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Eugenio Kousovitis
eleconomista.com.ar
El mundo atraviesa una fase de alta tensión en la que el factor decisivo no es ideológico ni militar en sentido clásico, sino energético. La escalada entre Estados Unidos e Israel por un lado e Irán por el otro colocó en el centro del tablero al Estrecho de Ormuz, por donde circula una porción crítica del petróleo y del gas del planeta. Aunque el conflicto se desarrolla a miles de kilómetros, sus efectos alcanzan de lleno a la Argentina a través de los precios internacionales de la energía, el transporte y el financiamiento, condicionando la inflación y la estabilidad macroeconómica.
Ormuz constituye el principal cuello de botella energético global: por allí transita cerca del 20% del petróleo mundial y más de una quinta parte del comercio de gas natural licuado. Las economías industriales de Asia dependen críticamente de esa vía, e Irán posee capacidades suficientes para perturbarla sin necesidad de bloquearla físicamente.
Basta con elevar el riesgo, mediante ataques de bajo costo o simples amenazas creíbles, para que las primas de seguros marítimos se disparen y el tránsito se vuelva económicamente inviable. El resultado es un encarecimiento inmediato del transporte y del precio internacional de la energía, que afecta también a países que no importan directamente de la zona, como la Argentina.
Cuando el barril supera los US$ 100, se produce un doble efecto. Por un lado, se encarecen combustibles y costos logísticos; por otro, se vuelven rentables explotaciones antes marginales, desde perforaciones offshore profundas hasta proyectos en regiones extremas como el Ártico (toque de alerta para Groenlandia). Al mismo tiempo, las potencias buscan diversificar proveedores fuera del Golfo Pérsico, lo que devuelve relevancia estratégica a América Latina y abre una ventana de oportunidad para los recursos energéticos argentinos.
En este contexto, Venezuela reapareció como actor central debido a sus enormes reservas y su proximidad al mercado estadounidense. Para Washington, asegurar el suministro dentro de su propio hemisferio reduce la exposición a crisis en Medio Oriente. Los movimientos recientes -previos y calculados cual juego de ajedrez- en torno a Caracas (con la extracción de Maduro y el alineamiento de sus subalternos políticos hacia EEUU) sugieren una estrategia orientada a normalizar gradualmente vínculos políticos y comerciales, priorizando la seguridad energética por sobre las diferencias ideológicas.
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Estados Unidos, por su parte, ha convertido la autosuficiencia energética en un pilar de su estrategia global. La expansión del fracking durante la última década redujo drásticamente su dependencia de importaciones y permitió sostener precios internos relativamente más bajos. La consigna política “Drill, baby, drill” sintetiza la idea de que la energía abundante y barata es condición de competitividad económica y seguridad nacional.
Durante su primer mandato, Washington presionó a Europa para que redujera su dependencia del gas ruso: la crisis energética posterior a la guerra en Ucrania evidenció el costo de no haber diversificado a tiempo. Para la Argentina, la lección es clara: desarrollar recursos propios no solo impulsa el crecimiento, sino que otorga autonomía estratégica frente a shocks externos.
Rusia, en cambio, emerge como beneficiada indirecta del escenario actual. Los precios elevados y la flexibilización parcial de sanciones fortalecen sus ingresos y su influencia energética global. Esto configura un mercado más competitivo y políticamente condicionado, donde la energía vuelve a ser una herramienta central de poder internacional.
La política exterior del gobierno de Javier Milei, alineada con Estados Unidos e Israel, puede facilitar acceso a financiamiento, inversiones y cooperación tecnológica occidental, aunque reduce el margen de autonomía en un sistema internacional cada vez más fragmentado. En este marco, el mayor contrato de exportación de GNL de la historia argentina (basado en Vaca Muerta) abre la puerta al mercado europeo, que busca reemplazar el gas ruso.
Si se consolida, el país podría transformarse en exportador estructural de energía y adquirir un peso geopolítico significativo, aunque ello requiere inversiones masivas, estabilidad macroeconómica y reglas previsibles a largo plazo.
El desafío consiste en aprovechar su potencial energético sin quedar atrapada en conflictos externos, desarrollando capacidades estatales acordes a su posible rol como exportador estratégico. Esto plantea un desafío poco discutido: la seguridad física de las exportaciones. Argentina carece de una marina mercante relevante y depende de flotas extranjeras para transportar su producción. Si su rol como proveedor energético crece, la protección de oleoductos, puertos de exportación, rutas marítimas y cargamentos podría convertirse en una cuestión estratégica, vinculada tanto a la seguridad económica como a la soberanía.
Queda, sin embargo, una pregunta política de fondo: ¿qué ocurrirá con esta inserción internacional basada en la diplomacia presidencial y en un alineamiento explícito con Estados Unidos cuando cambie el signo político interno?
El apoyo político local transversal (con interesantes posiciones del peronismo “del interior”) al acuerdo Mercosur‑Unión Europea sugiere la existencia de un consenso estructural a favor de una inserción occidental pragmática más allá del gobierno actual.
En un contexto geopolítico dominado por intereses antes que, por afinidades ideológicas, futuras administraciones (incluso de signo distinto) podrían buscar mantener -sin tanta vehemencia, tal vez- relaciones con los principales centros de poder occidental según las necesidades del momento.
Porque, en definitiva, son los negocios los que orientan a las políticas de largo plazo. Si el negocio se entabla, con más o menos retórica, la política se moverá sin interrumpirlo.
La propia conducta estadounidense muestra un alto grado de pragmatismo en favor de los negocios, alternando presión y negociación con distintos países en función de sus prioridades energéticas y estratégicas (Rusia, Venezuela, UE, Canadá, Groenlandia, Cuba).
La incógnita, por lo tanto, no es solo si Argentina continuará alineada con Occidente, sino bajo qué modalidad: mediante una diplomacia personalista centrada en líderes o a través de una política de Estado más estable y previsible. De esa respuesta dependerá en gran medida si el país logra consolidarse como socio confiable o si su posicionamiento internacional volverá a fluctuar al ritmo de los cambios domésticos.
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