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La Plata debe resolver con mesura y equilibrio el problema que plantean las calles adoquinadas. Se sabe que han existido por tal cuestión demandas y decisiones judiciales, la última de estas del juzgado en lo Contencioso Nº 4 que dispuso, a través de una medida cautelar presentada por vecinos autoconvocados, paralizar obras de asfaltado que la Municipalidad había iniciado en varias calles en las que aún sobrevive el adoquinado histórico que data de los años de la fundación.
Es verdad que le asisten razones a quienes proponen preservar riquezas ornamentales surgidas en el origen mismo de la Ciudad y mantenidas por las sucesivas generaciones, sin dejar de ver que en muchas oportunidades no se cumplió con la debida preservación de ese patrimonio. Ello no implica, sin embargo, propiciar que “no se toque nada” del pasado, ni siquiera aquello que exponga cotidianamente su inconveniencia.
Los urbanistas no dejan de valorar la coexistencia en una ciudad de lo moderno -condicionado por la superpoblación, el transporte o la economía- con lo tradicional que merezca ser preservado y proyectado. Saben también, como lo han dicho los principales mentores del urbanismo, que toda nueva construcción debe estar condicionada por la sensatez, alejada tanto del vértigo como del quietísimo. No se trata, entonces, de promover una mayor velocidad en el tránsito vehicular, sino en evitar desplazamientos dificultosos, que pueden generar mayores riesgos en la circulación.
En ese contexto de equilibrio es que debe hablarse sobre los trastornos cotidianos que plantea en nuestra ciudad la presencia de muchas calles adoquinadas, algunas de ellas céntricas. Además de los inherentes al tránsito, entre otros factores negativos, por el alto costo que supone su reparación, que sólo puede concretarse a través del trabajo manual y que por ello resulta ser tres veces más caro que el asfalto. También por las conocidas dificultades que el adoquinado, por su obsolescencia y anfractuosidades, plantea para el tránsito automotor.
Es bien sabido, que no pocos vecinos y entidades se han movilizado en diversas oportunidades a favor del adoquinado. Además de la defensa de lo tradicional, han argumentado que este tipo de superficie es más permeable y permite la absorción del agua de lluvia. Sin embargo, en referencia a este último concepto, otros especialistas aseguran que los adoquines pueden no favorecer el escurrimiento del agua, sino, por el contrario, entorpecerlo. Si el agua se filtra entre los adoquines se producen desparejos hundimientos de las piedras y para evitarlo habría que construir una base sobre la cual colocar las piedras lo que impermeabiliza la calle como ha ocurrido en muchas ciudades. Para evitar anegamientos la única solución probada en todo el mundo son los escurrimientos a través inicialmente de las bocas tormentas. Ello se hace particularmente notable por el cambio climático que en nuestra zona se manifiesta, entre otras cosas, por lluvias más que copiosas.
Lo cierto es que en la Ciudad de Buenos Aires se encuentra en vigencia la ley 65, sancionada por la Legislatura porteña en 1998. Esa norma contempla las dos posturas, en el sentido de que protege al adoquinado sólo “en las vías secundarias, adyacentes y/o circundantes a monumentos y lugares históricos”.
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Lo peor es que por las características del empedrado los días de lluvia es muy posible que los autos, cuando se trata de detener su marcha, se deslicen. Corresponde señalar por otra parte las dificultades para cruzarlas de las personas con algún tipo de inconveniente motriz.
Se ha dicho ya que existen defensores del adoquinado. Acaso, entonces, las autoridades podrían analizar la alternativa de dejar en las actuales calles empedradas, dos o tres hileras de adoquines, creándose así una suerte de registro histórico como se ha hecho en algunas ciudades europeas y tal como se ha ejecutado ya en algunas calles platenses.
Nadie duda que las históricas calzadas romanas, con sus 100 mil kilómetros de caminos, vertebraron uno de los imperios más poderosos. Hechas con piedras y cantos rodados sobre arena, unieron las ciudades de la actual Italia y se expandieron por toda Europa. Sin embargo, el tiempo y el progreso pudieron con ellas y se las debió reemplazar por redes viales y autopistas construidas con materiales aptos para canalizar flujos vehiculares más exigentes. El progreso dijo su palabra. Son positivas y pueden coexistir, entonces, las dos posturas: la que promueve dejar algunas sendas históricas adoquinadas en la Ciudad, como testimonios relevantes del pasado y, también, la de remozar, de una vez por todas, la superficie de muchas calles que no deben pretender seguir siendo, para La Plata, nuestras obsoletas, intocables y sempiternas “calzadas romanas”.
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