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Alejandro Castañeda
Alejandro Castañeda
Si la música es el reflejo de la época, vivimos en un siglo de corazones rabiosos, tristes y vengativos. Eso dicen investigadores de la Universidad de Cambridge, que tras revisar las listas de canciones pop desde 1965 hasta 2015, comprobaron que la negatividad fue tendencia. El uso de la palabra “amor” cayó a la mitad, mientras que “odio” aumentó un 150% en su frecuencia. Pero si estudiaran los temas de la última década, la palabra “venganza” ocuparía gran parte de la poética descarnada de esas cantautoras que ponen en escena la zozobra, el rencor, la confesión y el placer.
En estos días, donde lo justiciero se mezcla con lo vengativo, más de una debe lamentar no haber sufrido algún abandono inspirador. El enorme rédito que le sacó Shakira a su despecho, le ha dado cuantiosa fama al rencor. Las doloridas de hoy no tienen ningún problema en confesar sus preferencias sexuales en los estadios. Y en su nuevo repertorio proyectan la sombra alargada del desquite, el resentimiento y el dolor. El cancionero siempre se ha hecho eco de los vaivenes de las parejas. El bolero apostó a la dulzura y dejó canciones hermosas. Hoy cualquier resentimiento degenera en espectáculo. El tango, que en su costado melodramático deambuló siempre en zona de nostalgia y abandono, al final tuvo que asumir con pesar que la decepción es parte insustituible del amor y que en ese inmanejable entrevero se pueden equivocar tanto los que idealizan como los que engañan.
Los hombres de esta época no se asombran si algunas señoras sumisas ponen sus entusiasmos en otras camas. La escasez de madres de estos días es una deriva de ese nuevo rol femenino que quiere seguir gozando sin tener que pensar en mamaderas y cacerolas. El hombre parece aceptar en silencio este desahogo. En los nuevos repertorios ellos juegan como sujetos odiosos y a tiro de cualquier ex que los tararea como personaje descartable, desleal y cobarde.
Estos desahogos rabiosos reivindican sin querer al viejo amor, cada vez más arrinconado por ese abecedario de variantes sexuales y poligamias multicolor. En esta época, donde a uno hasta le da vergüenza decir que es un heterosexual clásico, el viejo amor, debería agradecerle a este cancionero repleto de enojos y reproches. El romanticismo ha recuperado protagonismo de la mano de estas cantoras doloridas y furiosas, que hacen de la pataleta y la venganza el pan suyo de cada día. Mal o bien, Shakira y Karol G y sus colegas menos famosas reconocen, en sus recitales, que no es fácil el olvido y que sus metejones acaban siendo restos testarudos que no pueden ir al desguace.
El enorme rédito que le sacó Shakira a su despecho, le ha dado cuantiosa fama al rencor
Esta competencia por saber quién se desahoga mejor, le da letra a esos estribillos femeninos que ajustan cuentas con el infiel de turno y de paso calculan cuánto podrá recaudar cada lágrima con público. Las baladas también exploraban soledades respetuosas, pero no subían a escena. Frente a ese viejo romancero florido de letras inspiradas, las confesiones de las despechadas de hoy aportan el crudo fraseo de una clase de heroína sufrida y peleadora, que expone los peores contornos del otro, reniega del victimismo y busca revancha, rating y olvido.
Es todo un ejercicio escuchar estos recordatorios íntimos y furiosos. Los hay con más y menos talento, pero casi todas reflejan una misma actitud: nada de andar lloriqueando en los rincones y litigando por los oscuros pasillos del corazón, los bienes y la carne. El desamor se cura o se desquita cantando en las pasarelas la larga historia de esos hombres que las manipulan y a veces las abandonan. No piden clemencia, pero sufren al ser dejadas. La condición de empezar a ser la ex por la llegada de una titular más fresca, las ponen ante el más implacable de los jueces: el espejo, el paso del tiempo, la autoestima sin maquillaje, las ilusiones quebradizas, el forzoso sostenimiento de eso que queda y que alguna vez fue familia.
Los repertorios cargados de bronca y despecho son por supuesto más sinceros. Para tramitar estos revolcones del alma que depara la vida amorosa, ellas hacen terapia desde el escenario y saben que todo rencor puede inspirar un espectáculo. El romanticismo ha quedado a resguardo en el armario de los recuerdos entrañables. Lo que hoy vende es que las autoras actuales les han dado a sus temas el valor de un confesionario de cama abierta donde la venganza juega de remedio y consuelo. Es un odio curativo que, sin querer, homenajea a ese viejo amor que jamás aceptará un retiro voluntario.
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