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Temas |LA EXPERIENCIA DE ESTAR FRENTE AL PÚBLICO Y DESENVOLVERSE EN EL ESCENARIO

No hay edad para el teatro: adultos mayores de La Plata que se suben a las tablas

Mujeres de entre 66 y 83 años encuentran un espacio para crear, socializar y reinventarse. Entre ensayos, memoria y emociones compartidas, el escenario se convierte en un territorio donde los años no marcan límites sino nuevas posibilidades

No hay edad para el teatro: adultos mayores de La Plata que se suben a las tablas

Adultos de entre 65 y 80 años se reunen semanalmente a actuar y practicar / EL DIA

19 de Abril de 2026 | 03:59
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En una sala teatral del centro platense, un grupo de mujeres ensaya una escena. Algunas sostienen hojas con textos subrayados, otras repasan movimientos o buscan el tono justo. Hay concentración, escucha y, sobre todo, una energía que desarma cualquier prejuicio sobre la edad. Tienen entre 66 y más de 80 años y cada semana vuelven al mismo lugar para entrenar el cuerpo, la memoria y la imaginación. Vuelven para hacer teatro.

En los últimos años, la participación de personas mayores en actividades artísticas se convirtió en una herramienta cada vez más valorada para sostener la vitalidad física, mental y emocional.

La gerontóloga Silvia Gascón -en diálogo con EL DIA- lo explicó desde su experiencia profesional: la participación activa en actividades artísticas y sociales fortalece la autoestima, estimula la función cognitiva y combate el aislamiento y la soledad. Pero, además, implica algo más profundo que simplemente asistir a un taller. Participar -según ella- es ser parte e involucrarse en un proceso colectivo donde se comparten vivencias, emociones y proyectos.

En un tiempo atravesado por la digitalización y la virtualidad, ver a personas mayores que eligen “poner el cuerpo” en una actividad artística resulta, al menos, provocador. El teatro, en ese sentido, se vuelve una forma de resistencia cultural y vital. Un espacio donde la voz, el gesto y la presencia recuperan protagonismo y donde los vínculos se construyen cara a cara.

Ese espíritu atraviesa el trabajo que se realiza en Teatro Estudio, el espacio fundado y dirigido por el dramaturgo y docente Gastón Marioni, que desde hace varios años abrió un taller específico para adultos mayores de 65 años. Allí, los alumnos -hombres y mujeres de entre 68 y 85 años- no participan de una actividad recreativa sin objetivos claros, sino de un verdadero proceso de formación y creación escénica.

“La idea es pensarlo más como una factoría de teatro con actores y actrices mayores”, explicó a este diario Marioni. El término no es casual. En cada encuentro semanal se entrena el instrumento principal del actor: el cuerpo, la voz y la imaginación. Luego, de ese trabajo colectivo surgen textos, escenas y montajes que se presentan en funciones abiertas al público.

Trabajar con personas mayores, aseguró el docente, implica un desafío y, al mismo tiempo, un privilegio. “Tienen un Wikipedia incorporado de experiencias”, dijo. Ese cúmulo de vida -historias personales, emociones atravesadas, conflictos resueltos- se transforma en materia prima para la creación artística. Mientras un actor joven imagina ciertas situaciones, quienes llegan a estas edades muchas veces ya las vivieron.

El teatro, además, se vuelve una herramienta poderosa para sostener funciones cognitivas como la memoria. Memorizar textos, construir personajes, improvisar situaciones y sostener la escucha activa son ejercicios que estimulan el pensamiento y la atención. “Buscamos recursos y procedimientos que permitan sostener la memorización, inventamos herramientas propias para que la tarea siga adelante”, puntualizó Marioni, quien destacó que muchas de sus alumnas sorprenden por su lucidez y capacidad de retener textos.

Pero más allá de los beneficios cognitivos o físicos, hay algo que atraviesa cada ensayo y cada función: la construcción de comunidad. El trabajo teatral exige escucha, respeto por el otro y una fuerte conciencia de equipo. Y esa dimensión colectiva se vuelve especialmente valiosa en una etapa de la vida donde la socialización adquiere un sentido profundo.

Para muchas de estas personas, el teatro no es un pasatiempo sino una forma de reinventarse, de recuperar deseos postergados o de abrir nuevos caminos cuando la vida laboral queda atrás. En un contexto donde la expectativa de vida se ha extendido y la llamada “nueva adultez” plantea desafíos inéditos, estos espacios funcionan como territorios donde seguir creando, aprendiendo y proyectando.

Las historias de quienes integran este grupo muestran que nunca es tarde para empezar -o volver- a brillar arriba del escenario.

 

GRACIELA RAPACCINI (71 AÑOS)
CREAR, INVESTIGAR Y SALIR DE LA ZONA DE CONFORT

Docente jubilada y actriz desde hace trece años, Graciela Rapaccini encuentra en el teatro un territorio de constante desafío. Lejos de la idea de una actividad pasiva, define su experiencia como un espacio de creación, estudio e investigación.

“Hacer teatro me permite enfrentar grandes desafíos y salir de la zona de confort”, sostuvo.

La actividad ocupa un lugar significativo en su vida cotidiana. No sólo por las clases y ensayos, sino también por la búsqueda permanente de información teatral, el intercambio con otros actores y el trabajo colectivo que implica cada montaje.

Graciela rescata la escucha atenta como uno de los aprendizajes fundamentales. Construir un personaje requiere observar al otro, nutrirse de sus experiencias y sostener una dinámica de equipo donde todos se benefician.

En una etapa de la vida donde los vínculos cobran especial importancia, el teatro se vuelve una herramienta para mantenerse activa y en constante transformación.

 

La primera muestra del año en la puerta del Teatro Estudio / EL DIA

 

SILVIA GASCÓN (79 AÑOS)
REINVENTARSE Y VOLVER A ESCENA

Silvia Gascón llegó al teatro impulsada por una necesidad personal: reconectar con una dimensión creativa que había quedado relegada durante años de intensa actividad profesional y familiar.

Participó en grupos teatrales en la década del 70, pero luego su vida estuvo dedicada a estudiar, trabajar, criar hijos y sostener compromisos sociales. Cerca de los 80 años, sintió que era momento de disminuir el ritmo de aquellas actividades exigentes y encontrar un nuevo espacio que la apasionara.

El teatro apareció entonces como una asignatura pendiente.

Hoy encuentra en cada ensayo la posibilidad de liberar emociones, reinventarse y explorar nuevas versiones de sí misma. Para ella, subir a escena también implica recuperar sueños, construir colectivamente y sostener esperanzas.

Los aplausos -aseguró- son una forma de reconocimiento que muchas veces no llega en otras tareas de la vida cotidiana, pero que en el teatro se vuelve visible y compartido.

 

STELLA MARIS MADDÍO (75 AÑOS)
VOLVER A ENCONTRAR SENTIDO DESPUÉS DE UNA PÉRDIDA

Llegó al teatro después de la muerte de su hija. Había dejado todas las actividades que formaban parte de su rutina. Durante años había trabajado en un espacio propio donde daba clases de estética y gimnasia, pero tras esa pérdida nada volvió a ser igual.

Fue entonces cuando surgió una sugerencia terapéutica: probar con teatro. Hace cinco años comenzó a asistir a los talleres y, con el tiempo, ese espacio se transformó en algo mucho más que una actividad semanal. Hoy, ocupa un lugar central en su vida y cumple múltiples funciones. “No solo a nivel terapéutico, también social”, explicó. En su caso, el grupo teatral se convirtió en una verdadera red de contención. Con una familia pequeña, encontró en sus compañeras y compañeros una comunidad que comparte intereses, inquietudes y afectos.

A partir de esa experiencia surgieron nuevas actividades vinculadas a la literatura, el cine y otras expresiones culturales que enriquecen su vida cotidiana. La conexión con personas de su misma edad, con quienes comparte afinidades, se volvió una fuente constante de energía.

 

MONONA CANDIA (73 AÑOS)
VOLVER A UNA VOCACIÓN POSTERGADA

Esta es una historia que dialoga con el teatro desde la juventud. Comenzó a actuar a los 19 años, pero tras dos años debió interrumpir esa actividad para dedicarse a su trabajo como docente en escuelas secundarias.

Décadas después, cuando llegó la jubilación, decidió retomar aquel deseo que había quedado en pausa. “Sabía que era la actividad que más me atraía”, explicó.

Para ella, el teatro es un medio poderoso de expresión y aprendizaje. No sólo implica memorizar textos o construir personajes, sino ejercitar la escucha, la imaginación y la movilidad corporal. Cada ensayo se convierte en un espacio de exploración y descubrimiento.

Monona destaca especialmente el valor de la socialización en esta etapa de la vida. Sentirse incluida, valorada y acompañada por un grupo con intereses comunes es, para ella, tan importante como el aprendizaje artístico.

Hoy, sus expectativas están puestas en seguir creciendo como actriz y aprovechar la guía de un docente con trayectoria que estimula el compromiso y la creatividad.

 

NORMA BENINATI (83 AÑOS)
UNA VIDA ATRAVESADA POR EL TEATRO

A los 17 años comenzó su camino teatral, en una época en la que no era habitual que las familias permitieran a sus hijos dedicarse a esta actividad.

Formó parte de la primera promoción de la Escuela de Teatro de La Plata en los años 1962 y 1963. Luego, su vida profesional se desarrolló durante más de cinco décadas en el campo de la psicología.

Hace siete años regresó al teatro, reafirmando una pasión que nunca se extinguió.

Para ella, el teatro recrea la sensibilidad estética y emocional, permite vincularse con los pares y reflexionar sobre las problemáticas propias de la edad. En el grupo encuentra un espacio para seguir estudiando, pensando y acompañando a otros.

Su mirada sintetiza el espíritu del taller: seguir aprendiendo mientras la vida lo permita.

 

SILVIA AMORETTI (65 AÑOS)
UN AMOR QUE COMENZÓ EN LA INFANCIA Y VOLVIÓ CON FUERZA

Para Silvia Amoretti, el teatro no es una novedad sino un amor que la acompaña desde muy temprano. Su vínculo con la escena comenzó en la infancia y continuó durante la juventud, cuando participó en distintos teatros independientes. Sin embargo, como suele suceder, la vida fue abriendo otros caminos y la actividad artística quedó en pausa durante muchos años.

Hace cuatro años decidió volver. Desde entonces asiste con regularidad a los talleres y sostiene esa práctica con una convicción que define como puro amor por el teatro.

Para ella, el escenario tiene algo de mágico. Lo describe como un espacio donde el alma se transforma, se libera y se expande. Un lugar donde todo puede suceder: crecer, conocerse y reinventarse.

En cada encuentro encuentra la posibilidad de reparar, de soñar y de compartir con otros el mismo sentimiento por la actuación. Más que una actividad individual, entiende al teatro como una experiencia colectiva, donde el trabajo en grupo y la vocación común generan un sentido de pertenencia profundo.

En ese escenario compartido —dice— las individualidades se diluyen y el grupo se convierte en una unidad que sostiene y potencia a cada uno de sus integrantes.

 

PATRICIA DELFINO (66 AÑOS)
DESCUBRIR UNA NUEVA FACETA DESPUÉS DE JUBILARSE

Trabajó durante cuarenta años como instrumentadora quirúrgica. Su vida estuvo marcada por la precisión, la responsabilidad y el ritmo exigente. Pero cuando llegó la jubilación, decidió que era momento de buscar un espacio donde sentirse parte de algo nuevo. Hace cinco años se anotó en teatro con la intención de encontrar un grupo de pertenencia. Lo que encontró fue mucho más que eso. “Descubrí una actividad fascinante y una faceta en mí que no conocía”, contó a EL DIA. El teatro ocupa hoy un lugar central en su rutina. Los ensayos, el aprendizaje de textos y los desafíos escénicos se transformaron en una fuente constante de disfrute. Subirse al escenario, asumir las correcciones del docente y sostener un personaje la mantienen activa y motivada. Para Patricia, la sociabilidad es uno de los aspectos más valiosos. Integra distintos grupos, con edades diversas, y observa cómo las energías cambian según las generaciones. En todos los casos encuentra algo en común: el deseo de compartir y crear colectivamente.

 

CECILIA GENTILE (66 AÑOS)
LA CATARSIS DE SER OTRO

Comenzó a hacer teatro un año antes de jubilarse. Desde chica sentía atracción por la actividad, pero fue recién cuando se cerraron ciertos ciclos laborales que empezó. Hoy define al teatro como una fuente de energía que la mantiene joven y alerta. Cada clase es una oportunidad de aprendizaje, pero también un espacio de liberación emocional. “Rescato poder ser otro, decir sin vergüenza, hacer catarsis sin culpa”, advirtió. La posibilidad de construir personajes le permite explorar emociones y situaciones que, en la vida cotidiana, muchas veces permanecen ocultas. Para ella, es sinónimo de vitalidad.

 

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