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El Mundo |TENSIÓN REGIONAL

El agua entra en la guerra y eleva el riesgo de una crisis sin precedentes

Ataques a plantas de desalinización encienden alarmas por su impacto en ciudades y economías que dependen de ese recurso

El agua entra en la guerra y eleva el riesgo de una crisis sin precedentes

la Planta desalinizadora de Ras Al Khaimah, localizada en Emiratos Árabes Unidos / Web

23 de Marzo de 2026 | 02:49
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En una región donde cada gota cuenta, el agua empieza a asomar como un nuevo y preocupante frente de conflicto. Medio Oriente, históricamente atravesado por disputas energéticas y geopolíticas, suma ahora un elemento tan vital como sensible: el acceso al agua potable.

Y lo que hasta hace poco parecía un límite tácito en la guerra, comienza a resquebrajarse.

Los recientes ataques a infraestructuras hídricas encendieron las alarmas. Una planta desalinizadora en Bahréin fue dañada por drones, mientras Irán denunció una ofensiva similar contra instalaciones propias en Qeshm que habría afectado a decenas de comunidades.

En paralelo, la tensión escaló con advertencias cruzadas que ya no apuntan solo a objetivos militares tradicionales, sino también a sistemas clave para la vida cotidiana.

BASE DE LA SUPERVIVENCIA

El giro no es menor. En una de las zonas más áridas del planeta, donde el acceso al agua es extremadamente limitado, las plantas desalinizadoras son mucho más que instalaciones industriales: son la base misma de la supervivencia urbana.

Millones de personas dependen de ellas para beber, producir y sostener la actividad económica. Sin ese proceso que transforma el agua de mar en potable, ciudades enteras quedarían literalmente al borde del colapso.

Las cifras son contundentes. Medio Oriente concentra cerca del 42% de la capacidad mundial de desalinización. En países como Arabia Saudita, Omán o Kuwait, la enorme mayoría del agua potable proviene de estas plantas.

En grandes centros urbanos como Dubái o Riad, su funcionamiento continuo es simplemente indispensable.

Por eso, la posibilidad de que se conviertan en blanco militar abre un escenario inquietante. Especialistas advierten que atacar el suministro de agua podría tener consecuencias incluso más graves que golpear la infraestructura energética. No se trata solo de interrumpir servicios, sino de poner en jaque la habitabilidad misma de ciudades enteras.

El impacto potencial es amplio. Desde racionamientos severos hasta desplazamientos masivos de población, pasando por efectos en cadena sobre sectores clave como el turismo, la industria o los centros de datos, que requieren grandes volúmenes de agua para operar. En casos extremos, la falta prolongada de suministro podría forzar evacuaciones en cuestión de días.

ATAQUES QUE INQUIETAN

Aunque estos ataques aún son limitados, el precedente preocupa. En conflictos recientes ya hubo episodios similares, pero eran esporádicos. Ahora, en cambio, la amenaza aparece de forma más explícita en discursos y estrategias. “El agua es la vida”, recordó un alto funcionario de la región, en una frase que resume tanto su valor como su vulnerabilidad.

Ante este panorama, las medidas de protección se intensifican. Algunas plantas cuentan con sistemas de defensa, vigilancia reforzada e incluso baterías antimisiles en sus alrededores.

Además, muchas están interconectadas, lo que permite compensar eventuales fallas, y disponen de reservas que cubren varios días de consumo. Sin embargo, estos mecanismos solo ofrecen alivio temporal si los ataques se prolongan.

OTROS RIESGOS MENOS VISIBLES

También existen otros riesgos menos visibles pero igual de peligrosos, como los cortes de energía o la contaminación del agua de mar, por ejemplo a causa de derrames de petróleo.

Todo esto configura un escenario complejo, donde la seguridad hídrica depende de múltiples factores.

Lo que está en juego, en definitiva, es mucho más que infraestructura. Es la estabilidad de una región donde el equilibrio ya es frágil y donde el agua, ese recurso esencial y silencioso, podría transformarse en una herramienta de presión con consecuencias difíciles de contener. Si esa línea se cruza de manera sistemática, advierten los expertos, el conflicto podría escalar hacia una dimensión aún más devastadora.

Porque cuando lo que falta no es energía ni recursos estratégicos, sino agua, el margen de resistencia se reduce drásticamente. Y el impacto, inevitablemente, se vuelve humano.

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