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Hace casi dos décadas, J. K. Rowling puso el punto final al último libro de la saga que marcó a generaciones. Hoy, un nuevo recuerdo de aquel gesto íntimo —una escritora sola en un hotel de Edimburgo— que terminó convirtiéndose en un hito cultural global. El repaso más completo
La escritora estadounidense terminó de escribir su novela en un hotel / Web
El 11 de enero de 2007 no hubo fuegos artificiales ni multitudes. No hubo cámaras ni aplausos. J.K. Rowling estaba sola, en una habitación del Hotel Balmoral de Edimburgo, frente a un escritorio que había sido testigo de meses —y años— de obsesión, cansancio y vértigo. Ese día, la novelista británica escribió las últimas palabras de Harry Potter y las Reliquias de la Muerte y, con ellas, cerró una de las sagas literarias más influyentes del último siglo. Diecinueve años después, aquel gesto privado sigue reverberando en millones de lectores alrededor del mundo.
La escena tiene algo de justicia poética. Porque Rowling no llegó hasta allí desde un lugar de comodidad ni de privilegio. A comienzos de los años noventa, Jo —como todavía se llamaba a sí misma— estaba desempleada, atravesada por deudas, marcada por la muerte de su madre y saliendo de una relación violenta que había puesto en riesgo su integridad física y emocional. Vivía al día, escribía cuando podía y sostenía su vocación más por necesidad que por certeza. La literatura no era un plan de éxito: era una tabla de salvación.
La historia es conocida, pero no por eso pierde potencia. En un viaje en tren, Rowling imaginó a un niño que descubría que era mago y que debía asistir a una escuela especial para aprender a usar ese poder. La imagen fue tan vívida que empezó a escribirla de inmediato, en papeles sueltos, cuadernos, servilletas, cualquier superficie que le permitiera no perder esa intuición inicial. Harry Potter nació así: como un impulso, como una forma de resistencia.
El camino, sin embargo, estuvo lejos de ser sencillo. Doce editoriales rechazaron el manuscrito de “Harry Potter y la piedra filosofal”. Las excusas eran: demasiado largo, demasiado complejo, demasiado “pretencioso”. No parecía una historia fácil de vender ni claramente dirigida al público infantil. Hasta que la editorial “Bloomsbury” aceptó leerlo. Y luego, publicarlo. El resto es historia: un éxito inmediato, una saga de siete libros, ocho películas, parques temáticos, traducciones a decenas de idiomas y una comunidad de lectores que creció —literalmente— junto a sus personajes.
Cuando “Las reliquias de la Muerte” llegó a las librerías, el 21 de julio de 2007, el fenómeno alcanzó su punto máximo. El libro se publicó simultáneamente en 93 países y rompió todos los récords de venta: más de once millones de copias despachadas en las primeras 24 horas. Nunca antes un libro se había vendido tan rápido. En el Reino Unido y Estados Unidos se agotaron ediciones en cuestión de horas; en Alemania, Países Bajos, India, Australia y Canadá se repitieron escenas de colas interminables y librerías abiertas a la medianoche.
Pero antes de ese estallido comercial hubo un final escrito en silencio. Rowling dejó constancia del momento de una manera singular: escribió en un busto de mármol de Hermes, en su habitación del hotel, una frase que hoy es casi una reliquia literaria en sí misma: “J.K. Rowling terminó de escribir ‘Harry Potter and the Deathly Hallows’ en esta habitación (652) el 11 de enero de 2007”. No brindó. No festejó. Dijo, en cambio, haber sentido una mezcla imposible de euforia y tristeza. El corazón roto y pleno al mismo tiempo.
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La autora comparó esa sensación con la que Charles Dickens describió al terminar “David Copperfield”. No fue una cita al azar. Rowling siempre pensó a “Harry Potter” como una novela de formación —un ‘bildungsroman’— que crecía en complejidad y oscuridad a medida que su protagonista dejaba atrás la infancia. Y “Las reliquias de la Muerte” es, en ese sentido, el libro más adulto de la saga: el que pone en primer plano la muerte, el sacrificio, la pérdida y la responsabilidad moral.
El argumento retoma los hechos inmediatamente posteriores a “El misterio del príncipe”. Harry alcanza la mayoría de edad y pierde la protección mágica de la casa de los Dursley. Junto a Ron y Hermione inicia una huida constante y una búsqueda desesperada: destruir los horrocruxes que mantienen con vida a Voldemort. En el camino aparecen las Reliquias de la Muerte —la Varita de Saúco, la Piedra de la Resurrección y la Capa de Invisibilidad— y una pregunta central: qué significa, en verdad, vencer a la muerte.
La novela culmina con la batalla de Hogwarts y con una revelación clave: Harry es, sin saberlo, uno de los horrocruxes. Para que el mal sea derrotado, debe morir. El gesto final del héroe no es el combate, sino la entrega. Y es allí donde Rowling define el corazón ético de la saga: la victoria no proviene del poder absoluto, sino de la renuncia al miedo.
El epílogo, ambientado diecinueve años después, en la plataforma 9¾, funciona como un cierre sereno, casi doméstico. Los protagonistas ya no son héroes: son adultos que acompañan a sus hijos al inicio de una nueva historia. Un círculo que se cierra.

La prueba de cuándo y dónde se terminó Harry Potter / Web
Hubo pensamientos encontrados en la recepción del libro con lecturas diversas. Algunos señalaron la pérdida del humor inicial; otros celebraron la madurez de la prosa y de los temas. Stephen King defendió la novela y destacó su crecimiento literario, comparándola con clásicos que también supieron dialogar con públicos de todas las edades. Hubo reparos, sí: extensiones innecesarias, soluciones mágicas forzadas, capítulos excesivamente largos. Pero incluso las críticas más duras coincidieron en algo: Rowling había construido un universo perdurable.
Hoy, diecinueve años después de aquel 11 de enero, la escena del Balmoral sigue funcionando como una imagen poderosa. Una mujer que empezó escribiendo para sobrevivir terminó escribiendo para despedirse. Cerró una historia que había comenzado casi dos décadas antes, cuando todavía no sabía si alguien la leería. Y, sin embargo, millones lo hicieron.
Tal vez por eso el aniversario no celebra sólo el final de un libro, sino algo más profundo: el momento en que la literatura popular demostró que podía ser, al mismo tiempo, masiva y compleja; íntima y global. El día que terminó la magia, en realidad, fue el día en que se volvió eterna.

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