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El 18 de diciembre de 1940 Adolf Hitler ordenó a las fuerzas armadas alemanas que planificaran y se prepararan para invadir Rusia. Esa decisión fue considerada como la peor que, desde el punto de vista bélico, adoptó el líder nazi.
Los gobiernos de Berlín y Moscú habían firmado un tratado de no agresión que se conoció como Pacto Ribbentrop-Molotov, que fue firmado el 23 de agosto de 1939, 9 días antes de que se iniciara la Segunda Guerra Mundial. El tratado supuestamente era de no agresión, pero tenía cláusulas secretas en las que definían el reparto de los países de Europa oriental y central, fijando los límites de dominio de Alemania o Rusia sobre todas esas naciones. Se adjudicaron y repartieron Polonia, pero Alemania debía reconocer a Finlandia y Estonia, entre otros.
El Führer consideraba a los rusos como subhumanos, al comunismo como el principal enemigo y necesitaba garantizarse alimentos y combustibles de los que calculó, se apoderaría en Rusia.

La invasión se produjo el 22 de junio de 1941 y era llamada en las comunicaciones de las fuerzas alemanas como operación Barbarroja. Todavía hoy no existe documentación de que los generales nazis hubieran objetado la invasión que significaba que Alemania debería tender dos frentes de batalla a la vez. Por un lado, la conquista de Inglaterra y por otro la de Rusia. Con más de tres millones de soldados desplegados a lo largo de un frente de casi 3.000 kilómetros, el ataque fue la mayor ofensiva militar jamás lanzada hasta ese momento. Adolf Hitler apostaba a una victoria rápida que le permitiera destruir al Ejército Rojo, acceder a los recursos soviéticos y asegurar para el Tercer Reich el llamado “espacio vital” en el este de Europa.
La ofensiva rompió de manera definitiva el Pacto Germano-Soviético firmado en agosto de 1939 entre Hitler y Iósif Stalin. Aquel acuerdo de no agresión había permitido a ambos regímenes ganar tiempo y repartirse zonas de influencia en Europa oriental, incluida la partición de Polonia. Sin embargo, desde su origen fue un pacto marcado por la desconfianza mutua. Hitler nunca abandonó su objetivo de destruir al comunismo soviético, al que consideraba un enemigo ideológico, racial y económico, mientras que Stalin veía a Alemania como una amenaza inevitable, aunque creyó que el conflicto podía postergarse varios años.
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La planificación alemana partía de un supuesto clave: la Unión Soviética colapsaría tras los primeros golpes, como había ocurrido con Polonia, Francia o los Países Bajos. Para ello, la Wehrmacht organizó la invasión en tres grandes grupos de ejércitos. El Grupo Norte debía avanzar por los Estados bálticos y tomar Leningrado; el Grupo Centro tenía como meta Minsk, Smolensk y, finalmente, Moscú; el Grupo Sur avanzaría sobre Ucrania, una región crucial por su producción agrícola, minera e industrial, y abriría el camino hacia el Cáucaso y sus campos petrolíferos. El objetivo estratégico final era llegar a una línea imaginaria entre Arcángel y Astracán, que dejaría bajo control alemán el corazón económico y demográfico soviético.
El ataque inicial fue devastador. La Luftwaffe destruyó miles de aviones soviéticos en tierra durante los primeros días, asegurando una rápida supremacía aérea. Las divisiones blindadas alemanas avanzaron con gran velocidad mediante la táctica de la blitzkrieg, cercando grandes formaciones del Ejército Rojo y provocando colapsos locales del frente. En batallas como Białystok-Minsk, Smolensk, Uman o Kiev, cientos de miles de soldados soviéticos fueron capturados. Para el verano de 1941, parecía que la apuesta de Hitler estaba dando resultados y que la derrota soviética era solo cuestión de tiempo.

Sin embargo, detrás de los éxitos militares se ocultaban errores estratégicos decisivos. El alto mando alemán subestimó la capacidad de resistencia soviética, la profundidad del territorio y la magnitud de los recursos humanos e industriales de la URSS. La ofensiva carecía de un plan a largo plazo y no contemplaba seriamente la posibilidad de una guerra prolongada. Convencido de una victoria rápida, Hitler no preparó a su ejército para combatir en invierno ni movilizó plenamente la economía alemana para un conflicto de desgaste, lo que limitaría gravemente su capacidad de sostener el esfuerzo bélico.
Del lado soviético, la sorpresa inicial fue enorme. Stalin había ignorado numerosas advertencias de inteligencia sobre el inminente ataque alemán y el Ejército Rojo estaba mal desplegado, además de debilitado por las purgas de oficiales llevadas a cabo a fines de la década de 1930. No obstante, la Unión Soviética logró absorber pérdidas colosales sin colapsar. La rápida reubicación de fábricas hacia el interior del país, más allá de los montes Urales, permitió mantener y luego aumentar la producción de armamento. Al mismo tiempo, los mandos soviéticos, en especial el general Gueorgui Zhúkov, aprendieron de los errores iniciales y comenzaron a organizar una defensa cada vez más eficaz.
A partir de agosto de 1941, Hitler tomó una decisión que sería duramente cuestionada por sus propios generales: desvió fuerzas del Grupo de Ejércitos Centro hacia el norte y el sur para asegurar Leningrado y Ucrania, retrasando el ataque decisivo sobre Moscú. Esa pausa permitió a los soviéticos reforzar la capital, movilizar reservistas y construir extensas líneas defensivas. Cuando la ofensiva alemana contra Moscú —la Operación Tifón- se reanudó en octubre, el tiempo ya jugaba en contra de los invasores.

Las lluvias otoñales convirtieron los caminos rusos en lodazales intransitables y paralizaron el avance alemán. Poco después llegó el invierno más duro, para el cual las tropas del Eje no estaban preparadas. Sin ropa adecuada, con armamento que se congelaba y graves problemas de abastecimiento, los soldados alemanes comenzaron a sufrir congelaciones masivas y una drástica caída de la moral. A pocos kilómetros de Moscú, el avance se detuvo definitivamente.
En diciembre de 1941, el Ejército Rojo lanzó una contraofensiva sorpresa con tropas frescas procedentes de Siberia y del extremo oriental de la URSS. Las fuerzas alemanas fueron obligadas a retroceder, alejándose de la capital soviética. La imagen de los soldados alemanes congelados ante las puertas de Moscú se convirtió en un símbolo del fracaso de Barbarroja y del fin del mito de la invencibilidad nazi.
La invasión también marcó un punto de inflexión en el nivel de violencia del conflicto. La guerra en el Este fue concebida por el régimen nazi como una guerra de aniquilación. Detrás del frente avanzaron los Einsatzgruppen, escuadrones de exterminio responsables del asesinato masivo de judíos, comisarios políticos y civiles soviéticos. Millones de prisioneros de guerra murieron por hambre, enfermedades o ejecuciones. Esta brutalidad sistemática, lejos de provocar el colapso soviético, alimentó una resistencia feroz y un fuerte sentimiento patriótico impulsado por Stalin bajo la consigna de la “Gran Guerra Patriótica”.
Para comienzos de 1942, la Operación Barbarroja había fracasado en su objetivo principal: destruir a la Unión Soviética y forzar su rendición. Alemania había conquistado vastos territorios, pero a un costo humano y material enorme, sin lograr una victoria decisiva. Desde ese momento, la guerra en el Frente Oriental se transformó en una lucha de desgaste que el Tercer Reich no estaba en condiciones de ganar.
La derrota alemana ante Moscú no significó el final inmediato de la Segunda Guerra Mundial, pero sí marcó un antes y un después. Barbarroja, concebida como una campaña relámpago, terminó convirtiéndose en el inicio del principio del fin para Hitler y para el proyecto de dominación nazi en Europa.
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