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En este libro, el lenguaje, el humor y la tristeza se combinan para explorar la intemperie emocional de la vida actual
Lorrie Moore, estadounidense destacada por sus cuentos / Web
Cuando “Anagramas” apareció por primera vez en 1986, Lorrie Moore ya había dejado en claro que no iba a escribir como nadie más. Venía de publicar “Autoayuda”, un libro de cuentos que parodiaba con precisión quirúrgica los manuales de la época, y en su primera novela volvió a apostar por una forma esquiva, poco complaciente, profundamente literaria. Hoy, gracias a su reedición, ese libro casi inhallable se deja leer como lo que es: una pieza clave para entender una de las obras más singulares de la narrativa norteamericana contemporánea.
“Anagramas” funciona como su propio título lo indica: un juego de reordenamientos. En cada una de las cinco partes del libro, la protagonista es la misma —Benna Carpenter—, pero su vida cambia. Benna puede ser cantante en un club nocturno, profesora de aeróbics para ancianos, docente universitaria; puede estar enamorada de Gerard o huir de él; puede no querer hijos o tener una hija imaginaria. Los elementos se repiten, pero alteran su sentido según el orden en que se dispongan. Como si la vida no fuera otra cosa que probar combinaciones con las pocas letras que a cada uno le tocaron.
El vínculo entre Benna y Gerard es el eje que organiza estas variaciones. Viven en el mismo edificio, comparten la pared del baño y una intimidad extraña, hecha de ruidos escuchados a través de los azulejos, de llamadas improvisadas, de una cercanía que no garantiza compañía. Moore convierte esas escenas mínimas en el corazón emocional de la novela: la soledad urbana, incluso —o sobre todo— cuando hay otro del otro lado de la pared.
Lo que distingue a “Anagramas” no es solo su estructura, sino su lenguaje. Moore escribe como si cada frase fuera una pequeña trampa: avanza con humor, descoloca, hace reír y, de inmediato, deja una marca triste. Leerla obliga a estar atento. Las palabras no se limitan a decir: se mueven, se corren, se contaminan entre sí. El sentido es inestable, frágil, como las relaciones que describe. Un leve desplazamiento —una letra, una decisión— alcanza para que todo cambie.
Aunque Moore insiste en que escribe historias tristes, el humor opera como un consuelo y también como una forma de lucidez. Benna Carpenter es una heroína irónica, vulnerable, incapaz de acomodarse del todo en los moldes sociales, pero dotada de una inteligencia verbal que le permite resistir. En esa mezcla de sarcasmo y ternura, la obra interroga grandes preguntas —el amor, la maternidad, la identidad, el sentido— sin solemnidad ni respuestas cerradas.
Más de tres décadas después de su publicación, la novela conserva intacta su potencia. “Anagramas” no ofrece una historia lineal ni una verdad definitiva, pero sí algo más valioso: la certeza de que el lenguaje sigue vivo, y de que en ese movimiento todavía hay una forma de aferrarse a la vida antes de que las letras vuelvan a dispersarse.
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