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Política y Economía |Números que tensionan

Javier Milei entra en una meseta: cae el entusiasmo, pero la oposición no logra capitalizarlo

El deterioro de las expectativas económicas y el impacto de los escándalos erosionan la imagen del Gobierno. Sin embargo, la fragmentación opositora y la falta de liderazgo mantienen abierto el escenario político

Javier Milei entra en una meseta: cae el entusiasmo, pero la oposición no logra capitalizarlo
3 de Mayo de 2026 | 12:13

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El clima político empieza a correrse de aquel impulso inicial que acompañó al Gobierno en sus primeros meses. Las encuestas coinciden en describir un proceso de desgaste que ya no se limita a los votantes más volátiles, sino que comienza a rozar también a quienes habían sostenido con mayor convicción el proyecto libertario. No se trata de un derrumbe abrupto, sino de una pendiente persistente: una pérdida de intensidad en el respaldo que obliga a mirar menos los picos de adhesión y más la consolidación de un piso.

Ese piso, sin embargo, sigue siendo relevante. El oficialismo conserva un núcleo de apoyo que le permite sostener competitividad electoral. Pero lo más significativo no es tanto la magnitud de ese respaldo como el vacío que lo rodea: el resto del electorado, mayoritariamente crítico o desencantado, no encuentra todavía una referencia política clara que canalice ese malestar. La oposición aparece, en ese sentido, más como una suma de fragmentos que como una alternativa consistente.

La explicación del desgaste oficial se apoya en dos dimensiones que empiezan a superponerse. Por un lado, la economía. El impacto del ajuste, que en un primer momento fue tolerado bajo la promesa de una mejora futura, empieza a encontrar límites en la experiencia cotidiana. La percepción sobre el presente se volvió más negativa y, lo que resulta más delicado para el Gobierno, también se deterioraron las expectativas. Aquella idea de que el sacrificio tendría una recompensa cercana pierde fuerza, y con ella se debilita uno de los principales activos políticos del oficialismo: la esperanza.

Por otro lado, emergen con mayor nitidez los costos de la agenda política. Los episodios vinculados a presuntas irregularidades, las internas dentro del propio oficialismo y la exposición de figuras clave en situaciones controvertidas impactan en la construcción de confianza. No se trata únicamente de hechos puntuales, sino de una acumulación que empieza a configurar una narrativa menos favorable. La corrupción, que había quedado desplazada como preocupación central, vuelve a instalarse en el debate público y compite con las urgencias económicas.

En ese contexto, el Gobierno parece redoblar su apuesta en el terreno simbólico. La defensa cerrada de sus funcionarios, la construcción de relatos épicos en torno a decisiones de gestión y la amplificación selectiva de momentos favorables reflejan una estrategia orientada a sostener la percepción antes que a modificar las condiciones que la alimentan. Esa insistencia, sin embargo, encuentra límites cuando la experiencia social no convalida el relato.

El problema de fondo para el oficialismo no es únicamente la caída en los indicadores, sino la dificultad para ampliar su base de confianza. Desde sus inicios, el liderazgo de Javier Milei mostró una capacidad notable para consolidar un núcleo duro, pero también una dificultad persistente para seducir a sectores más amplios. Ese techo, que en momentos de auge quedaba disimulado por el entusiasmo, hoy se vuelve más visible. La confrontación permanente, los ataques a adversarios y el estilo disruptivo que funcionó como motor electoral empiezan a tener efectos ambivalentes en la gestión.

Del lado opositor, la escena no es menos compleja. Si bien algunas figuras logran mejorar su posicionamiento relativo, ninguna consigue aún romper su propio techo de rechazo ni articular una propuesta que ordene el espacio. El peronismo sigue siendo la referencia más consistente, pero arrastra niveles de desconfianza que dificultan su expansión. Otros espacios, en tanto, se mueven en márgenes más reducidos, sin capacidad de alterar el equilibrio general.

Así, el sistema político transita una zona de indefinición. El oficialismo pierde intensidad pero conserva ventaja relativa; la oposición acumula críticas pero no logra transformarlas en alternativa. En el medio, una sociedad que expresa malestar, dudas y una creciente exigencia de resultados concretos.

El futuro inmediato parece depender menos de la aritmética de las encuestas que de la capacidad de reconstruir expectativas. Para el Gobierno, el desafío es transformar la estabilización en una promesa creíble de mejora. Para la oposición, convertirse en algo más que la suma de descontentos. En ese equilibrio inestable, la política argentina vuelve a moverse entre lo que cae y lo que todavía no termina de emerger.

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