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En su último mundial como jugador, Estados Unidos 1994 / web
HÉCTOR COLLIVADINO
Por HÉCTOR COLLIVADINO
Duele el alma, pero hay que asumir este desafío supremo: escribir las líneas más difíciles. Así es la vida; o la muerte. Así de difícil es esta parada. Hace menos de un mes en estas mismas columnas festejábamos su cumpleaños, con Diego en Gimnasia y Esgrima de La Plata, enfocando la hazaña inigualable que lo convirtió, por fin, en el sucesor de Pelé como nuevo Rey del fútbol mundial. Una catarata de mensajes de todo el mundo redondeaba el sentimiento generalizado por el aniversario de Maradona. Decíamos que esa epopeya lo elevaba al podio completado por el mismo Pelé y luego por Messi. Nunca afirmamos totalmente que entre los tres hubiera uno mejor que el otro. Que los pueblos del mundo elijan quién. Aunque íntimamente yo sentía que Diego era el más carismático y completo de los tres.
Por estas horas, se robustece esa máxima jurídica: a confesión de partes relevo de prueba. Pelé y Messi acaban de afirmar que Diego fue el más grande jugador de fútbol de todos los tiempos.
Conocí a Diego en el ’76. Jugaba en Argentinos Juniors con Spinetto como Director Técnico. Yo trabajaba para El Gráfico. Fui a los vestuarios creyendo que se habían ido ya todos y me mandé a la zona de duchas. “Maestro se va a mojar todo” dijo Diego de unos 17 años sonriendo bajo la lluvia. Tuve que explicarle que la revista El Gráfico estaba haciendo relevos en los vestuarios y en los baños de todos los estadios. ¡Qué bien!, respondió porque ya para entonces era afín a conseguir mejorar las condiciones para los futbolistas.
La historia con él fue muy larga, felizmente para mí. En 1979, El Día y El Popular me mandaron a la gira donde el Diego, aún en Argentinos, debutó en la Selección Mayor. Fue antes de ganar el Mundial Juvenil de Japón. También ese equipo batió a Holanda por penales en Berna, Suiza, en la denominada “revancha del siglo”.
Curiosamente, en esa gira le pregunté a Ardiles, entonces jugador del Tottenham, si era la primera vez que entrenaba con Maradona y qué sintió. “Mirá -me dijo-, yo estoy considerado como un jugador de fútbol hábil y estoy con el resto de los campeones del mundo. Pero con respecto a Diego, lo que puedo decir es que somos todos de madera”. En esa gira teníamos una estrecha relación con todos los jugadores y también con Maradona. Llegué a tener un vínculo muy cercano. Tierno, educado, obediente, era un ejemplo de jugador y de persona. De allí en más, charlábamos, jugábamos a las cartas en los aviones, etc.
Maradona la rompió en Escocia, marcó su primer gol en la Selección Mayor y fue ovacionado en el Hampden Park; en ese entonces el estadio más grande de Europa, para 130.000 personas.
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Seguí tratándome con Diego, pero también, fundamentalmente, con Don Diego, su padre, un fenómeno en todo sentido: respetuoso, ubicado, un ser humano excelente.
En 1980 fuimos de gira europea y allí fue, en Wembley, que asombró a la Catedral de fútbol con esa genial jugada que terminó rozando el poste y que todos los ingleses aplaudieron a rabiar. En 1981, otra gira. Siempre una cariñosa relación con los Maradona. Yo me reía porque él me decía “Maestro”. Un día me animé y le contesté: Diego, por qué me decís Maestro, ¿por lo que gano por mes?”
También en 1981 seguí al Boca campeón con Maradona, quién se había despedido de la Selección en Barcelona para incorporarse al Xeneixe. Viajamos de allí a París, donde el equipo jugó con el París Saint Germain en el Parque de los Príncipes y también le ganó al Milan de local. Luego hice la cobertura para este medio, de los partidos mundiales del ’82, ’86 y ’90. Un privilegio mayúsculo.
A partir de allí, nos vimos muchas veces más: cuando Diego dirigía a Mandiyú, en 60 y 118, y dirigiendo a Racing en su breve ciclo. Pero luego fue prácticamente inaccesible seguirlo porque ya generaba multitudes a su alrededor. Sin embargo, vi algunas veces más a Don Diego. Lo quise mucho. Diego chico siempre me decía “hola, Maestro”, para que yo me riera.
Siempre lo quise, lo aprecié y lo valoré como persona y como jugador, fundamentalmente. Como deportista también, a pesar de que algunos criticaban que no era tan afín al deporte sino a jugar en una cancha porque como deportista decían que había otros mejores; por ejemplo, Fangio.
Lo admiré como ser humano, entonces inolvidable.
Perdoname, Diego, pero hoy soy yo, con los ojos llenos de lágrimas y triste hasta la médula, quién te deseo paz eterna, la que te merecés, y te despido: ¡Adiós, Maestro!
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