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Por SERGIO SINAY
sergiosinay@gmail.com
Un antiguo refrán de origen incierto reza que Dios creó el tiempo y el ser humano creó la prisa. Desbarató aquello de lo que está hecho. Tiempo. La sustancia que necesita para crecer, para desarrollarse, para admirar la salida o la caída del sol, el crecimiento de sus hijos, el fortalecimiento de un amor, el proceso que sigue un árbol desde que es semilla hasta que da frutos. Tiempo para escuchar a otros y a sus propias voces internas. Tiempo para que la masa leve y se convierta en pan. Tiempo para admirar una obra de arte y descubrir y descifrar sus pequeños y significativos detalles. Tiempo para que su cuerpo se recupere del esfuerzo. Tiempo para la gestación.
La prisa hace que nos deslicemos por el tiempo como sombras fugaces, sin dejar huellas en él. Y es una característica esencial de esta época. Al estudiar este fenómeno, el sociólogo alemán Helmut Rosa lo llama la era de la aceleración. En su ensayo titulado precisamente “Alienación y aceleración”, Rosa describe tres modos de aceleración. La tecnológica, la de los cambios sociales y la del ritmo de vida. La primera corresponde a la velocidad conque los adelantos tecnológicos envejecen, antes de que se puede conocer su potencial y comprobar su real utilidad para la humanidad. Como la tecnología tiene hoy como prioridad el negocio, esa utilidad es secundaria. Lo prioritario es la novedad, lo que precipita cambios cada vez más veloces y, a la vez, más innecesarios e inexplicables.
La aceleración en los cambios sociales, en parte relacionada con los efectos de la tecnológica, se diferencia en que mientras esta trae cambios en la sociedad, aquella entraña transformaciones de la sociedad misma. Todo cambia a una velocidad cada vez mayor. Actitudes, modas, valores, relaciones, obligaciones y responsabilidades, composición de grupos y clases, lenguajes, hábitos. La velocidad es tal que el presente se contrae, dura cada vez menos, arrasado por un futuro que llega de inmediato y dura lo que un parpadeo antes de ser pasado. Ya no se vive en el momento (conjunción del pasado y el presente en un tiempo vivencial específico), sino en el instante. Esto es lo que el gran sociólogo y pensador polaco Zygmunt Bauman (1925-2017) definió como vida líquida. Un tiempo en el que nada solidifica, nada echa raíces, nada cobra forma. Como el agua, todo se escurre entre los dedos. No solo vale para la tecnología y los fenómenos sociales, sino también para las relaciones entre las personas, cada vez más inestables y fugaces, cada vez menos trascendentes.
La tercera aceleración, la de los ritmos de vida es aquella experiencia cotidiana que instala la sensación de que “no hay tiempo para nada”, de que “las horas pasan volando”, de que “no hay un minuto que perder”. Pero, como el tiempo resulta inatrapable y su vivencia es absolutamente subjetiva (no hay modo objetivo de vivir lo temporal, por muchos relojes, cronómetros, calendarios y organigramas que se usen), la aceleración en el ritmo de vida termina en verdaderas pandemias de ansiedad, considerada esta como una de las patologías psíquicas más extendidas en el presente siglo. De ahí, en buena medida, el consumo masivo y adictivo de ansiolíticos y otros psicofármacos, que, lejos de resolver lo fundamental, disparan efectos laterales surtidos.
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Un aspecto especialmente importante de los tiempos acelerados es que, al parecer, tienen que ver más con una fuga que con el cumplimiento de un propósito o el logro de una meta. Se suponía, por ejemplo, que, a partir de la Revolución Industrial y la aparición de nuevos recursos como el vapor, el ferrocarril, luego la electricidad, más tarde los procedimientos automáticos y la producción en serie, habría más tiempo disponible para cuestiones no vinculadas al trabajo. En concreto, para la búsqueda de la felicidad. Una predicción hoy incumplida.
Al abreviarse los tiempos de muchos procedimientos domésticos y fabriles, al igual que los viajes, teóricamente se disponen de más horas y días a favor. No es lo que ocurre. Esas horas y esos días se abarrotan de nuevas actividades urgentes. Y con ellas aparece la sensación de que el tiempo corre cada vez más veloz. Pero en realidad, afirma Helmut Rosa, son las acciones humanas las que acumulan y se aceleran. Uno de los resultados de esto es que, al hacer tantas cosas, se pierde la idea de importancia, remplazada por la de urgencia. Se hace imposible discernir qué merece prioridad y qué puede ser postergado o, directamente, eliminado. Otro efecto es que, al superponerse las experiencias, estas terminan por resultar fugaces y superficiales. No crean memoria ni aprendizaje. No generan sabiduría, como cuando se da tiempo a que las experiencias que vivimos sean asimiladas por nuestra mente, nuestro mundo emocional, nuestra psiquis. En definitiva, es como si consumiéramos las cuatro comidas de un día (desayuno, almuerzo, merienda y cena) en un solo acto, a toda velocidad y sin masticar. No sería bueno el pronóstico para nuestro organismo. El tiempo que transcurre entre una y otra comida permite digerir, metabolizar, asimilar, transformar y también desechar aquello de lo que el organismo necesita prescindir.
“Para qué correr cuando no sabes a dónde vas”, preguntaba John Ray (1627-1705), impulsor del naturalismo en Inglaterra, cuyo método de clasificación de las plantas a partir de sus semillas se usa aún hoy. La pregunta es muy atinada, porque mucho del apuro que afecta a personas, instituciones y organizaciones carece de una visión orientadora. En muchos casos parece estar motivado por lo que se conoce como “horror vacui”. Horror al vacío. Temor a preguntarse por el sentido de estar vivo, por el para qué de la existencia. En lugar de parar la máquina, procurarse momentos de calma y espacios de silencio para explorar respuestas a esta pregunta que la vida se encarga de formular una y otra vez a través de las situaciones que nos plantea, se intenta llenar el vacío tan temido con “cosas que hacer”. Decenas de “cosas que hacer”. Lo cual, lejos de traer calma y respuestas, suele generar más ansiedad, más inquietud, más insatisfacción, mayor sensación de no saber por dónde y en qué momento se está fugando la vida.
El profundo pensador y poeta libanés Khalil Gibran (1883-1931), a quien se deben obras como “El loco” y “El profeta”, y célebres poemas como aquel que comienza con “Tus hijos, no son tus hijos/ son hijos de la vida…”, aseveraba que la tortuga siempre puede hablar más que la liebre acerca del camino. Su velocidad, tantas veces objeto de burla, deja que vea el paisaje, que observe detalles, que se detenga a percibir aromas, colores, gustos, mientras que la liebre pasa por sobre todo eso y solo puede decir que llegó, y rápido, pero casi nada tiene para contar acerca del viaje. La aceleración hace que las personas acumulen llegadas rápidas, aunque al final del día tengan pocas experiencias reales de las cuales hablar con otros, intercambiándolas. Poco aprendizaje. Poca huella.
Quizás por eso el poeta francés Arthur Rimbaud (1854-1891), uno de los iniciadores del simbolismo que inspira a la poesía contemporánea, pudo escribir, aun en la brevedad de su vida, estas palabras: “Tal vez me espera una tarde en que beberé tranquilo en una vieja ciudad y moriré más feliz, no tengo prisa alguna”.
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