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Escritor y periodista marplatense
En 1973, un periodista de treinta años que trabajaba en La Opinión decidió cruzar una frontera personal: pasar de la crónica urgente a la ficción. Así apareció Triste, solitario y final, la primera novela de Osvaldo Soriano, publicada por Editorial Corregidor. Ese debut no fue apenas un ensayo narrativo: fue la puesta en escena de un estilo que uniría cultura popular, ironía política y ternura por los derrotados.
El punto de partida es cinéfilo y sentimental. Soriano había crecido fascinado por Stan Laurel y Oliver Hardy, el dúo cómico que marcó generaciones con más de doscientos cortometrajes. En la novela, el escritor imagina a un Stan Laurel envejecido, desplazado por la industria del espectáculo, convertido en una sombra de su antiguo esplendor. Hay en ese gesto un deseo de restitución: devolverle dignidad a quien fue olvidado por el sistema que antes lo celebró.
Pero Soriano no se limita a la evocación nostálgica. Introduce en la trama a Philip Marlowe, el detective creado por Raymond Chandler en novelas como El sueño eterno y El largo adiós. La operación es audaz: tomar un personaje emblemático del policial negro estadounidense y hacerlo convivir con un periodista argentino que, además, se llama Osvaldo Soriano. El autor se convierte en personaje, rompe el pacto realista y arma un juego de espejos entre ficción y autobiografía.
La ciudad de Los Ángeles aparece como territorio ambiguo, poblado de celebridades reales y fantasmas mediáticos. Desfilan nombres como John Wayne y Charlie Chaplin, pero lejos del brillo habitual: aquí son parte de un universo en decadencia. El Hollywood que retrata Soriano no es el del glamour, sino el de los estudios que olvidan a sus estrellas cuando dejan de ser rentables.
En el centro late una pregunta que atraviesa toda la obra del autor: ¿qué ocurre con los héroes cuando el público deja de aplaudir? La respuesta no es solemne. Es irónica, por momentos absurda, a veces desprolija. La narración alterna climas: de la calma nostálgica al vértigo disparatado. Esa oscilación no es un defecto sino una marca estilística. Soriano escribe como quien investiga un caso que no termina de comprender, avanzando entre humo de cigarrillos, bares gastados y diálogos filosos.
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Escrita en 1974 pero publicada recién en 1978, “No habrá más penas ni olvido” consolidó a Osvaldo Soriano como uno de los narradores más incisivos de su generación. El título, tomado del tango Mi Buenos Aires querido de Carlos Gardel y Alfredo Le Pera, funciona como ironía amarga: en el universo que retrata Soriano, las penas no desaparecen y el olvido nunca es completo.
La acción se sitúa en el pueblo ficticio de Colonia Vela y gira en torno a la interna feroz entre peronistas de izquierda y de derecha tras el regreso de Juan Domingo Perón. El trasfondo histórico remite a episodios como la Masacre de Ezeiza y al clima enrarecido que precedió al golpe de 1976. Sin embargo, Soriano elige el registro del grotesco antes que el tono solemne.
El conflicto comienza cuando Ignacio Fuentes, delegado municipal, es acusado de albergar “infiltrados”. La frase que pronuncia —“Yo nunca me metí en política: siempre fui peronista”— resume la paradoja de una identidad partidaria que se vive como destino natural y, a la vez, como condena. Lo que sigue es un crescendo absurdo: atrincheramientos, acusaciones cruzadas, proclamas de “¡Perón o muerte!” que pierden sentido a fuerza de repetirse.
La novela combina humor negro y tragedia. Los personajes firman ascensos improvisados mientras se preparan para enfrentamientos que nadie entiende del todo. La disputa, que podría resolverse con diálogo, degenera en violencia colectiva. Soriano retrata el fanatismo como enfermedad contagiosa: una lógica que convierte cualquier diferencia en guerra.
Lejos de caricaturizar sin matices, el autor muestra una ternura persistente por sus criaturas. Incluso en medio del caos, hay destellos de humanidad. Esa mezcla de ironía y compasión es uno de los mayores logros del libro. La risa nunca oculta el trasfondo dramático: lo subraya.
En 1983, la novela fue llevada al cine por Héctor Olivera, ampliando su alcance. Pero su fuerza sigue estando en la palabra escrita. No habrá más penas ni olvido funciona como espejo deformante de una época y como advertencia permanente sobre los riesgos de la intolerancia. Soriano demuestra que la comedia puede ser un instrumento feroz para contar la tragedia política.

Publicada en 1990, “Una sombra ya pronto” serás marca una etapa más introspectiva en la obra de Osvaldo Soriano. La novela se sitúa en la Argentina posterior a la hiperinflación y en los inicios del gobierno de Carlos Menem, un período atravesado por privatizaciones, promesas de modernización y profundas desigualdades.
El protagonista, un ingeniero informático sin nombre, regresa derrotado del exterior y emprende un viaje hacia Neuquén, imaginada como tierra prometida. Sin embargo, el trayecto por la pampa se convierte en una deriva constante. Las rutas desiertas, los trenes vacíos y los pueblos fantasmas construyen una atmósfera donde el paisaje refleja el estado anímico del país.
A lo largo del camino aparecen personajes que encarnan distintas formas de supervivencia: un falso cura, un ex dueño de circo que exagera su italianidad, una adivina, un millonario obsesionado con cálculos imposibles. Todos comparten un rasgo común: la fragilidad. Viven al día, improvisan, sueñan con golpes de suerte que rara vez se concretan.
El hambre y la precariedad atraviesan la narración. No son meros detalles: determinan decisiones, impulsan engaños, condicionan la moral. Soriano convierte la travesía en metáfora de un país que cree en promesas mágicas y termina atrapado en nuevas frustraciones. Cada esperanza es una ilusión que se desvanece antes de consolidarse.
El tono oscila entre la comedia negra y la melancolía existencial. El protagonista escribe cartas a su hija en España, como si necesitara dejar constancia de su paso por ese territorio incierto. Pero el viaje no conduce a la redención. Más bien confirma que el destino es siempre provisorio.
La adaptación cinematográfica de 1994, reforzó la dimensión alegórica del relato. Pero en la novela el desamparo se siente con mayor crudeza.
Soriano vuelve a su tema central: la dignidad de los perdedores. La ruta infinita, el horizonte plano y la promesa siempre postergada sintetizan una experiencia colectiva. Si en sus primeras novelas la sátira era más ruidosa, aquí la tristeza es más íntima. Y sin embargo, persiste la misma convicción: narrar la derrota es una forma de resistencia.

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