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Estudios locales concluyen acerca de los estándares que determinan a esta disciplina. Investigaciones datan sobre si existe o no evidencia verificable. Aun así, persiste entre lo cultural y lo simbólica
La astrología no forma parte de investigaciones activas / Freepik
Durante siglos, la astrología ofreció una promesa seductora: la posibilidad de encontrar en el cielo una clave para comprender la vida en la Tierra. Hoy, en plena era del conocimiento científico, esa promesa convive con un interrogante persistente: ¿hay evidencia que respalde sus postulados o se trata de una creencia sin base empírica? Un relevamiento exhaustivo de repositorios académicos como SEDICI —de la Universidad Nacional de La Plata— y del sistema científico argentino permite trazar una respuesta sólida, basada en investigaciones concretas.
Lejos de lo que podría suponerse por su popularidad, la astrología no ocupa un lugar como disciplina científica dentro de la academia. En SEDICI, el repositorio institucional de la UNLP, los trabajos vinculados al tema existen, pero todos comparten una característica: no analizan la astrología como ciencia válida, sino como objeto cultural, histórico o filosófico.
Uno de los aportes más recientes es “Tomás de Aquino y la astrología”, del investigador Oscar H. Beltrán, publicado en 2025. Allí se reconstruye el pensamiento del teólogo medieval Tomás de Aquino, quien, incluso en un contexto donde la astrología era dominante, rechazaba el determinismo absoluto de los astros sobre la conducta humana. El trabajo, depositado en SEDICI, muestra que ya en el Medioevo existían tensiones entre creencia y racionalidad.
Otro estudio relevante, de la investigadora Ana Palmés, analiza la relación entre astrología, filosofía y política en autores clásicos como Cicerón, revelando cómo estas ideas formaban parte de una visión del mundo basada en la “simpatía cósmica”, donde todo estaba interconectado. En la misma línea, trabajos sobre el Renacimiento italiano abordan el uso del horóscopo en el arte como expresión simbólica, no como herramienta científica.
Este panorama no es menor: la ausencia de investigaciones experimentales sobre astrología en una institución como la Facultad de Ciencias Astronómicas y Geofísicas de la UNLP —una de las más prestigiosas del país— constituye en sí misma una señal. La astrología no forma parte de las líneas de investigación científica activas.
Donde sí aparece un abordaje directo y contundente es en el sistema del CONICET. Allí, distintos trabajos coinciden en ubicar a la astrología fuera del campo científico. En “¿Por qué la astrología no es una ciencia?”, los investigadores González Galli y Adúriz-Bravo sostienen que este sistema de creencias entra en conflicto con los criterios fundamentales de la ciencia: métodos, objetivos, formas de validación y valores epistemológicos.
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En la misma línea, un estudio más reciente —“Contra la astrología: una propuesta didáctica”— no solo analiza su estatus, sino que la utiliza como caso para enseñar a estudiantes secundarios a distinguir entre conocimiento científico y discursos no verificables. Los resultados muestran que, tras la intervención, los alumnos mejoran significativamente su capacidad para identificar enunciados falsables, uno de los pilares del pensamiento científico.
El aporte más sólido desde La Plata proviene del físico y astrónomo Héctor Vucetich, investigador de la UNLP y del CONICET. En su trabajo “La astrología como seudociencia”, publicado en la revista de la Academia Nacional de Ciencias Exactas, Vucetich concluye que la astrología no supera pruebas experimentales y que sus resultados son “indistinguibles del azar”. Su análisis combina historia, filosofía y evidencia empírica, y fue además parte de actividades de divulgación científica en la propia universidad.
El problema central, señalan los especialistas, es la ausencia de un mecanismo causal. Desde la física, no existe ninguna interacción conocida que permita explicar cómo la posición de planetas y estrellas podría influir en la personalidad o el destino de una persona. La única fuerza relevante a distancia, la gravedad, resulta insignificante en este contexto: la atracción de objetos cercanos puede ser mayor que la de planetas enteros.
Aquí aparece una distinción clave. Los cálculos astronómicos —la posición de los planetas, las efemérides, la mecánica celeste— son absolutamente precisos y constituyen una de las áreas más desarrolladas de la ciencia. Pero la astrología no se limita a esos cálculos: les asigna significados simbólicos que no cuentan con validación empírica.
A nivel internacional, los estudios que suelen citar los investigadores argentinos refuerzan esta conclusión. El más emblemático es el experimento publicado en la revista Nature en 1985 por el físico Shawn Carlson. En un ensayo a doble ciego, astrólogos debían vincular cartas natales con perfiles de personalidad. El resultado fue categórico: acertaron en un tercio de los casos, exactamente lo esperable por azar.
Aunque hubo debates posteriores —como el reanálisis del psicólogo Suibert Ertel—, que señalaron posibles interpretaciones alternativas, el consenso científico sigue siendo que no hay evidencia robusta que valide la astrología.
Otro caso emblemático es el llamado “efecto Marte”, propuesto por el psicólogo francés Michel Gauquelin, quien encontró una supuesta correlación entre la posición de Marte y el éxito deportivo. Sin embargo, los intentos de replicar el resultado no lograron confirmarlo de manera consistente, y el caso permanece como una anomalía controvertida.
Frente a la falta de evidencia empírica, la persistencia social de la astrología encuentra explicación en el campo de la psicología. Uno de los fenómenos más citados es el Efecto Forer, que describe la tendencia de las personas a reconocer como propias descripciones vagas y generales. Este mecanismo, junto con el sesgo de confirmación, ayuda a entender por qué los horóscopos pueden resultar convincentes incluso sin base científica.
Desde la epistemología, el debate se estructura en torno al llamado “problema de la demarcación”: cómo distinguir entre ciencia y no-ciencia. El filósofo Karl Popper propuso como criterio la falsabilidad: una teoría debe poder ser refutada por la experiencia. Las afirmaciones astrológicas, por su vaguedad, suelen escapar a este requisito, lo que las coloca fuera del campo científico.
En Argentina, la posición de la comunidad científica es clara. Investigadores como el físico Guillermo Solovey, del CONICET, sostienen que la astrología no tiene poder explicativo sobre los fenómenos humanos. Incluso asociaciones vinculadas a la astronomía advierten que el uso de cálculos precisos puede dar una apariencia de rigor que no se corresponde con la validez de sus conclusiones.
La investigación histórica muestra que astrología y astronomía no siempre estuvieron separadas. En la Antigüedad, culturas como la caldea concebían el estudio del cielo como una herramienta para comprender el orden del mundo y anticipar acontecimientos. Esa unidad comenzó a resquebrajarse con el avance de la ciencia moderna.
El cambio de paradigma se consolidó entre los siglos XVI y XVII, con figuras como Galileo Galilei, Johannes Kepler y Nicolás Copérnico, quienes transformaron la observación del cielo en un campo regido por leyes matemáticas. La introducción de instrumentos de precisión, como el péndulo desarrollado por Christiaan Huygens, permitió mediciones cada vez más exactas, debilitando las interpretaciones astrológicas tradicionales.
Incluso pensadores del Renacimiento como Pico della Mirandola criticaron abiertamente la astrología, sentando bases filosóficas para su cuestionamiento. La ciencia comenzó a exigir evidencia, repetibilidad y coherencia con leyes naturales, condiciones que la astrología no logró cumplir.
Este proceso histórico no solo separó dos disciplinas: redefinió la manera en que la humanidad entiende su lugar en el universo. La astronomía avanzó hacia el conocimiento objetivo; la astrología quedó vinculada a sistemas simbólicos.
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