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En 1922, un bachillerato de arquitectura colonial fue el laboratorio de Diego Rivera, Alfaro Siqueiros y Orozco para sacar el arte de las galerías y llevarlo a espacios públicos. Quiénes son los que hoy buscan recobrar ese espíritu
La artista mexicana Janet Calderón, lista para trabajar en un mural en San Salvador, México / AP
MARÍA VERZA
Un hombre con un overol naranja retoca una mano que sostiene un fusil. Una mujer rellena con pequeños trozos de cerámica un mosaico de un guerrillero subida en un andamio.
Son artistas que pintan un muro y aunque no son de renombre, buscan recuperar el espíritu del muralismo, un movimiento que surgió hace un siglo en México y que promovía el arte con un fin educativo, público y político.
“El compromiso es con el muro” para que permanezca, afirma la pintora Janet Calderón mientras a su lado una artista boliviana toma fotos a una mujer que posa con un libro para ajustar la forma de los hombros del dibujo de una maestra.
En 1922 un bachillerato de arquitectura colonial de Ciudad de México fue el laboratorio de Diego Rivera, David Alfaro Siqueiros y José Clemente Orozco -los tres grandes del movimiento- para cumplir el encargo del ministro de Educación de la época: sacar el arte de las galerías y llevarlo a los espacios públicos. El plan, vinculado con una campaña nacional de alfabetización, transformó México y permeó todo el continente.
Casi un siglo después, una primaria de Poxindeje, un pueblo de apenas un millar de habitantes en el estado de Hidalgo, al norte de la capital, se convirtió en la Escuela de Muralismo Siqueiros, un espacio donde Jesús Rodríguez Arévalo, alumno de discípulos de los tres grandes, intenta desde hace un lustro profesionalizar a nuevos muralistas. Salen de ella pocos alumnos, unos 40 desde que se abrió, pero con ideas claras.
En su época como aprendiz la disciplina era férrea: ejercicio físico al amanecer para estar fuerte sobre los andamios, técnicas pictóricas y conferencias nocturnas. “Nos compartían la importancia de estar leyendo los periódicos, de nutrirnos de los escritores, de escuchar música, de ver cine”.
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Ahora, junto a Calderón, cofundadora de la escuela, intentan transmitir esos mismos principios pero adaptados a una nueva era. Temas como la guerra, la injusticia y los oprimidos siguen vigentes pero en la escuela de Poxindeje se ven también bocetos que reflejan otros problemas como la violencia de género o la crisis ambiental.
Como antaño, la enseñanza es integral y gratuita y es financiada con cada mural que les encargan y la solidaridad de los vecinos, que donan comida o albergan a estudiantes extranjeros.
Luz Asturizaga, una boliviana de 36 años, disfruta cada momento de su estancia académica en el país ícono del muralismo. En Bolivia no podía aprender más y los círculos profesionales eran muy cerrados. En México “te dan una oportunidad, te enseñan”, afirmó.
En el período de entreguerras, los padres del muralismo se comprometieron a hacer “propaganda ideológica en bien del pueblo”, como dice su manifiesto, “haciendo del arte una finalidad de belleza para todos, de educación y de combate”.
Se identificaban con el comunismo, con las revoluciones agrarias y proletarias y convivieron con artistas europeos que llegaron a México huyendo de las guerras.
Patrocinados por el Estado, tenían a su disposición los edificios más emblemáticos y majestuosos y todos los recursos para experimentar técnicas nuevas. En pocos años comenzaron a pintar en el extranjero, desde Chile a Cuba, de Argentina a Estados Unidos.
Pero sobre todo eran políticos y provocadores hasta el punto que algunas de sus obras fueron censuradas y demolidas, como un mural de Rivera glorificando el comunismo pintado en el Rockefeller Center de Nueva York.
“Nosotros somos un poco más cobardes”, dijo Ernesto Ríos Rocha, otro muralista de la generación de Rodríguez Arévalo que prepara la primera universidad del muralismo de México, en el noroeste del país. “Hablamos más de paz”.

“Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central” de Diego Rivera / AP
Además hay menos financiación por lo que sus obras son más baratas y menos duraderas, lamentó.
Atrás quedaron apuestas espectaculares como el Polifórum Siqueiros en la Ciudad de México, un edificio con forma de diamante con murales por dentro y fuera y cuya obra “La marcha de la humanidad” parece engullir a quien la observa. O las 10 plantas de la biblioteca central de la Universidad Nacional Autónoma de México que Juan O’Gorman cubrió por completo con mosaicos creados con piedras de las más remotas esquinas de la república.
La escuela de Poxindeje apuesta por reciclar y reutilizar desechos que les donan vidrierías o fábricas de pisos cerámicos, explicó Calderón. Incluso hacen murales con basura.
Al margen de los recursos, el objetivo del mural es perdurar e integrarse en su entorno, como si fuera un momento congelado de la vida de ese lugar.
A Luis Manuel Vélez, que integra el grupo que en agosto terminó de pintar un edificio del ayuntamiento de San Salvador, cabecera municipal de Poxindeje, eso es lo que más le gusta.
Primero deciden qué elementos incluir y las metáforas a plantear; luego hacen una especie de collage con retratos de los personajes históricos, dibujos y fotografías de personas en las poses que quieren inmortalizar.
A veces los modelos son los propios vecinos, como una pequeña de seis años que al pasar por delante del mural señaló con el dedo sonriendo: “soy yo y mi abuelito”.
La composición y la perspectiva son clave. Frente a una de las paredes del mural de San Salvador, Rodríguez Arévalo cierra un ojo y con el otro mira a través de un papel de acetato con uno de los dibujos delineados. Así puede calcular la escala a la que se tiene que reproducir la figura en la pared ya marcada, y tener en cuenta los lugares desde donde observará el espectador. Algunas pinturas de Siqueiros, un genio en el uso de la perspectiva, parecen moverse cuando uno pasa junto a ellas.
En los 232 metros cuadrados de obra en San Salvador, junto a revolucionarios, héroes patrios y figuras prehispánicas proliferan personajes femeninos, mujeres que votan, que enseñan, que amamantan.
Relegadas a pintar en escuelas o mercados, fueron asistentes de los grandes pero a veces también boicoteadas por ellos. El historiador David Martínez Bourget, investigador del Museo de Bellas Artes, recordó que Rivera y Siqueiros impidieron la realización de un mural en el ayuntamiento de la capital sólo porque se le había asignado a una mujer.
Actualmente, y por primera vez desde que se inauguró el Museo de Bellas Artes hace 88 años con murales pintados por los tres grandes, se exhibe ahí el de una mujer. Su autora, Rina Lazo, ya no puede disfrutarlo. La guatemalteca discípula de Rivera terminó esa detallada representación del inframundo maya a fines de 2019 y murió días después.
Aunque en el último tercio del siglo pasado el muralismo mexicano parecía haber sido sustituido por el arte urbano o el grafiti efímero, Martínez Bourget cree que su espíritu permanece en algunas expresiones estéticas de sectores marginados, como los chicanos del oeste de Estados Unidos o las comunidades zapatistas del sur de México, que plasman su historia y su rebeldía en obras de arte de contenido político. (AP)

El mural “Nueva democracia” de Alfaro Siqueiros, en el Palacio de Bellas Artes / AP
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