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Dueño de una rebeldía innata y con seis libros de poesía publicados, además de una cuantiosa obra inédita, el autor platense hubiese cumplido el jueves pasado cien años
Roberto Themis Speroni / Web
CÉSAR CANTONI
En una oportunidad, Roberto Themis Speroni escribió con tinta azul en un libro estas líneas autorreferenciales: “Nació en La Plata, murió repetidas veces en cualquier lugar, no se arrodilló ante nadie, salvo ante el amor y la tragedia. Fue un dado ciego en un cubilete de hierro, un perro en soledad, una campana orgullosa y ronca...” Para mayor exactitud, nació el 29 de septiembre de 1922, por lo que, recientemente, hubiera cumplido 100 años. Siendo niño todavía, sus padres se mudaron con él a City Bell, una localidad semirrural por entonces, donde murió, en plena madurez creadora, el 28 de septiembre de 1967. Fuera de esto, su biografía carece de datos relevantes. Como Kant, que nunca salió de su ciudad natal, Speroni tampoco se distanció de su terruño, excepto en dos ocasiones muy breves. Si bien dejó una cuantiosa obra inédita, sólo llegó a publicar seis libros de poesía, que le bastaron para obtener un reconocimiento perdurable.
Como Kant, que nunca salió de su ciudad natal, Speroni tampoco se distanció de su terruño
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En La Plata, era habitual encontrarlo en la céntrica Confitería París, tomando una copa de vino y fumando sus infaltables cigarrillos negros sin filtro, que acabarían matándolo. Su apostura física y su carácter varonil le conferían un envidiable magnetismo. Tenía los ojos verdeclaros y la mirada penetrante. Podía mirar con dureza y ternura al mismo tiempo. Su voz, grave y poderosa, quedaba resonando en el aire cada vez que terminaba de leer un poema, lo que hacía que escucharlo constituyera una especie de rito singular. Ana Emilia Lahitte lo evoca así, leyendo en la casa de Joaquín V. González, en Chilecito, su soneto “Dice Facundo Quiroga”: “Escuchándolo, viendo recortarse su perfil en la semipenumbra del patio colonial, junto a la casona hospitalaria, plantado como un amo bajo el aguaribay de treinta y cinco metros de copa –que, felizmente, aún no había sido talado–, comprendimos sin demasiada extrañeza que, en aquel instante, él era Facundo Quiroga. Las cosas se daban así en Speroni, con abrupta sinceridad, con natural dramatismo”.
Dueño de una entereza y una rebeldía innatas, Speroni fue, sencillamente, un “muchacho puro y hosco”, como lo describió Osvaldo Rosssler. Casi con desesperación, amó la soledad y el silencio de su pueblo adoptivo, cuyo ámbito influyó, en buena parte, en el marco bucólico de su poesía. Resulta emblemático, al respecto, el poema “He tomado la última semana”, en el que aborda el tema concreto de la muerte, que lo asedió como una premonición de su temprano fin: “...Los hombres como yo, deben morirse/ aferrados al ser de la resina,/ a los formones y a las alcayatas;/ a todo aquello que en la vida fuera/ signo de su vejez y su principio.// Debe ser en abril, porque en el campo/ abril es un espejo de oro seco,/ y las ovejas tienen las pupilas/ abiertas al cristal y al duro frío./ Y, además, porque el cuero fue a galpones/ y hay fiesta en la cocina y en la altura...”
Para Speroni, por otro lado, no había nada más seductor que las tareas manuales: tallar la madera, burilar la piedra, afilar un hacha o un cuchillo, desbrozar un árbol... Asimismo, su familiaridad con la naturaleza le permitía reconocer la fauna y la flora campestres sin problemas, y también imitar el canto de las aves. A propósito, cuenta Rafael Felipe Oteriño que, estando en Chilecito y en Piriápolis, “deslumbró a los escritores allí presentes al ponerse a silbar como los pájaros de cada uno de esos lugares, hasta lograr, en un caso, que uno de ellos bajara de su rama y se posara sobre la mesa en cuyo entorno se celebraba la reunión”. No por casualidad escribió Norberto Silvetti Paz, luego de su muerte: “Era un pájaro silbador, recóndito/ aventurero del paisaje: estaba/ desde el amanecer entre las ramas,/ atento al cielo”.
Speroni perteneció a la generación neorromántica del 40; con ella compartió la exaltación subjetiva y cierto idealismo arcádico que lo llevó a añorar un supuesto paraíso perdido, un mundo que el progreso material y tecnológico había dejado atrás. Su escritura, sin embargo, desbordante de imágenes metafóricas, producto de una inventiva sorprendente, excede los cánones del neorromanticismo. Así, fiel tan sólo al dictado de su intuición poética, encaró con igual ductilidad el soneto tradicional (fue uno de los mejores sonetistas argentinos) y las formas sin rima, si bien, en este último caso, mantuvo el ritmo musical del endecasílabo, pues entendía que la poesía era naturalmente canto. Sus temas recurrentes fueron el hombre, la vida, el amor, la tierra, la familia, la niñez, la casa, los amigos, la muerte... Todos ellos atravesados por una angustia metafísica nacida del desamparo más profundo, que lo llevó a enfrentar a Dios en una mítica pulseada: “...Arrojo el vino. Tiro de la mesa/ los mendrugos, las moscas, los papeles;/ tenso mis antebrazos, crispo el nervio/ más hondo y, con rudeza, lo fustigo,/ lo invito a que se mida con mi angustia/ crecida en los confines de su obra./ No responde. Se ubica acomodando/ su codo en la madera y, sin testigos,/ pulseamos al igual que dos labriegos/ en honesta y tristísima disputa” (“Es natural que Dios se comunique).
En el fondo, Speroni se aferró a la poesía como un modo de plantarse en el mundo
En el fondo, Speroni se aferró a la poesía como un modo de plantarse en el mundo, e hizo de ella el canto empinado con que intentó, desde su esfera afectiva y cotidiana, elevarse sobre su malestar existencial.
Para concluir, vale la pena volver a Lahitte refiriéndose al rol trascendente de Speroni: “...pasará el tiempo. Al abrir sus libros ya clásicos, una respiración extraordinaria hará mover las selvas del lenguaje. Y un hombre, un hombre solo, de pie, enamorado de quién sabe qué antiguos sortilegios, compartirá las épocas y el suelo de las generaciones venideras”.
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