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Estudiantes de distintos niveles participan de una maratón que pone en juego una dimensión clave: tocar en público. Entre repertorios en proceso, nervios persistentes y práctica sostenida, la experiencia funciona como un puente entre el estudio y la escena
el dia
Francina Lorenzo
florenzo@eldia.com
El edificio impone antes de que suene la primera nota. En Tolosa, el histórico Palacio Servente -con pasillos largos y vidriados, escaleras amplias y arcos de medio punto- alberga al Conservatorio Gilardo Gilardi, una institución con más de siete décadas de historia que sigue produciendo algo difícil de medir: vocaciones. Entre aulas, puertas entornadas y pianos que nunca terminan de callarse, la escena se repite. Pero esta vez hay algo distinto: una maratón.
“Para mí esto es una fiesta”, dijo Emilia Natali, jefa del área de permanencia y egreso, durante la presentación. Y la definición no es exagerada. En el escenario, solo un piano; y doce alumnos que traen sus nervios y expectativas a cuestas.
La idea, cuentan los docentes, no nació en una reunión formal ni en un programa institucional, sino en un intercambio cotidiano. “La idea surgió de pasillo, justamente de nosotros cuatro. Acá en el conservatorio hay mucha producción musical todo el tiempo. Dijimos que estaría bueno hacer una especie de muestra o audición en donde se una la cátedra de piano”, explica Sebastián Arrecalde, profesor y concertista. La lógica era simple: si la actividad está fragmentada en clases y cátedras, ¿por qué no reunirla? “A veces nos juntamos de dos, de tres, de cuatro, entonces dijimos: ‘Juntamos a todos, invitamos a todos los profesores y presentamos cada uno a sus alumnos’”.
La propuesta, que ya va por su quinta edición, creció rápidamente. “Costó la organización porque somos muchos docentes de piano. Cuando empezó éramos 17 profesores y participaron 16 casi todas las veces. Era complicado, pero lo logramos. Y gustó”, agrega Arrecalde. Desde entonces, el evento se repite varias veces al año, con pequeñas variaciones que lo mantienen dinámico.
La estructura del conservatorio explica parte de esa riqueza. “Los chicos se inscriben en la carrera de piano. Es una carrera con varias materias, y una de ellas es el instrumento”, detalla Gabriel Asens, también profesor y concertista. No se trata solo de tocar: hay teoría, formación auditiva, historia, práctica. “Tienen una formación básica en música con una especialización en el instrumento. La carrera arranca cuando entran al profesorado”, complementa Arrecalde.
En ese marco, la maratón funciona como una instancia clave. No es un examen ni un concierto formal, pero tampoco un ensayo: es un espacio intermedio donde se prueba algo más difícil de enseñar. “La idea es mostrar la producción de los alumnos en los distintos niveles”, dice Asens. Y agrega algo central: “Desde los inicios de su carrera van transitando la experiencia de tocar en público, que es súper formativa y parte integral del ser músico”.
Los participantes no son pocos ni homogéneos. “Se puede ingresar a instrumento a partir de los 9 años”, explica Miguel Ángel Cagliani, profesor y concertista. “Tenemos desde 11 hasta 60”. La escena, entonces, es diversa: niños que recién empiezan, estudiantes en formación media y futuros docentes compartiendo el mismo espacio. “Tenemos casi todo el muestreo de la carrera, desde los más chicos hasta los del profesorado”, señala.
Esa convivencia genera un efecto difícil de replicar en el aula. “Están en contacto con sus compañeros que están haciendo lo mismo. Ahí comparten lo que hacen”, apunta Andrés Peláez, también profesor de piano y concertista. Y no solo comparten presente, sino también memoria: “La gente más avanzada ve obras que tocó en años anteriores y dice: ‘Yo me acuerdo cuando estaba muy chico y tocaba esta obra, y ahora la escucho en otro alumno’”, agrega Cagliani.
Cada edición incorpora además un giro. “En cada maratón buscamos una vuelta de tuerca”, explica Arrecalde. Hubo versiones generales, otras solo de profesorado, una a cuatro manos entre docentes y alumnos, y en esta quinta edición se propuso que cada participante interprete dos obras, como forma de entrenar continuidad y resistencia.
El repertorio no responde a una temática fija. “Es lo que están trabajando”, dice Asens. Pero hay espacio para algo más: “Hay alumnos que no solo tocan obras de otros autores, sino músicas que no están exactamente escritas y las van armando, haciendo arreglos hasta darles forma”, agrega Peláez.
Este año participan doce estudiantes. No todos son debutantes, pero la escena no pierde intensidad. “Tienen sus momentos, a todos les pasa”, admite Cagliani. Porque, incluso en un entorno conocido, el poner en escena cambia algo. “La emoción está siempre, los nervios también. La idea es trabajar todo eso, que lo vayan madurando como entrenamiento”, sostiene Asens. Y ahí aparece uno de los núcleos de la formación musical: aprender a convivir con la exposición, “con el vértigo a tocar en público”, en palabras de la vicedirectora es Paula Citarella.
Joaquín Freire lo dice desde adentro. Es estudiante de tercer año del profesorado y participó en todas las ediciones. “La gente no dimensiona lo difícil que es una carrera en música, especialmente como intérprete instrumental”, afirma. Su recorrido empezó en 2020, en plena pandemia, y no fue sencillo. “Es mucho estudio. Pero también es muy disfrutable. Yo siempre me tiraba a tocar en conciertos, incluso si no estaba al 100%”.
La experiencia de la maratón, para él, no es solo artística. Es práctica. “Está bueno mantener la constancia de tocar ante un público, porque si uno deja de hacerlo pierde esa práctica”. Y también es institucional: “El conservatorio te da oportunidades para foguearte, no solo para aprender sino para mostrar lo que aprendiste”.
Pero no romantiza el proceso. “Yo sigo teniendo nervios al tocar. Es algo que probablemente nunca se supere”. Y, sin embargo, ahí está el punto: no se trata de eliminarlos, sino de atravesarlos. “A veces no quedo satisfecho, otras sí. Y cuando no, trato de mejorar para la próxima instancia”.
La maratón, entonces, no es solo una suma de interpretaciones. Es un dispositivo pedagógico, un ritual colectivo y una escena donde se cruzan trayectorias. En un edificio que alguna vez fue orfanato y hoy es patrimonio cultural, la música no funciona como espectáculo sino como práctica compartida.
Y quizá por eso, más que un concierto, se parece a lo que dijo Natali al principio: una fiesta. Pero no una fiesta ruidosa, sino de esas donde lo importante no es el volumen, sino quiénes están ahí, sosteniendo el tiempo entre una nota y la siguiente.

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