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En el país está prohibida. Desde hace años hay proyectos presentados, pero no lograron avanzar en el Congreso. Uruguay sancionó la ley en octubre. Qué está permitido y qué no. El foco en la libertad, el sufrimiento y la dignidad en el tramo final de la vida. Y el caso de una joven de La Plata que luchó para poder elegir cómo morir
Decidir sobre el final de la vida, un tema en debate / WEB
Alejandra Castillo
acastillo@eldia.com
La eutanasia vuelve a instalarse como uno de los debates más complejos y postergados de la Argentina. La discusión atraviesa dimensiones médicas, jurídicas, éticas y culturales, y pone en tensión dos principios centrales: el deber del Estado de proteger la vida y el derecho de las personas a decidir sobre su propio cuerpo cuando el sufrimiento se vuelve irreversible. Mientras en el país la práctica sigue prohibida y los proyectos de ley permanecen frenados en el Congreso, algunos países de la región ya avanzaron en su regulación. En ese marco, el recuerdo de un caso ocurrido en La Plata cobra renovada relevancia. Se trata de la historia de Delfina Ferro, una joven de 25 años que murió en febrero de 2025 a causa de un glioblastoma multiforme -uno de los tumores cerebrales más agresivos- y que, durante el avance de su enfermedad, expresó abiertamente su deseo de poder elegir cómo morir. Su planteo no se dio en soledad ni como excepción, sino como parte de una discusión más amplia sobre la dignidad, la autonomía y los límites de la intervención médica en el tramo final de la vida.
El antecedente platense vuelve a ser mencionado hoy en paralelo a la aparición de otros casos y testimonios que retoman la idea de una muerte digna, y en un contexto en el que la legislación argentina mantiene una frontera clara: provocar deliberadamente la muerte de una persona, aun a pedido suyo, sigue siendo un delito. Al mismo tiempo, el avance de la medicina permite prolongar la vida en escenarios de enfermedades graves e incurables, lo que profundiza el interrogante sobre la calidad de esa vida y el derecho a decidir.
La experiencia de Delfina Ferro se inscribe así en una discusión que excede lo individual y permanece abierta en la Argentina: hasta dónde puede —o debe— llegar la libertad personal cuando vivir se transforma en sufrimiento, y qué rol le cabe al Estado frente a esa decisión, mientras otros países de la región ya dieron el paso que aquí sigue siendo materia pendiente.
En el país rige un marco normativo que reconoce derechos amplios al final de la vida, pero que no habilita la eutanasia en su sentido estricto. Administrar una sustancia o realizar una acción directa para provocar deliberadamente la muerte de una persona, incluso si existe consentimiento expreso del paciente, está prohibido por el Código Penal y puede encuadrarse como homicidio. Dicho de otro modo: el consentimiento no elimina la responsabilidad penal de quien ejecuta aquel deseo ajeno.
En 2012 se sancionó la Ley 26.742 de Muerte Digna, que permite rechazar tratamientos médicos que prolonguen artificialmente la vida o profundicen el sufrimiento cuando la enfermedad es incurable o terminal; negarse a recibir hidratación o alimentación artificial desproporcionadas o invasivas; y acceder a cuidados paliativos integrales. La norma tomó como antecedente el caso “Bahamondez”, en el que la Corte Suprema de Justicia de la Nación sentó un precedente sobre el derecho de los pacientes a negarse a tratamientos médicos.
Otro recurso legal es la sedación paliativa, que consiste en administrar medicamentos para aliviar dolor o sufrimiento extremo mediante la disminución deliberada del nivel de conciencia del enfermo. Puede ser puntual o continua hasta la muerte. De ningún modo acelera el fallecimiento, aunque en muchos casos es el último “tratamiento” que recibe la persona.
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En los últimos dos años se presentaron al menos cinco proyectos de ley en la Cámara de Diputados y en el Senado orientados a habilitar la eutanasia activa. Con denominaciones como “Ley de Buena Muerte”, “Buena muerte médicamente asistida” o “Régimen legal de asistencia para terminar con la propia vida”, todas las iniciativas cuentan con estado parlamentario y fueron impulsadas por legisladores de distintos espacios políticos.
Sin embargo, ninguna logró consensuar un texto que permitiera avanzar hacia su sanción. El resultado es una discusión que se reactiva periódicamente, pero que permanece sin resolución normativa, incluso cuando los casos concretos y los testimonios públicos se multiplican.
Entre esas voces se destacó recientemente la de Darío Lopérfido, de amplia trayectoria en la política y el mundo de la cultura, quien tras ser diagnosticado con ELA escribió reflexiones contundentes sobre la vida, la muerte y la libertad de elegir cómo transitarlas.
“La eutanasia es la más liberal de las muertes y es mucho mejor que suicidarse. Uno no puede decidir nacer, pero puede decidir morir. Vivir no debe ser obligatorio. La muerte más civilizada es la que uno decide en pleno uso de sus facultades”, sostuvo.
En otro pasaje cuestionó el mandato de prolongar la vida a cualquier costo: “Uno puede atravesar una enfermedad terminal mientras la vida no sea sólo un espanto. Cuando sólo queda el espanto, hay que buscar las drogas, el sexo o, si tenés la suerte de vivir en un país que la tenga, la eutanasia: el mayor logro de la humanidad para quienes no tienen esperanza y sólo conviven con el infierno”.
“No tengo ningún interés en probar hasta dónde llega mi capacidad para soportar el dolor o la ruina física. Hay parámetros que sirven de guía: poder trabajar es un motivo para estar vivo, los momentos de placer son otro. Yo ya tuve una vida fabulosa e intensa. La medicina actual se nutre de la idea de estirar la vida, pero el tramo final no puede arruinar lo que vino antes. Mi promedio es alto y debo conservarlo. Hay que respetar el estilo de vida hasta el final. Una agonía cruenta es algo que uno debe evitarse a sí mismo y evitarles a los demás”, describe Lopérfido en su imperdible artículo “tener ELA es una mierda”.
Mientras la Argentina sigue debatiendo, otros países de la región avanzaron. En octubre pasado, Uruguay se convirtió en el primer país sudamericano en legalizar la eutanasia. Con la sanción de la “Ley de Muerte Digna”, se habilitó la práctica para personas mayores de edad, psíquicamente aptas, que atraviesen una patología incurable e irreversible, con sufrimientos insoportables y un grave deterioro de su calidad de vida. El procedimiento busca garantizar una muerte “indolora, apacible y respetuosa de la dignidad”.
El proceso no fue sencillo: demandó casi cinco años de debate parlamentario y la ley se aprobó con 20 votos afirmativos sobre un total de 31 legisladores.
Colombia, por su parte, fue pionera en América Latina. En 2021, su Corte Constitucional amplió el derecho a la asistencia médica para morir a pacientes que, sin ser terminales, padezcan un intenso sufrimiento físico o psíquico por una enfermedad grave e incurable. Un año después, Víctor Escobar Prado se convirtió en el primer latinoamericano no terminal en acceder legalmente a la eutanasia.
Escobar Prado tenía 60 años y padecía secuelas graves de un accidente sufrido a los 24, además de diabetes, hipertensión, depresión y EPOC. Eligió morir un viernes por la noche para no alterar la rutina laboral de su familia. Cenó con su esposa y sus cuatro hijos, grabó un mensaje de despedida, donó sus órganos e ingresó a la clínica con la camiseta del Deportivo Cali.
Delfina había estudiado y vivido en Nueva Zelanda y en Estados Unidos, donde cursaba la carrera de Business. Practicó hockey y running, y se caracterizaba por fijarse objetivos personales y académicos. El primer síntoma de la enfermedad fue una convulsión que sufrió mientras residía en Estados Unidos. Tras su regreso al país, fue operada en La Plata, en marzo de 2024. La biopsia posterior confirmó el peor diagnóstico. Los médicos le dieron entre ocho meses y un año y medio de vida.
Ante el avance irreversible de la enfermedad y la ausencia de tratamiento, Delfina expuso su voluntad de no prolongar el sufrimiento. Su madre, Florencia Jardel, acompañó sus decisiones en todo momento, igual que su esposo y sus otros dos hijos.
“Nos propusimos seguir siendo una casa feliz y lo logramos. Lo logramos porque planificábamos cenas, jugábamos mucho. Siempre comíamos todos juntos y armábamos cenas ricas. La pasábamos bien en un montón de momentos. Hicimos un viaje en la mitad con toda mi familia, padres, hermanas que también la pasamos muy bien. A pesar de que los médicos decían que no podía subirse a un avión”, contó tiempo atrás en una nota.
El 31 de diciembre de 2024 fue el último día que Delfina pudo correr. “A partir de ahí, empezó a hablar de la muerte. El tumor se extendió para el otro lado y empezó a tener dificultades en los movimientos. Empezó a hablar de la eutanasia y del suicidio asistido. Al principio fue muy fuerte escuchar eso. Ella tenía ciudadanía italiana, entonces también averiguaba para ver si podía viajar. Y quería luchar por una ley que diera el derecho a elegir. Una ley en el tiempo porque nos dejó ese legado, le vamos a hacer honor a su pedido”, aseguró Florencia. Y recordó las palabras de su hija: “Decía ‘respeto que haya gente que teniendo inmovilizado el cuerpo disfrute, pero para mí no’. No quería. La enfermedad avanzaba muy rápido”.
“Ver sufrir a un ser querido es incluso peor que verlo irse. Delfi me decía ‘me quiero ir bien, tranquila’. En situaciones así no había tratamiento que a Delfi la cure y el final ya estaba anunciado porque, bueno, se sabe cómo termina esta enfermedad”, reconoció Jardel.
Para acceder a la sedación paliativa, tuvo que hablar con numerosos médicos, ya que era joven, estaba lúcida y parecía encontrarse bien físicamente. Le desesperaba sentir que perdía movilidad rápidamente, cuando era justo lo que quería evitar.
Dijo “tengo derecho a una sedación paliativa porque tengo sufrimiento existencial”, según recordó su madre. Ese planteo figura en la ley.
En el preciso momento que un médico le comunicó que tendría la sedación cuando la necesitara, la joven “se relajó, fuimos acá a la Costa y disfrutó”, explicó Florencia.
Delfina murió rodeada de sus seres queridos. Dejó cartas y videos en los que pidió que su lucha continuara. Su madre tomó el reclamo por una ley de eutanasia como una misión personal, convencida de que “elegir cómo morir también es una forma de amar la vida”.
Delfina junto a su familia / foto: infobae
Decidir sobre el final de la vida, un tema en debate / WEB
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