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La cuentista y novelista explora en “Las horas cantadas” el territorio de la poesía para resignificar el arte de la contemplación
ADRIÁN FERRERO
Disimula muy bien su histórico y primordial oficio de narradora, como cuentista y novelista, María Elena Aramburú en este libro de poesía. Pero sin embargo nos brinda una clave de lectura precisamente para pensar este poemario desde un lugar interesante que, ahora sí, define su identidad de escritora total.
Un paratexto, más precisamente un epígrafe de Antonio Machado que abre como pórtico el libro, dice: “Canto y cuento es la poesía/se canta una viva historia,/contando su melodía”.
Estos versos son condensación y síntesis entonces de una vocación, además de desmentir por completo algo que yo también pienso: el narrar es una forma de la música porque una narración se entona según una cadencia, un ritmo, una voz con un cierto registro, una cierta temperatura y un tono íntimo o público pero que también define una pertenencia social de la lengua poética a un origen, a un contextos social o remite a un uso. Por el otro, todo poema refiere la historia de una voz. Además del contenido que, eventualmente, esa voz pueda narrar, dato que tampoco es resulta conveniente desdeñar y que no resulta anecdótico. De modo que esta falsa dicotomía en la que a los poetas y a los narradores se los distingue por lo que aparentemente tienen de distinto, en verdad, nos dice María Elena Aramburú de modo inteligente, constituye una falacia. Se canta narrando y se narra cantando. El principio de la voz y su tono es lo que define y dicta, en definitiva, que estamos hablando siempre de literatura o, en todo caso, de poética.
Pero ¿qué alberga este Las horas cantadas? Las horas del día, de modo a mi juicio tan solo superficial. Pero también la ilusión de segmentar el tiempo según un calendario o un reloj. Poniendo en entredicho la arbitrariedad de la convención y, por lo tanto, la arbitrariedad del signo. Y del tiempo mismo, en tanto que referente inconmensurable, es recuperado de modo primordial. Por el otro, centraliza el poemario a partir de otra clave de lectura: esa misma temporalidad unificada y negada en su atomización. Un libro estará integrado por partes, pero, precisamente, habrá una integración que, en definitiva, organiza los matices: la luz que emite el sol, el frío o el calor, las rutinas, las ceremonias a las que nos entregamos en unos y otros momentos de la jornada. Y habrá pausas. Sobre todo para dormir, instancia en la que el tiempo, lo sabemos, queda abolido. El sueño y el insomnio, los ruidos por la noche y lo que despierta (precisamente) son otra zona del libro que es de un alto voltaje semántico porque pertenece prácticamente al orden de lo fantasmático que urden fantasías malignas.
Las horas del día bien pueden metaforizar las estaciones de la propia vida
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Es un libro crepuscular, pero no por la edad de la autora sino por su talante. Suerte de balance de lo más reciente de una vida, pero que metonímicamente remite extensivamente a la totalidad. Para desmalezarla. Es también un ajuste de cuentas con la experiencia vivida. Las horas del día bien pueden metaforizar las estaciones de la edad: niñez, adolescencia, juventud, madurez. ¿Agregaría vejez? No lo creo. Alguien que escribe libros como este acude a una jovialidad contundente que empapa todos los contenidos del libro, además del lujo mismo de sus versos, por cierto sin alardes pero de una fortaleza que parece de acero. Son versos literalmente indestructibles.
Así, en zonas condensadas, María Elena Aramburú evoca amores, uno definitivo por cierto, distante pero indefectible, fulminante. Otros más efímeros. En tono elegíaco traza el dibujo complejo de la soledad, que permite los libros además de la rutina de los leños del hogar: el arte de la contemplación. Pero que ahuyenta la compañía y la inminencia de otros cuerpos.
Para finalizar, agregaría que si cantar y contar son uno y el mismo oficio, cada sección del libro será la de una novela. Cada capítulo un cuento. Habrá un narrador o narradora que jugará con todas sus máscaras, de la omnisciencia al protagonismo, de la primera a la tercera persona, del punto de vista a la representación mimética, del género masculino al femenino. Y descubriremos, en una claridad feliz, que María Elena Aramburú ha escrito “La novela la poesía”, para acudir de modo elocuente al acertado título de un libro de la poeta argentina Tamara Kamenszain.
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