impresionismo es un momento cargado de tensiones sociales, políticas y artísticas
En contraposición, el Salón de 1874, la feria oficial de arte, era un gigante en comparación. Con más de 3.700 obras expuestas en el Palais de l’Industrie, era el evento artístico del año. Un lugar para ver y ser visto, donde los artistas tradicionales, como Jean-Léon Gérôme, dominaban la escena. Gérôme, un maestro de la pintura histórica, presentó su obra “L’Eminence Grise”, un cuadro monumental que retrataba una escena teatral cargada de detalles y simbolismos, algo que contrasta profundamente con la obra de Monet, que también formaba parte de esa pequeña muestra alternativa de la Société Anonyme. Monet, con su “Impresión, sol naciente”, presentaba algo completamente diferente: una escena portuaria bañada en niebla, con pinceladas rápidas y un sol rojo que teñía todo el paisaje. A primera vista, la obra de Monet parecía desprolija, casi incompleta, mientras que la de Gérôme era un despliegue de maestría técnica.
La obra de Monet parecía desprolija, incompleta; lade Gérôme, una maestría técnica
La confrontación entre estas dos formas de entender el arte es clave para comprender lo que sucedió en 1874. Mientras el Salón celebraba la grandiosidad de la tradición académica, los impresionistas apostaban por lo cotidiano, lo efímero y lo inmediato. Pero su muestra fue un fracaso rotundo: apenas 3.500 personas visitaron la exposición, y solo se vendieron cuatro cuadros. Aún así, lo que hoy vemos como una revolución artística comenzó aquí, en un modesto estudio fotográfico, lejos de los fastuosos salones oficiales.
Lo que la exposición en la National Gallery nos muestra no es solo esta historia de dos exposiciones, sino también cómo el mercado y el capitalismo jugaron un papel fundamental en la evolución del arte. El impresionismo no fue simplemente una explosión de genios jóvenes luchando contra un establishment opresor. Fue, en gran medida, una respuesta al contexto socioeconómico de la época, donde la modernización y la industrialización cambiaban rápidamente la forma en que las personas vivían y, por lo tanto, cómo veían el mundo. En ese sentido, es posible que muchos de los visitantes contemporáneos de la muestra impresionista hayan preferido las obras académicas del Salón, con su riqueza de detalles y su precisión histórica, a las imágenes vagas y nebulosas de Monet y sus compañeros.
Sin embargo, los impresionistas supieron captar algo esencial del espíritu de su tiempo. La rapidez con la que el mundo cambiaba, la sensación de que la modernidad estaba a la vuelta de la esquina, se reflejaba en sus pinceladas rápidas y en su rechazo a las formas tradicionales. Mientras los pintores académicos seguían representando escenas históricas o mitológicas, los impresionistas miraban hacia el presente, hacia la vida cotidiana, y lo hacían de una manera completamente nueva.

“Une moderne Olympia “, Paul Cézanne entre 1873 y 1874 / Musée d’Orsay, Dist. RMN-Grand Palais, Patrice Schmidt
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