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La epigenética demuestra que el sedentarismo y la mala alimentación pueden dejar marcas químicas heredables que influyen en la salud de los descendientes. ¿Cuáles son los otros malos hábitos que no solo impactan en nuestro cuerpo? Los detalles científicos
IA
La idea de que “somos lo que comemos” o “somos lo que hacemos” acaba de adquirir una dimensión mucho más profunda. La ciencia contemporánea ya no discute únicamente cómo influyen nuestros hábitos en nuestra propia salud, sino cómo pueden repercutir en la biología de nuestros hijos y nietos. En el centro de esta revolución conceptual aparece una palabra que hace dos décadas era casi desconocida fuera de los laboratorios: epigenética.
Durante años, la genética clásica sostuvo que la herencia dependía exclusivamente de la secuencia del ADN, una especie de código inalterable transmitido de generación en generación. Sin embargo, investigaciones de instituciones como la Universidad de Harvard y la Universidad de Cambridge comenzaron a demostrar que, además de la secuencia genética, existen marcas químicas que regulan qué genes se activan o silencian. Estas marcas no cambian las letras del ADN, pero sí modifican su funcionamiento.
La epigenética estudia precisamente esos cambios físico-químicos: procesos como la metilación del ADN o las modificaciones de histonas que alteran la expresión genética sin modificar la secuencia. Lo más impactante es que algunas de estas marcas pueden transmitirse a la descendencia, un fenómeno conocido como herencia epigenética transgeneracional.
Esto implica que las experiencias de una generación —desde la alimentación hasta el nivel de actividad física— pueden dejar huellas biológicas que influyan en la estructura corporal, el metabolismo y la salud de las generaciones siguientes. No se trata de una metáfora cultural, sino de mecanismos medibles en laboratorio.
Uno de los campos más estudiados es el impacto del ejercicio físico en la línea germinal. Investigaciones recientes en modelos animales mostraron que padres que realizan actividad física regular antes de la concepción pueden transmitir a sus hijos una mejor eficiencia metabólica y mayor capacidad aeróbica. El entrenamiento modifica microARN presentes en los espermatozoides, que luego influyen en el desarrollo embrionario.
En estos estudios, los descendientes de progenitores activos presentaron mayor densidad mitocondrial en el músculo, mejor regulación de la glucosa y mayor resistencia física. Es decir, no solo heredaron genes, sino una “programación metabólica” más eficiente. La diferencia no radicaba en la estructura del ADN, sino en su regulación química.
En contraste, cuando los progenitores llevaban una vida sedentaria o consumían dietas ricas en grasas y azúcares, la descendencia mostraba mayor propensión a obesidad, resistencia a la insulina y alteraciones hormonales. Esos cambios estaban asociados a patrones de metilación alterados en genes vinculados al metabolismo energético.
El fenómeno no se limita a una sola generación. Algunos experimentos han documentado efectos en nietos, aun cuando estos no estuvieron expuestos directamente a los factores originales. Es allí donde la idea de transmisión transgeneracional cobra un peso inquietante.
La historia también aporta evidencia. Estudios sobre poblaciones expuestas a hambrunas extremas en el siglo XX detectaron que los descendientes presentaban mayor riesgo de enfermedades cardiovasculares y metabólicas. La desnutrición severa durante el embarazo alteró marcas epigenéticas en el feto que luego persistieron en la vida adulta.
De manera inversa, el exceso calórico crónico también genera cambios heredables. Investigaciones en modelos animales mostraron que dietas paternas desequilibradas pueden modificar genes relacionados con hormonas sexuales y crecimiento, afectando el desarrollo corporal de la descendencia.
En términos prácticos, una combinación de poca movilidad, escaso ejercicio y mala alimentación podría predisponer a generaciones futuras a menor masa muscular, mayor adiposidad y disfunciones metabólicas. No es que el cuerpo “evolucione” en sentido darwiniano en pocas décadas, sino que se reprograma fisiológicamente a través de mecanismos epigenéticos.
Este hallazgo obliga a revisar la idea tradicional de responsabilidad individual en salud. Las decisiones cotidianas podrían tener un alcance biológico más amplio de lo que se creía.
Uno de los puntos más polémicos es la noción de que aprendizajes o experiencias intensas puedan dejar marcas heredables. Desde la biología no existe evidencia científica que respalde la transmisión literal de “vidas pasadas” en un sentido espiritual. Sin embargo, sí hay estudios que muestran que traumas severos o estrés crónico pueden generar cambios epigenéticos transmisibles.
Experimentos en animales han demostrado que exposiciones a estrés o miedo condicionan respuestas fisiológicas en descendientes que jamás vivieron esa experiencia directa. En humanos, investigaciones preliminares sugieren que descendientes de personas expuestas a traumas extremos presentan patrones epigenéticos particulares en genes asociados al estrés.
Esto no significa que se hereden recuerdos conscientes, sino que ciertos sistemas biológicos —como el eje hormonal del estrés— pueden quedar programados para responder de manera distinta ante determinados estímulos.
La frontera entre biología y experiencia se vuelve así más difusa. La ciencia no valida la idea de memorias de vidas anteriores, pero sí reconoce que el entorno y las vivencias dejan marcas químicas potencialmente transmisibles.
El cuerpo humano, visto desde esta perspectiva, no es solo el resultado de nuestra genética inmediata, sino también de la historia ambiental reciente de nuestra familia. La actividad física, la calidad de la dieta, la exposición a toxinas y el nivel de estrés pueden influir en la arquitectura biológica de las siguientes generaciones.
Esto no implica determinismo absoluto. Las marcas epigenéticas son dinámicas y, en muchos casos, reversibles. Un estilo de vida saludable puede contrarrestar predisposiciones heredadas. La herencia epigenética no es una condena, sino una advertencia.
La investigación en este campo aún está en expansión. Muchos hallazgos provienen de modelos animales y se requieren más estudios longitudinales en humanos. Sin embargo, el consenso científico es claro: el sedentarismo y la mala alimentación no solo impactan en quien los practica, sino que pueden dejar una impronta biológica duradera.
En definitiva, la herencia genética ya no se entiende como un libro cerrado escrito al nacer. Es un texto que se edita químicamente generación tras generación. Y en esa edición silenciosa, nuestras decisiones cotidianas podrían estar escribiendo la biología del futuro.

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