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Alejandro Castañeda
Alejandro Castañeda
Los románticos, ese colectivo en extinción, cada tanto reaparecen por lugares más inesperados. Sabemos que el amor es un sentimiento inmanejable, embrujador y enfermizo que puede tomar cualquier atajo. Celos, broncas, separaciones, furia, embeleso, pasión. Los estudiosos trataron de descifrarlo sumando y restando sustancias del cuerpo y olvidándose de los enredos del alma. El poeta, al querer tipificarlo -“el cerebro es mentiroso, pero el corazón es sincero”- le da trazos huidizos a lo que nadie ha podido explicar. Su embrujo le agrega al enamorado algunos descuidos. Y por amor, más que por los detectives, han caído muchos asesinos feroces.
Esta semana el poder del amor romántico se impuso en un ambiente donde la crueldad es el sentimiento más frecuentado. Protagonista fue el tan buscado “Pequeño J”, un peruano que al parecer asesinó salvajemente a tres chicas en Florencio Varela. Su ferocidad sin límites lo llevó a subir a la red las terribles escenas de torturas para poder decirles a sus espectadores especialmente elegidos: “aquí estoy yo, esto es lo que hago con quienes me roban y me traicionan”. Enseguida empezó su cacería. Pero “Pequeño J” pudo eludir el cerco inicial y cruzar la frontera mientras los investigadores trataban de encontrar rastros, nombres y motivos que echara luz sobre la sanguinaria matanza. Finalmente cayó en Perú, haciéndole caso al aforismo: “puedes correr pero no puedes esconderte”. Estaba en un camión, a pocos kilómetros de su pueblo. ¿Pero qué lo delato? El amor. Sólo utilizó su móvil para enviar una nota romántica a esa muchacha que había quedado en Buenos Aires, la pareja que lo acompañaba cada noche en sus frenéticos traslados, el amorío riesgoso y andariego de un escapista atemorizado que vivía en permanente mudanza, un tipo que desde su infancia lo único que había aprendido era a correr huyendo de sí mismo.
“Pequeño J” lo único que había aprendido era a correr huyendo de sí mismo
“Pequeño J” había organizado cuidadosamente su fuga. Quemó la camioneta donde subieron a las víctimas, borró teléfonos, no dejó huellas. Jamás habrá imaginado que su pareja, la que se quedó allá lejos, la que lo secundó en sus correrías y escapadas, terminaría abandonando el rol de mujer sacrificada y obediente. Eligió tomar distancia de un asesino que advertía a quienes lo rodeaban (también a ella, por supuesto) lo que les puede pasar si lo traicionan. La amante seguidora prefirió alejarse del prófugo. Como temía que tanta sangre la manchara, les dio a los investigadores su teléfono para que pudieran rastrearlo. La chica sabía que lo de ellos era un amor desfavorable y no quería terminar como amante sufriente mezclada en una realidad tenebrosa. “Pequeño J”, un asesino tan brutal y desalmado, era un tipo atado a la cruel religión de la desesperación. Desde chico se la pasó huyendo. Se crió a la sombra de un slogan que le escribió su padre: “Bandido siempre”. Ignoraba el sentimiento y la piedad. Era perseguido, desconfiado, desalmado, implacable. Nada parecía conmoverlo, pero cayó en la trampa del amor y su furia se volvió nostalgia. El mensaje que le envió a ella y que lo terminó encarcelando - “te extraño mucho y quiero verte”- pedía alguna respuesta que le endulzara la huida. Por una vez su eterno escapar le dejó lugar a un nuevo apego. “Pequeño J”, huyendo en la caja de un camión y escribiendo mensajes románticos a su amante, mientras la policía lo rodeaba, es una imagen potente que a su manera homenajea la fuerza colosal del amor. El narco desaforado enseñó, con su fuga, que podía vivir sin sus soldaditos, sin merca y sin millones, pero aprendió que no encontraba alivio ante una pasión amorosa que lo tenía encarcelado entre recuerdos lastimosos. Su caída , le da símbolo y contenido a una biografía canalla: al final estos amantes se enamoran, se traicionan y se aniquilan con desamparada crueldad.
Desde que Venus es Venus, el deseo se contempla como la fuerza que trastorna el orden. La literatura agotó calificativos para bautizar un sentimiento indomable Lo de Pequeño J fue un amor violento, desmesurado y testarudo. Y ella, la tan anhelada, acabó resultando la traidora justiciera de una vida que respiraba drogas y muertes. ¿Tendrá razón Sulpicia?: “amores verdaderos sólo son los que no pueden ser”.
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