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SERGIO SINAY (*)
Por SERGIO SINAY (*)
El presente siglo tenía un corto recorrido cuando, en 2003, se publicaba el ensayo “¿Cuánta globalización podemos soportar?”. Su autor, el filósofo, filólogo e historiador alemán Rüdiger Safranski, es uno de los pensadores contemporáneos más lúcidos y respetados. Sus dos últimos trabajos, “Tiempo” y “El mal”, son ilustrativos de la profundidad, la lucidez y la claridad de su pensamiento, volcado a temas que plantean preguntas centrales sobre la existencia humana.
Casi dos décadas después de “¿Cuánta globalización podemos soportar?”, las circunstancias que atraviesa actualmente la humanidad demuestran la vigencia del interrogante y alumbran algunas respuestas. Por mucho que se haya pensado, dicho, mostrado y escrito sobre la globalización, fenómeno nacido al calor de la explosiva irrupción de las nuevas tecnologías de conexión e información, quizás nada ha sido hasta hoy más global que la pandemia de COVID-19. Safranski señala en aquel libro que, en épocas previas a la globalización, los acontecimientos ocurrían en un lugar del planeta y la noticia llegaba a otras regiones tras atravesar espacios y tiempos durante los cuales se generaba una perspectiva que permitía la reflexión, la comprensión y la posibilidad de aproximaciones diversas. Se podía trascender el mero acontecimiento, ampliar la mirada y enriquecer las dimensiones para su abordaje. La globalización, en cambio, elimina el espacio y el tiempo, todo ocurre en simultaneidad y la velocidad en la sucesión de nuevas informaciones impide procesar las que se van recibiendo. Lo falso y lo verdadero, lo real y lo imaginario, lo posible y lo imposible, lo probable y lo improbable son indiscernibles, se dan juntos, en un maremágnum que la mente humana no puede asimilar ni procesar.
En el mundo real es imposible estar en dos lugares al mismo tiempo. En el mundo virtual estamos simultáneamente en todas partes. El mundo real es sólido, el virtual es líquido, para usar la inspirada categoría creada por el gran sociólogo y pensador polaco Zygmunt Bauman (1925-2017). En la liquidez nada tiene forma, todo fluye a velocidad, no hay raíces, no hay permanencia, no hay reposo. Quien no nada, se ahoga, quien pretende hacer pie es arrastrado por la corriente. No queda tiempo para el contacto, para la experiencia, para el pensamiento. Quien permanezca pegado a todo tipo de pantallas y fuentes informativas recibirá a lo largo de la jornada una innumerable cantidad de cifras, estadísticas y novedades acerca de la pandemia en su ciudad, en su provincia, en su país y en el planeta. No tendrá tiempo ni espacio mental para compararlas, para hacerse preguntas acerca de la veracidad y de la importancia de cada pieza informativa y, mucho menos, para recordarla. En veinticuatro horas de adicción informativa se encontrará con voces de expertos, supuestos o reales, que le dispararán diferentes comprobaciones, también supuestas o reales, aunque jamás sabrá distinguir unas de otras, acerca de curas milagrosas, descubrimientos sobre el poder curativo de sustancias insospechadas, vacunas milagrosas (el mayor milagro sería que vacunas realmente testeadas y seguras estén disponibles en los tiempos casi inmediatos que se prometen y que, además, en caso de ser veraces, estén a disposición de todas las personas).
La globalización elimina el espacio y el tiempo, todo ocurre en simultaneidad
En tiempos globales no solo los virus se desparraman con velocidad, sino también las noticias falsas, los discursos manipuladores, las promesas insostenibles, los anuncios oficiales y oficiosos que tanto dicen una cosa como la opuesta. El atracón informativo deshuesado de cualquier intento de reflexión, sin tiempo para la meditación, produce indigestión. La infoxicación, como se llama ese fenómeno, impide generar memoria. Ocurre como si, en el plano físico, los alimentos se evacuaran inmediatamente después de ingeridos, sin digestión, sin metabolización y sin nutrición. En el caso de la información no se genera memoria y no queda tiempo ni espacio para el pensamiento crítico. Y, como remate, el fenómeno no es individual y ni siquiera local. Se trata de infoxicación global.
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Un vínculo emocional
Safranski advertía ya entonces que la vida del mundo está en manos del ser humano. Cabe aclarar antes que mundo y planeta no son lo mismo. El planeta contiene todas las especies, todas las geografías, todos los fenómenos naturales. El mundo es el hábitat físico, psíquico, emocional y simbólico creado por los humanos. Si desapareciéramos los humanos, no habría más mundo, pero el planeta seguiría existiendo (de hecho, ya lo hizo antes de nosotros). El coronavirus no amenaza al planeta, amenaza al mundo. Y cabe la posibilidad de que, como todo lo que pone en peligro al mundo, haya sido producto del accionar humano.
La técnica que crea la globalización y sus fascinantes productos y facilidades es también, como señalaba Safranski, la que crea amenazas globales y globaliza la angustia y el pánico. Globalización, dice en su libro, significa ilusión de una sociedad mundial unitaria en la que se ignoran las diferencias. Pero en los hechos esa ideología es funcional a los capitales financieros, que se valen de la “mundialización” para no fijar residencia en ningún lugar y no atenerse a leyes o normas locales. La globalización, dice Safranski, es una excusa para deshacerse de obligaciones sociales y morales. Pero la realidad no es virtual. Es local, con características y necesidades locales. Es en las realidades “reales” y “locales” donde se registra la desigualdad, el hambre y la inequidad en el acceso a soluciones para necesidades básicas.
Los problemas globales no generan solidaridad global, afirmaba Safranski en aquella obra en cierto modo visionaria. Y el botón de muestra es la ausencia de solidaridad entre países durante la presente pandemia. Se cierran fronteras (las mismas que están siempre abiertas para los negocios y para el libre movimiento del capital y la rapacidad de los mercados financieros), se privilegian recursos (los países ricos compran todos los respiradores a los que los pobres no tienen acceso), se generaliza la prevención respecto del otro, del diferente. Incluso las guerras se libran a distancia, desde drones y tableros de control establecidos a miles de kilómetros de donde esos artefactos producen matanzas. Al contrario de lo que dice su nombre, la globalización produce distanciamiento físico (los contactos y conexiones son virtuales) e impide, en palabras de Safranski, “la vinculación entre los mundos complejos de la vida”. Globalizados, nos intoxicamos de información que no nos inmuniza contra el virus, pero sí contra el otro, el semejante. Al eliminarse el tiempo y el espacio, no hay mañana y no hay lejos. Sin lejos es imposible acercarse. Nos llenamos de cifras, pero no sabemos quienes son los humanos que ellas esconden.
Es tiempo de rescatar al individuo y todo su valor, clamaba Safranski en 2003. Más válido hoy que nunca. Se trata, decía, de incluir al mundo en uno mismo y no de diluirse en la globalidad. Urgía a crear un espacio inmunológico espiritual centrado en el encuentro con el otro y en su reconocimiento. Espacios locales, donde el encuentro real es posible. “No concordar con la histeria globalista”, escribía. Hoy podría agregar que en esa histeria ganan el pánico y el virus, al que la globalización le abrió todas las puertas.
(*) El autor es escritor y periodista. Su último libro es "La aceptación en un tiempo de Intolerancia"
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