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La Ciudad |Cómo se explica el crecimiento de la letalidad en las calles

Caos vial en la Región: dónde y por qué se producen los siniestros más graves

Los accidentes de tránsito en el Gran La Plata alcanzan niveles críticos, con récord de muertes y un aumento de la mortalidad, especialmente entre motociclistas. Frente a este escenario, cobra fuerza la posibilidad de reducir las velocidades máximas

Caos vial en la Región: dónde y por qué se producen los siniestros más graves
5 de Abril de 2026 | 02:57
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La curva de la siniestralidad vial en el Gran La Plata dejó de ser una preocupación meramente estadística para convertirse en una evidencia cotidiana. Las cifras más recientes no sólo confirman la persistencia del problema, sino que delinean un escenario en clara escalada, donde los accidentes ya no aparecen como hechos aislados, sino como parte de una dinámica estructural que atraviesa a La Plata, Berisso y Ensenada con una regularidad inquietante. En ese marco, especialistas ya hablan de la necesidad de un análisis sistémico que permita comprender las dinámicas de riesgo, la vulnerabilidad de los usuarios y el impacto de variables clave como la velocidad dentro del entramado normativo vigente.

La seguridad vial en este aglomerado urbano —marcado por un casco fundacional atravesado por diagonales y una periferia en expansión constante— configura un ecosistema de movilidad complejo. Allí, el aumento de la siniestralidad no sólo se expresa en la cantidad de hechos, sino en una creciente virulencia de los impactos y en la consolidación de los motovehículos como principales protagonistas de las tragedias.

El dato más contundente surge del cierre de 2025: la región integrada por La Plata, Berisso y Ensenada registró 77 víctimas fatales, el peor número del último lustro. La cifra se inscribe en una tendencia ascendente que ya se insinuaba en 2024, cuando el partido de La Plata había cerrado con 48 muertes, superando levemente las 47 del año anterior. Pero el salto más alarmante se produjo al año siguiente: para octubre de 2025, la ciudad ya acumulaba 58 fallecidos, superando el total del año previo dos meses antes del cierre del calendario.

La evolución reciente revela una paradoja inquietante. Mientras algunos indicadores muestran leves descensos en la cantidad de siniestros graves, la letalidad de los mismos se incrementa de manera sostenida. A nivel provincial, la relación de muertes por siniestro pasó de 0,35 a 0,49 en un año, lo que indica que los choques que ocurren son cada vez más violentos y con mayores consecuencias fatales.

Una geografía extendida del riesgo

La distribución territorial de los siniestros refuerza ese diagnóstico. No existe un único punto crítico: la violencia vial se dispersa a lo largo de todo el mapa urbano y periurbano. Sin embargo, ciertas arterias concentran buena parte de los episodios más graves. Las avenidas 7, 13, 44 y 520 aparecen de manera recurrente, al igual que corredores como las rutas 2, 6, 36 y 215, donde la combinación de velocidad, cruces frecuentes y escaso control configura escenarios de alto riesgo.

La Avenida 520, en particular, se destaca por la recurrencia de choques frontales y atropellos. Allí se registran episodios paradigmáticos, como el ocurrido en enero de 2025, cuando una mujer de 47 años perdió la vida en un siniestro de moto, reflejando la peligrosidad de un corredor que combina tránsito pesado con circulación urbana. En Ensenada, el Camino Vergara también fue identificado como un punto crítico, lo que motivó intervenciones de infraestructura para intentar reducir la siniestralidad en accesos industriales.

Los barrios periféricos —Melchor Romero, Lisandro Olmos, Los Hornos, Villa Elvira, Tolosa, Ringuelet, City Bell y Gonnet— repiten patrones similares. Allí, la convivencia entre camiones, motos, peatones y calles sin semaforización adecuada genera condiciones de riesgo permanente. En Berisso, la Avenida Montevideo se consolidó como uno de los ejes más conflictivos, al punto de impulsar la declaración de emergencia vial.

A la dimensión espacial se suma una variable temporal clave. El riesgo se intensifica durante los fines de semana, cuando se concentra el 40,5% de las víctimas fatales. Mientras que de lunes a viernes los siniestros son mayoritariamente diurnos, los sábados y domingos se desplazan hacia la franja nocturna, en un contexto donde la combinación de velocidad, menor control y consumo de alcohol agrava la peligrosidad.

La velocidad como factor decisivo

En ese entramado, la velocidad aparece como el factor transversal más determinante. No sólo incide en la ocurrencia de los siniestros, sino, fundamentalmente, en su desenlace. La física del trauma es concluyente: la energía liberada en un impacto crece con el cuadrado de la velocidad, lo que convierte a este parámetro en el principal definidor entre un accidente leve y uno fatal.

El umbral de los 30 km/h se vuelve, en ese sentido, un límite crítico. Un peatón atropellado a esa velocidad tiene cerca de un 90% de probabilidades de sobrevivir. A 40 km/h —límite habitual en calles urbanas— la supervivencia cae al 70%, mientras que a 60 km/h —velocidad permitida en avenidas— la probabilidad de muerte alcanza niveles cercanos al 80%. Incluso un incremento de apenas 1 km/h en la velocidad promedio puede aumentar hasta un 5% la cantidad de fallecidos.

La distancia de detención refuerza este diagnóstico. A 65 km/h, un conductor prácticamente no dispone de tiempo físico para reaccionar ante un imprevisto sin provocar un impacto de al menos 30 km/h, suficiente para generar lesiones graves. En ese contexto, la implementación de esquemas de “Ciudad 30” —reduciendo el máximo en calles de 40 a 30 km/h— permitiría disminuir en dos tercios las muertes por atropellamiento.

En ciudades con características como La Plata, donde conviven motos, peatones, ciclistas y cruces sin semáforos, el efecto de una reducción de velocidades sería aún más significativo. La evidencia internacional y local coincide en que se trata de la medida más efectiva, de menor costo y de impacto inmediato para reducir la mortalidad.

El mito de la demora y la evidencia empírica

Uno de los argumentos más extendidos contra la reducción de velocidades es el supuesto aumento en los tiempos de viaje. Sin embargo, los estudios urbanos desmienten esa hipótesis. En contextos de alta congestión como el del Gran La Plata, la velocidad real en hora pico ronda los 20 km/h, muy por debajo de los límites máximos.

En ese escenario, reducir la velocidad permitida no altera de manera significativa la duración de los trayectos. Por el contrario, tiende a mejorar la fluidez general al disminuir los embotellamientos generados por siniestros. A esto se suman beneficios adicionales como la reducción del ruido, la contaminación y una convivencia más segura entre los distintos actores del tránsito.

Las experiencias internacionales resultan concluyentes. Ciudades europeas como Helsinki lograron períodos sin muertes viales tras aplicar límites de 30 km/h en zonas urbanas. En América Latina, Bogotá redujo en más de un 30% la mortalidad mediante políticas de gestión de velocidad. Incluso a nivel local, municipios argentinos comenzaron a ensayar esquemas similares con resultados positivos.

La clave, en todos los casos, no radica únicamente en la norma, sino en su cumplimiento efectivo. La combinación de límites más bajos con controles electrónicos —radares y cámaras— permitió reducir hasta un 39% las colisiones fatales, consolidando a la gestión de la velocidad como una política central de seguridad vial.

Proyectos que avanzan más lento que la crisis

El contraste entre la evidencia disponible y la respuesta política aparece como uno de los puntos más críticos. En el Concejo Deliberante de La Plata, el Plan de Ordenamiento Territorial 2025 ya incorpora de manera explícita los conceptos de “Ciudad 30 km/h” y “Ciudad de 15 minutos”, con el objetivo de reducir la exposición al tráfico y promover desplazamientos más seguros.

En paralelo, iniciativas como el expediente 66105 impulsado por la ONG Corazones Azules buscan declarar la emergencia vial y destinar recursos específicos a educación y control. También se discutieron restricciones para la circulación de menores en ciclomotores y programas de mejora de infraestructura como el Plan 1000 Cuadras, orientado a pavimentación y veredas.

En Berisso y Ensenada, las políticas se orientaron a medidas puntuales como el alcohol cero y la gestión de motos secuestradas, con proyectos para compactar más de 700 unidades acumuladas en depósitos municipales. A nivel nacional, iniciativas legislativas buscan modificar la Ley de Tránsito para establecer límites de 30 km/h en calles y 50 km/h en avenidas, aunque aún no lograron avanzar de manera definitiva.

El resultado es un escenario fragmentado, donde las propuestas existen pero su implementación avanza más lento que la propia crisis. La falta de una estrategia integral y coordinada entre los distintos niveles del Estado aparece como una de las principales debilidades.

Motos: el núcleo de la tragedia

Si hay un factor que sintetiza la crisis vial del Gran La Plata, ese es el crecimiento de la siniestralidad en motos. Las cifras muestran una tendencia sostenida: en 2023 representaban entre el 40% y el 46% de las víctimas fatales, en 2024 treparon al 56,2% y en 2025 superaron el 61%, consolidándose como el grupo más vulnerable.

El fenómeno se explica, en parte, por el crecimiento del parque de motovehículos. En los últimos años, la cantidad de motos aumentó a un ritmo muy superior al de los autos, impulsada por su bajo costo y su uso intensivo en actividades como el delivery. Hoy, uno de cada cinco vehículos en circulación en la región es una moto.

A esa expansión se suma una vulnerabilidad estructural. La ausencia de carrocería, airbags o zonas de absorción de impacto deja al conductor completamente expuesto. Las consecuencias son evidentes: el 34,8% de las lesiones involucran traumatismos múltiples y el 25,1% afectan cabeza y cuello.

El problema se agrava por las condiciones de uso. En determinados períodos, hasta el 70% de los motociclistas accidentados no utilizaban casco o lo hacían de forma incorrecta. A esto se agregan conductas de riesgo como el cruce de semáforos en rojo, la circulación sin luces y el exceso de velocidad, configurando un escenario de altísima letalidad.

La asimetría con el automóvil

En contraste, los autos representan una proporción mucho menor de las víctimas fatales, aunque su rol en los siniestros sigue siendo determinante. La diferencia radica en la protección: mientras el automóvil resguarda a sus ocupantes, expone a los usuarios más vulnerables.

Esa asimetría explica por qué un mismo impacto puede tener consecuencias completamente distintas. Lo que para un automovilista puede ser un accidente leve, para un motociclista o un peatón puede resultar fatal. En ese sentido, el automóvil suele actuar como generador del impacto, mientras que la víctima pertenece a los grupos más frágiles del sistema vial.

Las estadísticas globales refuerzan esa brecha: un motociclista tiene entre 22 y 29 veces más probabilidades de morir en un siniestro que un ocupante de un auto. En el Gran La Plata, esa diferencia se amplifica por la alta participación de motos en el tránsito urbano.

Frente a este escenario, comenzaron a discutirse medidas específicas como la creación de “zonas seguras” en semáforos, con espacios exclusivos para motos que eviten su ubicación en puntos ciegos. Se trata de intervenciones de bajo costo que podrían reducir significativamente los riesgos en intersecciones.

Una crisis estructural que exige decisiones

El diagnóstico es consistente en todos los niveles de análisis. La siniestralidad vial en el Gran La Plata no sólo crece en cantidad, sino también en gravedad. La combinación de velocidades elevadas, infraestructura insuficiente, controles limitados y un parque de motos en expansión configura un sistema que produce tragedias de manera sistemática.

La evidencia técnica es igualmente clara respecto de las soluciones. La reducción de las velocidades máximas —especialmente a 30 km/h en calles y 50 km/h en avenidas— aparece como la herramienta más eficaz para reducir la mortalidad en el corto plazo. A esto debe sumarse un control más estricto sobre el uso del casco, la fiscalización del tránsito y la implementación de políticas urbanas que disminuyan la exposición al riesgo.

El desafío ya no radica en comprender el problema, sino en actuar en consecuencia. Sin una intervención integral, coordinada y sostenida, la estadística seguirá repitiéndose con una regularidad inquietante. En el Gran La Plata, la crisis vial dejó de ser un dato para convertirse en una urgencia. Y en el centro de esa urgencia, la velocidad y las motos siguen marcando el pulso de una tragedia cotidiana.

 

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INFOGRAFÍA / GROK IA

El drama de la inseguridad vial crece diariamente en la Región / EL DIA

ILUSTRACIÓN / CHAT GPT IA

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