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Con el fin del autodescubrimiento por delante, la médica y sexóloga local Andrea López pone la lupa en tabúes ancestrales, el deber moral y habla sobre recuperar el deseo propio, en soledad o en pareja
Ya en 1976 hubo encuestas que mostraban un porcentaje alto de mujeres masturbándose / freepik
Un tema del que se ha evitado hablar durante generaciones y sobre el que hay puntos de vista absolutamente contradictorios, no sólo por cuestiones religiosas y éticas, sino porque algunos sostienen que esa práctica es perjudicial para la salud. A fin de dar a conocer un punto de vista, este diario entrevistó a la médica y sexóloga local Andrea López, que comenzó proponiendo un cambio de paradigma: “Antes de pasar a hablar de masturbación, me gustaría comenzar porque en lo habitual utilizo más la palabra autoexploración”, dijo a EL DIA.
Esta elección no es meramente semántica: es un gesto simbólico contra siglos de condena moral. “Masturbación” proviene del latín —“manus” (mano) + “turbare” (perturbar, agitar)—, eufemísticamente alude a “perturbar con la mano”, “estuprare”: corrupción, deshonra sexual. Una etimología que ya contiene un juicio. Así, quedó históricamente penado, culpabilizado.
Durante generaciones, la autoestimulación fue condenada no sólo por todas las religiones, sino también por la medicina. Se la vinculó con males tan absurdos como la ceguera o la locura. En ese marco, la masturbación pasó de práctica humana a amenaza moral y de salud. Ante ello, López recuerda que ese peso histórico sigue operando: “La culpa masturbatoria fue la culpa central”. Y recalca que muchas de las resistencias actuales -sobre todo hacia la autoexploración femenina- beben de esa moral, respaldada primero por religión y luego por algunas afirmaciones, como que puede provocas la eyeculación precoz o generar dificultades para alcanzar el orgasmo con una pareja. Además, que puede llevar al agotamiento sexual o a una disminución en el interés en el sexo con otras personas. Si quien la practica siente que ha perdido el control de ese impulso, debe consultar a un especialista.
Pero, hace algunas décadas, algo cambió con los estudios de William H. Masters y Virginia E. Johnson: por primera vez se documentó la respuesta sexual humana con otro punto de vista. Emergió, entonces, la idea de considerarla como parte natural del desarrollo erótico, presente a lo largo de la vida, en hombres y en mujeres.
Según numerosas estadísticas en la Argentina los adolescentes suelen cometer excesos: sin ninguna duda se trata de un tema que los padres deben hablar claramente con los hijos, exponiéndoles su punto de vista.
Para la sexóloga López, evitar la presión social en un sentido u en el otro es fundamental y reivindica nuestra autonomía: “Tener control sobre nuestro cuerpo y nuestro placer era peligroso para cierto orden social”. Eso, según la sexóloga, amenaza los moldes tradicionales de control del deseo. Por eso la condena no fue solo moral, sino política, social, institucional.
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En ese sentido, hablar de autoexploración —y no de masturbación— es un acto de reescritura: resignificar el deseo libre, la intimidad, la sexualidad como propia, no delegada.
La autoexploración no es un acto de culpa, sino de conocimiento y de deseo, según López que insiste: “Nos permite conocernos más, saber qué nos gusta, poder guiar a mi pareja sexual experimentar prácticas, descubrir qué nos excita, dónde están nuestros puntos de placer”. En ese recorrido íntimo aparece la posibilidad de una sexualidad consciente y satisfecha.
La experta agregó que no es un camino cerrado: la masturbación puede ser solo una, muchas, o ninguna y todo bien. Depende del deseo, del cuerpo, del momento. Esa plasticidad es su gran virtud. No es un substituto barato del sexo en pareja, ni una práctica menor. Es, simplemente, una vía válida de placer.
Pero también una herramienta. En la clínica sexual, cuenta López, la autoexploración —acompañada de fantasías, literatura erótica o juguetes sexuales— suele proponerse para casos de deseo disminuido, dificultades de excitación, disfunciones orgásmicas o de erección. “En varones con eyaculación rápida o disfunción eréctil —dice— ayuda muchísimo”. Del otro lado, en mujeres que reprimidas en su deseo, inhibidas por culpa o vergüenza, deben decidir a partir del “yo” y no de las presiones.
Y en ese puente juega un papel fundamental la imaginación. “Nunca estamos solos. En el autoerotismo siempre hay un personaje invisible: una fantasía, un recuerdo, un anhelo. Las fantasías son el estado más libre que podemos tener y son válidas”, dice López y añade: “Esa voz interior —a veces silenciada por generaciones de tabúes— vuelve a dialogar con nuestro cuerpo. Y ese diálogo puede devolvernos el placer, la curiosidad, la creatividad erótica, la libertad”.
La situación ha sido distinta para cada sexo: “Al varón se le festejaba. A la mujer se la condenaba como algo indigno, impropio”. Muchas veces esa condena venía de quienes más querían: padres, madres, maestros. Si para ellas el deseo no existe, o es vergonzoso, lo que ocurre es que dejan de buscarlo. Y confunden silencio con ceniza, deseo con culpa.
Ya en 1976 hubo encuestas que mostraban un porcentaje alto de mujeres masturbándose, la mayoría estimulando el clítoris sin necesidad de penetración, con diversas posturas y, a veces, con juguetes. Ese testimonio colectivo demuestra que la sexualidad femenina existe, siempre existió, aún en la más pura intimidad.
López lo dice con delicadeza y con firmeza: “No tiene nada de malo, no es inmoral, no es una práctica prohibida. Es saludable, natural, fue muchas veces nuestra primera manera de conocernos”. Y concluye: “Con esos conocimientos, cada mujer puede elegir, o no, explorarse y darse placer”.
No faltan opiniones ni quienes consideran que la masturbación además de problemas psicológicos puede provocar un gran deterioro en la vida social y laboral de quien la práctica. Y se considera que es un trastorno de hipersexualidad que necesita la intervención de profesionales.
Este es un tema que preocupa y muchas veces perjudica la relación. ¿Es una traición? ¿Un síntoma de insatisfacción? ¿Un tabú silencioso? Para Andrea López, la clave está en la comunicación, en el acuerdo, en el respeto.
“Pregunto a mis pacientes: ‘¿Sabés si tu pareja se masturba? ¿Vos te masturbás? ¿Lo hablás?’ Muchos no lo saben —cuenta—. Y está bien. “Tener intimidad propia no atenta contra la pareja. No todo tiene que compartirse ni contarse. Mi autoexploración puede ser algo mío, personal, íntimo, sin culpas ni vergüenza”. Y añade: “No significa desamor, ni infidelidad, ni menoscabo del vínculo”.
Y aún con acuerdos, convicciones propias, deseo personal, la masturbación puede no encajar con todos, por cuestiones ligadas a los preceptos religiosos o a normas éticas.
Para López, la cuestión adquiere otra dimensión cuando la práctica interfiere con la vida cotidiana: el trabajo, las relaciones, la concentración. “Ahí —dice— puede ser síntoma de un problema”. La experta afirmó que esos casos son minoría.
Y la fantasía —otra vez ella— sigue siendo protagonista. Si me masturbo pensando en otra persona… “Eso no es infidelidad —explica—. Es fantasía”. Pero el umbral es distinto cuando hay sexting, encuentros virtuales, o una práctica compartida con otros. Ahí entran los acuerdos de pareja: lo que para algunos puede ser infidelidad, para otros, no. “Cada pareja define sus reglas”, dice.
Finalmente, subrayó que la sexualidad es dinámica, muta con los años, con el cuerpo, con la vida. Y que la masturbación —la autoexploración en libertad— puede acompañar todas esas etapas, incluso la vejez. .
López no propone la masturbación como obligación pero sí, verla con honestidad, sin culpa, sin prejuicio, sin tabúes. Como tampoco negar la existencia de personas quienes ni siquiera han pensado en practicarla. La experta dice que se puede libremente hablar de ella y aceptar como parte legítima de la sexualidad humana. Porque los mitos siguen vigentes: que las mujeres no lo hacen, que si lo hacen es porque algo anda mal, que la masturbación en pareja es síntoma de insatisfacción, que masturbarse pensando en otra persona es infidelidad, que no es sexo “de verdad”.
Contra todos esos mitos, el llamado de López es claro: reconstruir el deseo, rescatar la masturbación como un acto de autonomía y autoconocimiento, naturalizarla, visibilizarla. Porque muchas veces lo invisible duele más. Silenciar el deseo fue una estrategia de control. Y la estrategia de liberación pasa por nombrarlo, por entenderlo, por despojarlo de culpa.
Para eso, la educación sexual integral es un pilar fundamental. Pero por supuesto que debe atender a los diferentes puntos de vista y el respeto de las convicciones religiosas o éticas de quienes no la consideran como un camino válido. Lo que no puede hacerse es ignorar esa cuestión y especialmente su generalización entre los adolescentes.
La experta sostiene que “la masturbación —la autoexploración— es una forma de ejercicio de la autonomía corporal. Es aprender a caminar dentro del propio cuerpo. Es descubrir la geografía de nuestros deseos. Es, a veces, el primer acto de rebeldía erótica”.
Este diario advierte que es un tema polémico y desde ya, está “abierto” para quienes tengan un punto de vista divergente.
“Masturbación” proviene del latín: “manus” (mano) + “turbare” (perturbar, agitar)
“
La autoexploración nos permite conocernos más, saber lo que nos gusta, poder guiar a mi pareja sexual en ese sentido, en ese recorrido que yo ya conozco. También experimentar prácticas sexuales nuevas, poder descubrir qué nos excita y dónde residen nuestros puntos de placer”.
Andrea López, sexóloga y docente platense
La autoexploración no es un acto de culpa, sino de conocimiento/ freepik
Ya en 1976 hubo encuestas que mostraban un porcentaje alto de mujeres masturbándose / freepik
Andrea López, sexóloga y docente platense
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