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Con agendas virtuales, redes sociales activas y clientes que vuelven cada dos semanas, este sector vive un boom en toda la Región. Para conocer más de este fenómeno, dos platenses cuentan cómo se convocan a la gente, qué implica sostener un local y por qué hoy el oficio combina técnica, experiencia y vínculo humano
Entre máquinas, degradés y agendas virtuales, la barbería dejó de ser solo un servicio estético para convertirse en un espacio de encuentro, fidelidad y comunidad. Dos jóvenes de la Ciudad cuentan cómo es trabajar detrás del sillón, qué cambió en el rubro y por qué hoy cortar el pelo es mucho más que un oficio.
En los últimos años, las barberías se multiplicaron en los barrios de la periferia. También en el corazón de la Ciudad, a tal punto que en sectores hay hasta tres comercios en una manzana.
Donde antes había peluquerías masculinas tradicionales, hoy aparecen locales con estética propia, música, turnos online y una clientela que vuelve cada dos o tres semanas. El corte dejó de ser un trámite mensual para convertirse en parte de una rutina de cuidado y también en una experiencia.
El fenómeno no es casual. El auge del degradé —más corto, más prolijo y de mantenimiento frecuente— impulsó una dinámica distinta: más visitas por mes, más vínculo y más tiempo compartido entre barbero y cliente.
A eso se sumó la profesionalización del rubro, los cursos específicos, la presencia en redes sociales y una nueva generación que encontró en la barbería no solo una salida laboral, sino una vocación.
Asimismo,muchos de los barberos son jóvenes: aprecian al rubro como una salida laboral inminente o que puede complementarse con un periodo de estudio.
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Nahuel Martínez y Santiago Irurueta son parte de esa camada joven que apostó por el oficio. Uno abrió su propio local y trabaja en equipo; el otro comenzó hace poco más de un año y se formó apenas terminó la escuela. Sus historias muestran cómo se construye una clientela, qué implica sostener un comercio y qué lugar ocupa la charla en un rubro que, para muchos, funciona también como espacio de descarga.

Nahuel Martínez tiene 28 años y una barbería en Villa Rica, un barrio de Villa Elisa, que abrió hace seis. Pero su historia empezó antes, casi sin plan. En 2017 o 2018, junto a su hermano, comenzó a cortarse el pelo en casa con una máquina que les regaló su papá. La abuela, peluquera, les daba algunos consejos. “Arrancamos haciéndonos desastres”, recuerda en diálogo con EL DIA. Con el tiempo, los cortes mejoraron y se sumaron amigos y vecinos.
En ese momento, dice, las barberías como hoy no eran tan comunes. Predominaban las peluquerías masculinas tradicionales y el degradé todavía no era tan extremo. “Antes era desde uno; ahora es desde cero, bien pelado. Eso cambió todo”, explica. El corte moderno exige más mantenimiento: el pelo crece alrededor de un centímetro por mes y, cuando los costados están rasurados, cualquier crecimiento se nota rápido. Así, clientes que antes iban una vez por mes hoy vuelven cada dos semanas —o incluso cada cinco días—.
La decisión de profesionalizarse llegó casi por casualidad, cuando un folleto de un curso apareció en el portón de su casa. “Ya estábamos cortando sin título ni conocimiento formal. Dijimos: ¿por qué no hacerlo en serio?”, cuenta. No imaginaba entonces que terminaría viviendo de eso. El curso amplió su mirada: aprendió técnicas que en ese momento no parecían útiles —como la permanente— y que hoy forman parte habitual de su trabajo.
Actualmente trabaja de martes a sábado, de 10 a 19, junto a su papá y un compañero. Llegan media hora antes para limpiar, organizar herramientas y preparar el local. Atienden por turno —cada media hora— y también por orden de llegada. Comparten una agenda virtual donde los clientes se autogestionan. El corte simple cuesta hoy 14 mil pesos y el corte con barba, 16.
Pero la rutina no es solo cortar. Hay que atender proveedores, controlar stock, pagar servicios, actualizar precios y mantener activas las redes sociales. “Antes era todo boca en boca. Hoy Instagram es la cartelera del negocio”, afirma. Para los nuevos clientes, ver los trabajos publicados genera confianza.
Sin embargo, para Nahuel el diferencial no es técnico sino humano. “La barbería es crear vínculo. Si no generás confianza, a la larga no sostenés el negocio”, sostiene. En seis años vio crecer a chicos que empezaron a cortarse con él cuando tenían diez y hoy son adolescentes; clientes que formaron pareja, tuvieron hijos y ahora llevan a los nenes. “Es como acompañar la vida de cada uno”, dice.
La charla es parte central del servicio. Hay quienes vienen a reírse un rato y otros que descargan problemas. “Te sentís medio psicólogo”, admite. Esa confianza tiene una particularidad: el barbero es cercano, pero no pertenece al entorno íntimo del cliente. Eso habilita confidencias que quizá no se comparten en otros ámbitos.
Nahuel reconoce que el comienzo fue duro. Horas largas, pocos cortes y la incertidumbre de no saber si la clientela crecería. “Arrancar es lo más difícil. Tenés que entender que hay un proceso hasta que la rueda gira sola”, afirma. Hoy vive exclusivamente de la barbería y también dicta cursos. Recomienda a quienes empiezan invertir en herramientas y, sobre todo, en capacitación constante. “Siempre hay que ir por más. La gente nota cuando te estancás.”
Para él, la barbería es mucho más que un corte: es ambiente, confianza y comunidad. “Es como el mecánico o el carnicero de confianza. Va un poquito más allá del servicio.”
Las barberías crecieron en la Ciudad, a tal punto que en sectores hay hasta tres locales del rubro en una manzana

Santiago Irurueta tiene 19 años y trabaja como barbero desde hace poco más de un año en un comercio de City Bell. Terminó la escuela sin tener claro qué estudiar y, por recomendación familiar, probó con un curso de barbería. Lo que empezó como una alternativa se transformó en pasión. “Me atrapó. Ahora le dedico tiempo, plata y ganas”, cuenta.
Él es oriundo de la localidad y decidió apostar al oficio cuando descubrió que disfrutaba el proceso creativo y el contacto con la gente. “Subirle el ánimo a alguien con un buen corte o prepararlo para un evento importante está buenísimo”, dice. También le gusta el desafío técnico: perfeccionarse, probar nuevas técnicas y observar cómo trabajan otros barberos. “Se aprende mucho mirando cortar”, sostiene.
En la barbería trabajan principalmente por turno, aunque también aceptan clientes por orden de llegada. El corte simple cuesta 16 mil pesos; corte y barba, 20 mil; el degradé o la barba sola, 14 mil. Santiago realiza en promedio cuatro o cinco cortes por día, aunque hay jornadas más movidas donde pueden superar los diez.
Para él, el crecimiento del rubro en los últimos años tiene varias razones. Por un lado, la posibilidad de generar ingresos en un sector que, dentro de la estética, suele estar bien pago. Por otro, la manera en que los barberos de mayor trayectoria comunican el oficio en redes sociales, mostrando un costado profesional y atractivo. “Hoy no es solo cortar: es vender una experiencia”, resume.
Esa experiencia incluye detalles: ofrecer algo para beber, asesorar sobre qué corte puede favorecer más, generar un clima cómodo. La charla depende del cliente. Santiago intenta sacar conversación para que el momento no sea incómodo, pero respeta los tiempos. “Hay quienes vienen a reírse y otros a desahogarse. En el sillón estamos el cliente y yo, aunque haya más gente alrededor.”
A diferencia de Nahuel, todavía no vive exclusivamente de la barbería, pero reconoce que el trabajo le permitió ahorrar, mejorar sus máquinas, capacitarse y sostener gastos personales. Cree que el inicio puede ser inestable, con días flojos y otros muy buenos, pero que la constancia termina dando resultados.
Su consejo para quienes quieren empezar es claro: invertir primero en capacitación antes que en herramientas de alta gama. “No hace falta la mejor máquina para hacer un buen degradé. La habilidad y la práctica pesan más.” También recomienda evitar la competencia desleal o la envidia. “Cada barbero tiene su estilo.”
Lo que más disfruta es la creatividad y el trato humano. “Que me digan ‘haceme lo que quieras’ y poder explayarme es lo mejor”, afirma. Para él, cuando el cliente se va contento, se fortalece un vínculo que va más allá del servicio puntual.
En un rubro que combina estética, técnica y conversación, ambos coinciden en algo: el crecimiento de las barberías no se explica solo por la moda del degradé ni por las redes sociales. Se sostiene, sobre todo, en la confianza que se construye corte a corte, semana a semana, en ese espacio donde, durante media hora, el mundo queda afuera y la charla fluye frente al espejo.
Un sector entre máquinas, degradés y agendas virtuales...
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