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El violento se justifica porque, desde su óptica, no está frente a un par sino ante un ago que no funciona
SERGIO SINAY (*)
Por SERGIO SINAY (*)
Su padrastro mata a golpes a un chico de siete años; otro pequeño de cinco años es torturado y asesinado por su madre la novia de esta; un adolescente golpea a traición al playero de un estacionamiento, al que deja en estado de coma, luego huye y es ocultado de la justicia por sus propios padres; una banda de policías asesinos mata a sangre fría, y porque sí, a uno de los cuatro adolescentes que regresaban de un entrenamiento futbolístico. Estudiantes de un colegio convertidos en una tropilla de animales salvajes destruye las instalaciones de la institución. Todo esto fue noticia en el curso de un par de semanas, o menos, y es posible que entre el momento en que se escribe esta columna y el día en que se publica uno o más episodios de este tipo ocupen pantallas, noticieros, comentarios virales, primeras planas y espacios radiales. Habrá condenas, se repetirán lugares comunes, se convocará a opinólogos de diversas disciplinas en la búsqueda de explicaciones que aplaquen el horror y adormezcan la conciencia con la idea de que “esto no me puede pasar a mí, o a nosotros”.
En un lapso cada vez más breve este tipo de hechos pasa al olvido, no solo en la atención mediática y ciudadana sino también, y acaso esto sea más grave, en la ocupación de la justicia. En el caso de Lucio (el chico de cinco años) los funcionarios y funcionarias judiciales que pudieron prevenirlo mostraron una desidia, una ignorancia psicológica, filosófica y emocional más que inquietantes (¿cómo administrar justicia sin tener el menor conocimiento de las complejidades del ser humano y sin una gota de empatía?). En el caso del adolescente golpeador la sospechosa ineficacia de quienes deben detenerlo despierta en los ciudadanos un legítimo temor y una sensación de absoluta indefensión: ¿si no pueden dar con ese pequeño patotero cómo podrían detener a asesinos peligrosos y profesionales? ¿La ineptitud es producto de la torpeza en la búsqueda o de cuestiones más oscuras?
¿Qué está pasando? El interrogante se repite con la misma velocidad que los hechos y con desasosiego creciente. ¿Por qué ocurren estas cosas? La primera respuesta debería recordar que no se trata de catástrofes naturales, sino de fenómenos humanos. Como tan humanas son la agresividad y la violencia. “Toda manifestación positiva de la vida es agresiva. Gran parte de la perniciosa inhibición de la agresividad que sufren nuestros niños obedece a la equiparación de agresivo con perverso”, supo explicar Wilhelm Reich (1897-1957), psicoanalista austríaco que fue inicialmente discípulo de Freud y perteneció a la afamada Sociedad Psicoanalítica de Viena. La agresividad es una energía natural en todos los seres. Sin ella no se nace, se la necesita para atravesar el canal de parto, la necesita la semilla para convertirse en planta, el simple hecho de masticar los alimentos para triturarlos y digerirlos es un acto agresivo, y somos agresivos en el encuentro amoroso de los cuerpos. Sin agresividad no se construyen edificios, monumentos, puentes, caminos, no se elevarían los aviones, no avanzarían los vehículos, no nos pondríamos de pie. Pero agresividad no es violencia. Esta es la desvirtuación de aquella. Lo que nace con la agresividad muere con la violencia. Aquello que la agresividad construye la violencia lo destruye. La violencia es la putrefacción de una agresividad que no encontró cauces, modelos y motivos creativos y finalmente termina descargándose sobre otros o volviéndose contra sí misma.
La violencia es la putrefacción de una agresividad que no encontró cauces, modelos y motivos
Cuando en una sociedad prevalecen modos de vida y de relación cooperativos por encima de los confrontativos, la agresividad de cada individuo y la agresividad colectiva generan formas de convivencia que se enriquecen con la diversidad y abren estimulantes horizontes existenciales. Cuando, en cambio, se imponen a lo largo y a lo ancho, desde arriba y desde abajo, los modelos egoístas, utilitarios, narcisistas, materialistas, todo se corrompe, los vínculos personales y las relaciones sociales se desgarran y progresivamente las personas dejan de verse unas a otras como sujetos. Pasan a ser objetos, instrumentos que solo se tienen en cuenta o se valoran en función de los réditos o la satisfacción inmediata que ofrecen. En caso contrario se descartan. Matar, romper, golpear, insultar, violar, descalificar son formas brutales y primitivas de ese descarte. Y ya no se necesitan demasiados motivos para ejecutarlo. Hasta el más elemental (el llanto de un niño, la negativa de una mujer, la tardanza en un servicio, el desacuerdo respecto de un tema) lo provocan, y el violento se siente justificado porque, desde su óptica, no está frente a un semejante, a una persona como él o ella, sino ante un artefacto que no funciona.
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Las formas de la violencia se aprenden en carne propia. A menudo se descubre que el violento ha sido previamente un violentado y que su modalidad en el ejercicio de la brutalidad es la misma que se aplicó sobre él y que, consciente o inconscientemente, esperaba el momento de replicar sobre otros. Sin embargo, esto no lo justifica. Solo lo explica, y no siempre ni automáticamente. Friedrich Schelling (1775-1854) uno de los principales filósofos del romanticismo alemán se oponía a los ideales racionalistas según los cuales sería posible llegar a controlar y poner en equilibrio las pasiones y emociones humanas. Veía como algo esencial en la condición humana la lucha entre el bien y el mal, y en sus escritos sobre la libertad consideraba que esta es el atributo fundamental que nos permite elegir entre el bien y el mal. Porque el mal, al igual que el bien, existe de un modo universal, decía Schelling, y luego encarna de una manera particular en cada persona, quedando bajo la responsabilidad de esta la elección en el momento de actuar.
Como ningún individuo es una isla solitaria, sino que las sociedades humanas son archipiélagos unidos por una plataforma submarina que comprende tanto el inconsciente colectivo como el pacto moral bajo el cual se convive, aunque aberrantes actos de violencia como los comentados aquí alimenten una atmósfera de horror, es importante observarlos como emergentes de una sociedad en la cual la falta de horizontes existenciales, la pérdida del sentido cooperativo, la corrupción de la clase política en todos sus niveles y funciones, la corrupción económica, la transgresión de los valores y acuerdos morales esenciales, la instalación de la mentira como verdad, el vaciamiento de la palabra y la alienación han ido echando raíces y tiñendo los vínculos privados y públicos hasta crear un campo fértil para la naturalización de la violencia. Lejos de ser extraterrestres, sus ejecutores aparecen como el síntoma descarnado de un virus para el que, por ahora, no parece haber vacuna, y que requerirá una muy poderosa y de orden moral. Además, no vendrá de afuera. Y necesitará más de una dosis.
(*) Escritor y ensayista, su último libro es "La ira de los varones"
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