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Temperaturas más altas, sequías persistentes y tormentas eléctricas más intensas redefinen el mapa del riesgo ecológico. Especialistas advierten que, sin prevención ni políticas sostenidas, los grandes focos ígneos serán cada vez más frecuentes y costosos
Freepik
Los incendios forestales ya no responden al patrón cíclico que durante siglos reguló la dinámica de los bosques. El calentamiento global alteró las reglas: suben las temperaturas, bajan las precipitaciones y se prolongan las temporadas secas. El resultado es un escenario donde el fuego encuentra más combustible, más tiempo y mejores condiciones para expandirse.
En la Patagonia norte, el biólogo Javier Grosfeld, investigador del CONICET, advierte que la región atraviesa un cambio de era. Las grandes superficies quemadas, que antes aparecían cada varios años, hoy se repiten con mayor frecuencia.
El Servicio Meteorológico Nacional registró la primavera más calurosa en décadas y anomalías térmicas de hasta seis grados por encima del promedio histórico. A la par, desde 2010 predominan temporadas con lluvias escasas y, en algunos inviernos recientes, casi sin nieve, un factor clave en la regulación de la humedad.
El vínculo entre clima y fuego es directo. Más calor implica mayor evaporación y suelos más secos; menos precipitaciones reducen la humedad de la vegetación; y el aumento de tormentas eléctricas —que en la región se incrementaron de manera exponencial en las últimas dos décadas— multiplica las fuentes naturales de ignición. Muchos de esos rayos caen en zonas inaccesibles, donde el ataque inicial resulta complejo y los focos crecen hasta volverse incontrolables. A mitad de temporada, decenas de miles de hectáreas ya habían ardido, incluidas áreas protegidas como el Parque Nacional Los Alerces.
A escala global, organismos como la ONU, la FAO, la OMM y la NASA coinciden en que los incendios extremos se duplicaron en frecuencia y extensión en los últimos 20 años. Las temporadas empiezan antes y terminan más tarde. Incluso el calentamiento nocturno favorece que el fuego continúe activo durante la noche. El fenómeno no sólo destruye bosques: libera grandes cantidades de dióxido de carbono y partículas finas que deterioran la calidad del aire y retroalimentan la crisis climática. Se consolida así un círculo vicioso: el calentamiento intensifica los incendios y los incendios agravan el calentamiento.
Si bien entre el 90 y el 95% de los focos se vinculan a acciones humanas —muchas veces por negligencia—, el contexto climático potencia su impacto. A ello se suma la expansión de especies exóticas como pinos y retamas, altamente combustibles y favorecidas por el fuego, que transforman bosques nativos en paisajes más vulnerables. Tras cada incendio, el ecosistema pierde biodiversidad, capacidad de regulación hídrica y fertilidad del suelo. La erosión aumenta y la recuperación natural se vuelve más lenta y costosa.
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Las consecuencias sociales son profundas. En la última década, más de mil viviendas fueron afectadas en la Patagonia. Familias enteras perdieron no sólo su casa, sino también proyectos de vida. El turismo y la producción ganadera sufren caídas abruptas cuando el humo cubre valles y montañas. El fuego deja cicatrices económicas, culturales y psicológicas difíciles de cuantificar.
Frente a este panorama, la discusión no debería limitarse a la extinción. Los especialistas insisten en que prevenir es mucho más eficaz y barato que apagar. El combate puede costar cerca de mil dólares por hectárea, sin contar pérdidas en infraestructura, servicios ambientales y salud. La restauración posterior eleva aún más la cifra. En cambio, la inversión en planificación, manejo de combustibles, detección temprana y capacitación reduce entre ocho y treinta y cinco veces los costos futuros.
Temperaturas altas históricas, lluvias escasas, tormentas eléctricas: algunas de las señales
Sin embargo, los presupuestos destinados al manejo del fuego suelen concentrarse en medios aéreos y logística de emergencia, mientras la prevención recibe una porción mínima. A eso se suma la subejecución de partidas en los últimos años y la falta de una estrategia integral que articule ciencia, Estado y comunidades.
El desafío es aceptar que el cambio climático modificó el escenario de base. En regiones como la Patagonia, los grandes incendios ya no son anomalías excepcionales sino eventos cada vez más probables. Adaptarse implica fortalecer la gestión preventiva, actualizar las políticas ambientales y asumir que el derecho a un ambiente sano incluye proteger bosques, biodiversidad y fuentes de agua.
El heroísmo de brigadistas y vecinos solidarios seguirá siendo necesario. Pero el verdadero cambio llegará cuando la noticia deje de ser la catástrofe y pase a ser la capacidad colectiva de evitarla.
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