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Martín y Ana Julia Bonetto tenían 15 meses y 40 días cuando el terrorismo de Estado se llevó a sus padres. La historia completa
Ana y Martín, con los recuerdos de su pasado para construir el presente / Gentileza Bonetto
Primer día de febrero de 1977. Martín Bonetto tenía 15 meses. Ana Julia, apenas 40 días. Eso fue todo el tiempo que estuvieron juntos antes de que una patota al mando de Ramón Camps -jefe de policía de la provincia de Buenos Aires por aquel entonces- irrumpiera en su casa de La Plata y se llevara a sus padres: José Roberto Bonetto y Anna María Mobili, militantes de 33 años cada uno, que serían torturados, asesinados y desaparecidos. A los chicos los dejaron con los vecinos. Casi cinco décadas después, los hermanos encontraron una forma de volver a ese patio: un libro.
“Hubo una vez un patio” no es una novela, un ensayo, una poesía pura ni archivo histórico. Es, como lo definen sus propios autores, un “libro-casa”: un collage afectivo que mezcla voces orales, testimonios judiciales, cartas, relatos poéticos, recuerdos infantiles, humor, furia, fotos, objetos, dibujos y silencios. Hay códigos QR que llevan a música y videos. No hay un narrador central: habla una familia entera, incluso los muertos. Un híbrido que incomoda, abraza y duele por partes iguales, y que se resiste a cerrar cualquier herida porque no confía en haber sido escuchado del todo.

Ana y Martín, de chicos, en uno de sus encuentros esporádicos / gentileza Bonetto
“El origen fue una necesidad, más que un pensamiento”, explica Ana Julia en diálogo con EL DIA. “Una necesidad de volver a encontrarnos los cuatro en un lugar físico. Solo estuvimos juntos dos meses. Entonces dijimos: ¿por qué no armamos la casita de nuevo? Aunque sea en un libro. Lo que no está no está, lo que se rompió se rompió. Pero por lo menos es una linda frazadita para reparar y para no olvidar”, agrega.
Para armarla, abrieron una caja que sus familias habían conservado durante décadas: retratos de Anna, ilustraciones de Roberto —al que todos llamaban “Beltra”—, sus poemas, sus notas a compañeros de militancia, el acta de matrimonio. A eso fueron sumando la memoria de las abuelas, las tías, los vecinos, los amigos, los compañeros. Ana Julia había sido siempre la que preguntaba, la que buscaba. Cuando tenía veinte años, una vecina le avisó que había escuchado el testimonio de Adriana Calvo de Laborde ante el tribunal del Juicio a las Juntas, donde se mencionaba a sus padres. Calvo había compartido el cautiverio con Roberto y Anna en el Pozo de Arana y en la Comisaría Quinta. Ana Julia fue a entrevistarla. “Quería que Adriana me viera igual a mi mamá. Igual de linda, igual de inteligente, igual de comprometida. Eso jamás iba a suceder, pero esa era mi preocupación: no decepcionarla, porque ella era la última persona que había visto a mi mamá.”
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“Es como un salpicón”, describe Ana Julia con una imagen que captura perfectamente la estructura del libro. “No te encontrás con un relato foto-relato-foto lineal, sino con muchos matices, muchos colores: un recorte, una carta, una foto, un discurso. Varios lenguajes.” Martín lo refuerza con otra metáfora: “Es un patchwork que incluso sigue sucediendo ahora, después de que el libro se publicó. Nos siguen llegando mensajes: ‘Lo leí, me acordé que en tal lugar había visto a tu papá’. Sigue pasando.”
Ese carácter abierto fue también una discusión interna. Ana Julia, profesora en Artes Visuales, quería que el libro hablara desde la imagen y la escritura poética. Martín, reportero gráfico de desde 1999, impulsaba incluir entrevistas y testimonios de terceros. “Yo me negaba”, recuerda ella. “Iba a quedar algo muy narrativo, demasiado palabrerío. Quería algo más poético.” Pero el biógrafo Roli Villani, que los acompañó desde 2019, terminó de convencerla. “Le puso una impronta tan amorosa a cada entrevista. Iba desarmando a cada persona de una manera que se encariñaban con él, querían volver a hablar. Nadie les había hecho esas preguntas antes, nadie había ido a llevar su voz a un libro. Se emocionaban, querían seguir contando”, contó.
Los objetos también tienen peso propio en el libro: el poncho, el reloj, los dibujos, la heladera arrancada, el patio, la mesa. Todo cobra importancia y vuelve al libro muy físico, muy táctil. Cada página tiene su propio principio y su propio final. “Podés entrarle por cualquier lado y siempre vas a ingresar a un lugar que te cuenta algo distinto”, dice Martín.
El libro fue también la reconstrucción de otro vínculo roto: el de ellos dos. Crecieron separados y a 350 kilómetros de distancia, Ana Julia en Olavarría con la familia de su padre, Martín en La Plata con la hermana de su madre. La decisión de separarlos había sido desesperada: la tía Alejandra razonó que Ana Julia, con apenas 40 días, no iba a extrañar tanto porque no conocía a nadie todavía. Crecieron siendo algo más parecido a primos lejanos que a hermanos. “Estábamos muy desencontrados”, admite Ana Julia. “Crecimos separados y cuando tuvimos que construir un vínculo por nosotros mismos, costaba muchísimo”, añade.
Pero cuando se abrió la puerta de armar la casita juntos, algo se destrancó. “Los dos empezamos a jugar, a conectarnos, a comunicarnos, a putearnos, a volvernos a hablar. Somos el agua y el aceite, pero ¿qué tenemos en común? Esta casita. Ahí nos encontramos.” Martín lo dice más escueto: “Este libro terminó de hacernos hermanos. Algo que ya éramos, pero el vínculo digo.”
El proceso también fue diferente para cada uno en lo personal. Martín reconoce que, a diferencia de Ana Julia, él no había investigado demasiado su propia historia antes de este proyecto. “Empecé a enterarme de un montón de cosas que no esperaba, no solo de lo feo sino de lo lindo también. Siempre me criminaba eso en comparación a mi hermana, que ella lo hizo desde la adolescencia. Y llegó el momento. Ahora me podés preguntar algo sobre mi papá y te puedo contestar. Antes te tenía que derivar a ella.”
Desde su presentación, el libro generó una cadena de reencuentros que ninguno esperaba. Personas que conocieron a sus padres se acercan con fotos, recuerdos, pedazos de historia que los hermanos no tenían. “Siento una responsabilidad muy grande ahora que esto está”, dice Ana Julia. “Es como un hijo: nació, hay que acompañarlo”, sentencia.
Y hay algo más que empuja esa responsabilidad hacia el presente. “No termina por todos los vacíos legales que todavía hay, por los juicios, por los nietos que siguen desaparecidos, por todo lo que está sucediendo actualmente. Hay que contar y contar de 10.000 formas este tema, no como algo pasado sino como algo presente, para que no vuelva a pasar nunca más”, culmina Ana Julia. En tanto, Martín cuenta que “el libro ya superó todas las expectativas. Amigos que terminaron llorando, invitaciones de colegios primarios, presentaciones en todo el país”. Lo cierto es que lo que empezó como la necesidad de volver a una casita en La Plata se convirtió en un espacio que no cierra, que sigue creciendo, que recibe a quien quiera entrar.
Hubo una vez un patio se presentará el 8 de mayo a las 17:30 en la Sala Sábato de la Feria del Libro de Buenos Aires.

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