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Millones de copas chocando en el planeta, alzadas por muchos que se comprometen a hacer algo en el nuevo año. La literatura tiene a estos compromisos como eje argumental
Freepik
MARCELO ORTALE
Por MARCELO ORTALE
Hace pocas jornadas millones de copas se habrán levantado para brindar por el Año Nuevo y junto a los choques de cristal buena parte de esa humanidad habrá reiterado promesas y formulado compromisos para cambiar de vida, adelgazar, ahorrar dejar de fumar, salir a correr, devolver lo que le prestaron, comprar un aparato de aire acondicionado, estudiar un idioma, ser mejor con los padres, pagar los impuestos o ser fieles con sus parejas y consolidar así una unión eterna, entre otras acciones que, probablemente, a fin del primer mes ya habrán caído abatidas por la caprichosa realidad.
¿Adónde irá a parar la multitud de promesas que no se cumplen? ¿En qué fichero metálico del limbo se encontrarán esos juramentos no nacidos? La ética humana –que debiera ocuparse de estos naufragios íntimos- podría explorar y ofrecer respuestas a la humanidad gastada por tanto anuncio y tan poca acción. Y con cada año que llega la marea de promesas vuelve a subir.
Se sabe y asegura que la costumbre de prometer cambios de conducta en estas fechas nació entre jardines colgantes hace unos 4 mil años, en Babilonia –un nombre de ciudad notablemente atinado, si se quiere, para ventilar esta cuestión- y en realidad el ritual era muy respetado en aquel pasado asombroso.
Los babilonios creían en sus promesas, el compromiso era sagrado, tenía origen religioso y después cada uno de ellos vería cómo convertir en realidad lo prometido. El que rompía esos compromisos atraía la cólera de los dioses.
Pero todo se fue modificando. Y como la frustración ha sido, acaso, la ley humana más acatada, psicólogos y sociólogos presumen que en los brindis, en las promesas y juramentos, lo que existe son “confesiones negativas”, animadas con algo de champán o sidra.
Se estaría en todo caso en una etapa crepuscular de las promesas, ya que cada vez serían menos en el planeta las personas que confían en ellas mismas. Las promesas vendrían en picada, como el Imperio Romano de Occidente en el siglo V.
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Acá conviene rescatar a San Bernardo de Claraval, que en el siglo XI d. de C, creó los monasterios cistercienses como los que perduran en Poblet, cerca de Barcelona. Este cura hablaba tan bien que lo habían apodado “el Doctor boca de miel”. Bueno, a Claraval se le atribuye haber creado este sabio aforismo: “el camino del infierno está empedrado de buenas intenciones”.
Promesa deriva del latín “promissus”, integrado por el prefijo “pro”, que significa “antes”, y por “missus”, que es “enviar”. De modo que promesa viene a ser todo compromiso futuro, un anticipo de algo bueno que va a venir. Es claro que no siempre la acción humana se encarga de que venga. Y, habitualmente, no viene. Sin embargo, en toda promesa viajan también la dignidad y la ilusión humanas.
Se está hablando nada menos que de las emociones, sofocadas hoy por el imperio del tedio postmoderno, tal como lo dice Bernat Castany Prado en un artículo titulado “Una fenomenología de la promesa”, en el que analiza un libro que escribió la española Marina Garcés, titulado El tiempo de la promesa (Anagrama, 2023).
La autora le encuentra una salida elegante al callejón sin salida de la promesa, una vía de escape cargada de humanidad: la promesa es un instrumento para escapar de lo que ella llama “las prisiones de lo posible”.
La costumbre de prometer cambios de conducta en estas fechas nació hace 4 mil años
La promesa es imaginación. Y de una promesa bien puede salirse a través de otra promesa sucesiva: “De ahí la importancia de que aprendamos a romper todas esas promesas impuestas, para hacer otras nuevas, que nos relacionen en tanto que seres libres e iguales”.
El final del crítico Castany Prado, al hablar de la obra de Marina Garcés, dice que “la promesa sería, pues, una forma de la acción. Mejor aún, de la creación. Porque logra establecer un nuevo inicio, rompiendo así la cadena de hierro de las causas y los efectos. En ese nuevo inicio se enlazarían pasado, presente y futuro.
El remate del crítico adquiere una suerte de sabor apocalíptico: “El problema es que el desvanecimiento del futuro ha provocado el derrumbe de las viejas promesas: la de Dios, que ya no salva, la del Estado, que ya no protege, y la del capitalismo, que ya no puede crecer más”.
Hay que decirlo: según esta tesis tan benigna, un ser humano bien plantado sería aquel que no recuerda las promesas que hizo, porque las posteriores que formuló se las hicieron olvidar.
Sin embargo, el libro de Garcés tiene un final que rescata la necesidad de que cada promesa sea fidedigna, y que cada una de las personas se libere de las falsas promesas y recupere “las promesas olvidadas o no hechas”.
También fue un Rey mesopotámico, y de Babilonia tenía que ser, el que en el año 1000 a. C. cometió el desliz de darle carácter gubernamental a la promesa de un funcionario. Dicho con más claridad, todo gobernante estaba obligado a prometer algo en cada año y los historiadores aseguran que ese decreto se extiende vigente hasta hoy, pues generaciones y generaciones de gobernantes viven prometiendo obras, mejoras en la salud pública, cosechas redentoras, aumentos de salario. Como se sabe, tales anuncios se encuentran correspondidos por pueblos cada vez más escépticos.
En los pasillos políticos de las distintas generaciones, estos anuncios de los gobernantes acerca de sus capacidades imaginarias, alcanzaron a ser calificadas con una expresión que debiera motivar aplausos en las concurrencias. Se los pasó a llamar “confesiones negativas”.
Algunas frases de pensadores y escritores célebres sobre las promesas pueden arrojar luz acerca de este espinoso asunto, diría Rilke.
“Las promesas son olvidadas por los príncipes, nunca por el pueblo”
Napoleón, que además de marchas rápidas, colocación de cañones y colocaciones de coronas, dijo sobre este tema: “La mejor forma de cumplir con la palabra empeñada es no darla jamás”. El emperador intuyó que no existe maldad, sino tontería, en el que se compromete a hacer algo.
El mismo Napoleón advirtió que “Las promesas son olvidadas por los príncipes, nunca por el pueblo”.
Y Robert Frost aquel poeta estadounidense admirado por John Kennedy, que lo tuvo a su lado cuando juró como presidente, sostuvo que “prometemos según nuestras esperanzas y cumplimos según nuestros temores”.
Las promesas de amor quedaron para el final, con poco espacio. Una pareja se desintegra porque uno de los dos prometió y el otro esperó demasiado. Aquí también se impone la ecuanimidad de un análisis. ¿El amor es realista o también pertenece al arte? Aristóteles y Platón una vez más se pusieron a debatir y, en este engorroso asunto, siempre el primero de esos dos griegos lleva las de ganar.
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