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EZEQUIEL FERNÁNDEZ MOORES
Hay que leer alguna prensa irlandesa. Que “quedó demolida la sensación” de que el entrenador Joe Schmidt era “el nuevo mago del rugby mundial”. Que su era al frente de la selección irlandesa “termina ahora de la peor manera”. Y que “hacernos creer de que estábamos a la par de los All Blacks fue simplemente una ilusión”. Es cierto, se terminó una era para la selección irlandesa. Pero Irlanda, que venía de ganarle a los All Blacks en dos de sus tres últimos duelos, puede jactarse al menos de haber sido acaso la gran responsable de que la selección de Nueva Zelanda se reconstruyera y nos mostrara a todos por qué sigue siendo la mejor selección de la historia no solo del rugby mundial, sino de todos los deportes. Y de todos los tiempos. Sencillamente, juega a otra cosa.
Valió la pena no dormir anoche para ver a las dos selecciones (Nueva Zelanda e Inglaterra) que arrasaron en sus duelos de cuartos (46-14 a Irlanda y 40-16 a Australia) y que el sábado próximo jugaran una final anticipada del Mundial de Japón. Será el duelo entre los mejores y los inventores. Ver ya en el primer tiempo a los All Blacks fallar apenas un tackle. Lanzar dieciséis ataques. Terminar 22-0 el parcial y demoler toda esperanza de paridad para Irlanda. “Hombres grandes lloraban en el vestuario”, confesó tras el partido el capitán irlandés Rory Best. Los All Blacks se renovaron tras el Mundial que ganaron hace cuatro años en Twickenham y revisaron inclusive todo su juego de ataque luego de la caída en Dublin once meses atrás. La aparición del apertura Richie Mo’unga y su combinación con Beauden Barrett (ahora fullback) es una de las claves principales. Como también los juveniles centros Anton Lienert-Brown y Jack Goodhue (impacta ver en el banco a Ryan Crotty y a Sonny Bill Williams). Y George Bridge y Sevu Reece en las puntas. Y Aaron Smith de medio scrum. Todo un cambio que logró recuperar al mejor Kieran Read, capitán notable contra Irlanda. Como casi todo el equipo.
Irlanda puede jactarse al menos de haber sido acaso la gran responsable de que Nueva Zelanda se reconstruyera y nos mostrara a todos por qué sigue siendo la mejor selección de la historia no solo del rugby mundial, sino de todos los deportes
Cuando están en el pico, nadie hace lo que hace Nueva Zelanda. “Y todo con simplicidad”, decía el relator de ESPN por la tele. Era así. Habilidades básicas, sí: pelota segura, pase seguro, corrida segura, tackle seguro, limpieza. Pero todo mejor y más rápido que nadie. “Tardé ochenta años en volver a pintar como un niño”, dijo alguna vez Pablo Picasso. En rigor, es la simplicidad aparente. Lo hacen de modo tan limpio y rápido que nos hacen creer a todos que es fácil. Como cuando vemos jugar al tenis a Roger Federer. O cuando veíamos al Barcelona de Pep Guardiola. Contra Irlanda fue su décimonoveno triunfo seguido en un Mundial. Irlanda, pobre, quedó empequeñecida. Gordon Murray y Johnnny Sexton, la notable pareja de medios irlandesa, acaso la mejor de los últimos años, parecían novatos. Tres veces campeones del 6 Naciones con el Grand Slam. Parecían amateurs. Cuando marcaron su primer try al inicio del segundo tiempo amagaron reaccionar. Duró un suspiro. Fue el segundo try que los All Blacks sufrían en lo que va del Mundial. Pero los All Blacks no son el Boca de Gustavo Alfaro. No solo cierran un arco. Viven pensando en el arco rival.
Inglaterra también supo reinventarse después del último Mundial, cuando cayó en casa en primera rueda. El entrenador australiano Eddie Jones es clave. “Masacra” a sus jugadores. Hay informes que cuentan (casi denuncian) que su preparación es extremadamente dura. Insoportable. “Cada vez que los samurais peleaban -dijo antes del partido contra Australia-, uno vivía y el otro moría. Será lo mismo el sábado: alguien va a vivir y alguien va a morir. De eso se trata el juego”. Son palabras que pueden espantar a muchos que creen que el deporte es otra cosa. Más aún el rugby, que se jactó siempre de cómo aprender con la derrota. Pero este es otro rugby, claro. Imposible no recordar que Escocia amenazó a la World Rugby con un juicio si el tifón obligaba a cancelar su partido decisivo de primera rueda ante Japón, que finalmente perdió para quedar afuera de los cuartos.
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Cierro con Japón justamente por su calidad de anfitrión y revelación del Mundial, aunque dudo que puedan repetir este domingo ante Sudáfrica su hazaña de cuatro años atrás (el partido ya estará jugado cuando se lean estas líneas). Sea cual fuere el resultado (personalmente me gustaría un triunfo japonés, amo su “rugby champagne”), buena parte de la clave del milagro tiene matriz neocelandesa, el entrenador Jamie Joseph y el capitán Michael Leicht. El rugby dista de ser el deporte más popular en Japón. Dominan el fútbol y el béisbol. Y el sumo es el deporte nacional. Pero leemos hoy crónicas en sus medios que cuentan el modo en que la sociedad está reconociendo a esta selección. Los ratings de la TV en los triunfos de primera fase ante Irlanda y Escocia. Y la admiración hacia Joseph, por su habilidad organizativa para una sociedad que ama la disciplina. Como Jones, Joseph es famoso por su dureza. Trabajó doscientos días con su selección en la previa del Mundial. Enseñó a sus jugadores a ser rugbiers profesionales las veinticuatro horas del día. Es el rugby que llegó para instalarse. Bueno saberlo.
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