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“Caso 137”: el peso del sistema

Como un “CSI” basado en hechos reales, la nueva película de Dominik Moll es un thriller que retrata la investigación de una protesta de los chalecos amarillos que terminó con represión y un joven gravemente herido. Es uno de cuatro estrenos

“Caso 137”: el peso del sistema

Léa Drucker, premiada por su papel en “Caso 137”

16 de Abril de 2026 | 01:55
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En diciembre de 2018, los chalecos amarillos tomaron las calles de Francia. Ciudadanos hartos de la desigualdad, del centralismo parisino, del olvido de las ciudades del interior, chocaron con un Estado que respondió con gases lacrimógenos, porras y balas de goma. El saldo fue devastador: cientos de manifestantes con heridas graves, algunos con pérdida de ojos, fracturas de cráneo, daño cerebral. Esas imágenes dieron la vuelta al mundo. En Argentina, donde la represión de la protesta social tiene historia larga y presente, esas escenas no resultaron tan ajenas: la brutalidad policial como respuesta al disenso es, lamentablemente, un idioma universal. Y sobre esa lengua común habla “Caso 137”, el nuevo film del cineasta francogermano Dominik Moll, que se estrena hoy en los cines platenses.

La película había sido presentada en competencia oficial en el Festival de Cannes 2025, donde causó impacto inmediato. Nominada a ocho premios César —incluyendo mejor película—, terminó consagrando a su protagonista, Léa Drucker, con el galardón a la mejor actriz. Llega a La Plata avalada por esa trayectoria y por la reputación ganada con el film anterior de Moll, “La noche del 12” (2022), que arrasó en los César con seis premios y demostró que el director tiene algo raro: la capacidad de hacer thrillers procedimentales, películas de suspenso sobre investigaciones, que, sin renunciar a la tensión, se preguntan cosas más grandes.

“Caso 137” sigue a Stéphanie (Drucker), una inspectora de Asuntos Internos —la IGPN, la “policía de la policía”— a quien le asignan investigar el “caso 137”: un joven gravemente herido por un disparo de bala de goma durante una manifestación de chalecos amarillos en París. La investigación arranca sin pruebas claras de violencia policial ilegítima. Pero hay un detalle que lo complica todo: la víctima es del mismo pueblo que Stéphanie. Lo que era un expediente más, uno entre cientos que se acumulan en la IGPN desbordada por las denuncias de esos meses, se convierte en algo personal, en una grieta que el sistema intentará clausurar y que ella, obstinadamente, se niega a ignorar.

La trama es la de un thriller procedimental clásico, construido sobre interrogatorios, revisión de imágenes de seguridad, formularios y burocracia. Pero Moll, que coescribió el guion junto a Gilles Marchand, usa ese formato como un bisturí. Lo que le interesa no es resolver el crimen sino mostrar cómo funciona la rendición de cuentas dentro de una institución que se investiga a sí misma. “Lo que me interesa es intentar explicar cómo funciona una institución”, dijo Moll en declaraciones a Variety.

Para construir ese retrato, el director llevó a cabo un trabajo de documentación exhaustivo: reuniones con miembros de la IGPN, con abogados especializados, asistencia a procedimientos reales. “Prácticamente todo lo que aparece en la película proviene de cosas que observé, leí o pregunté”, explicó. Las imágenes del film incorporan material real rodado durante las manifestaciones, que se entreteje con la ficción para sostener una sensación de inmediatez que ningún set podría fabricar del todo.

El contexto de los chalecos amarillos no es un mero telón de fondo. Moll lo describe como “un período que erosionó el poder político y llevó a reacciones y exageraciones en el despliegue de las fuerzas del orden”, y como “un movimiento que realmente expuso las divisiones que existen en la sociedad francesa, particularmente entre las grandes ciudades y París, y los pueblos pequeños o las zonas rurales donde muchas personas se sienten invisibles e ignoradas”. Y agrega: “Ahora parece muy lejano, pero esas divisiones siguen existiendo.” En ese sentido, la película tiene algo que trasciende la coyuntura francesa: habla de cómo los estados democráticos tratan a los que protestan, y de cómo esa violencia se procesa —o se entierra— después.

UNA ACTRIZ Y SU MÉTODO

El peso del film recae sobre Léa Drucker, y la actriz lo sostiene con una precisión que intimida. Para preparar el papel, se sumergió durante meses en el trabajo real de Asuntos Internos, acompañando a sus profesionales y observando de cerca sus métodos. El resultado es una construcción actoral que evita cualquier exceso: Stéphanie no es una heroína de Hollywood que dobla el brazo al sistema. Es alguien que hace su trabajo bien, que tiene un hijo adolescente que empieza a ver el mundo con ojos más cínicos, que adopta un gato callejero y cae en el agujero de los videos de gatos en internet. Una persona, en suma, atrapada entre la lealtad institucional y su propia conciencia, que avanza sin que nadie le agradezca el avance.

Las protestas de los chalecos amarillos erosionaron el poder político y llevaron a reacciones y exageraciones en el despliegue de las fuerzas del orden. Fue un movimiento que expuso las divisiones que existen en la sociedad francesa”

Dominik Moll, director de “Caso 137”

Moll tenía claro desde el inicio quién debía encarnar ese rol. “Durante el proceso de escritura, ya empecé a pensar en ella para el papel y al final ya no podía imaginar a otra actriz en este papel”, reconoció el director. La propia Drucker, a su turno, explicó su decisión de aceptar: “Tenía una gran confianza en el guion y en su visión.”

La productora Caroline Benjo, que acompañó a Moll también en “La noche del 12”, puso en palabras algo que sirve para entender el cine de este director: “Con Dominique, la forma en que se adentra en los espacios que son las zonas grises... Son esas zonas grises, las de la matiz y la complejidad, las que hemos abandonado por completo, cuando en realidad son las que debemos recuperar.”

“Caso 137” no da respuestas fáciles ni absuelve a nadie. No es un alegato ni un panfleto. Es algo más difícil de hacer: una película que confía en que el espectador puede tolerar la incomodidad de una historia sin resolución satisfactoria, porque la realidad tampoco la tiene.

 

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