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Ahora la caravana de motos que habitualmente recorre diversas zonas de la Región originó reclamos por parte de vecinos de Melchor Romero, dado los ruidos fuertes causados y las diversas maniobras “acrobáticas” que realizan en horas de la noche y que impiden el sueño de los pobladores, según señalaron.
El fenómeno que los motoqueros supondrán ingenioso, con el que parecen divertirse, se registra sobre todo en el tramo de la avenida 520, desde la 161 a la 167, en una situación que se viene repitiendo en los últimos fines de semana. Se habla de decenas y hasta más de un centenar de motociclistas que se concentran en esos episodios.
Cámaras de seguridad de la zona dejan grabada esa suerte de injusta pesadilla que viven los frentistas, cuando a horas nocturnas muy avanzadas desfila una importante cantidad de motos que se adueña de la tranquilidad del barrio durante las madrugadas.
Para los vecinos de toda edad, para las personas enfermas que puedan encontrarse en sus hogares, está claro que descansar en esas condiciones resulta imposible.
Tal como se puede ver en las filmaciones ofrecidas por los afectados, estas escenas, con sonidos ensordecedores y sucesión de ruidosas frenadas y otros tipos de maniobras, suceden cada fin de semana. Desde luego que los frentistas reclaman la imprescindible presencia policial y de agentes de Control Urbano para frenar el calvario al que se ven sometidos.
Cabe recordar que otro nutrido grupo de motoqueros –acaso el mismo- hace pocas semanas rodeó varias veces el Museo de Ciencias Naturales de nuestra ciudad en el curso de uno de los últimos fines de semana largo, cuando el lugar se encontraba lleno de turistas y visitantes al establecimiento. Los motociclistas hacían piruetas y otras supuestas gracias con sus máquinas, incrementando el ruido atronador y el lógico temor de muchas personas.
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Una cosa es permitir la libre circulación de las personas por las calles del país, tal como lo establecen las normas, y otra muy distinta admitir que algunas utilizan ese derecho para perjudicar a terceros, impidiéndoles descansar y sometiéndolos a situaciones de riesgo e inseguridad.
Algunos podrían alegar que se trata nada más que de una diversión inofensiva y propia de jóvenes, pero es seguro que quienes así opinen no viven cerca de los lugares en donde se realizan estas caravanas que impiden dormir o descansar. S
e puede y debe hablar aquí de los vecinos de plaza Malvinas, que hace años toleran la pesadilla de las caravanas de motos, entre otros disturbios que se extienden a todas las madrugadas los fines de semana.
Está claro que son los funcionarios de distintas jurisdicciones, municipales y provinciales, los que debieran evitar estos desórdenes en el uso de espacios públicos y a horas inconvenientes.
Los problemas que se van planteando en la Ciudad no se resuelven dilatando la decisión de resolverlos y, por el contrario, se ven acentuados hasta convertirse en un verdadero flagelo, en este caso para los vecinos.
Corresponde, por consiguiente, entender las protestas vecinales y, al mismo tiempo, valorar y destacar las formas civilizadas en que se vinieron canalizando los reclamos.
Las infracciones a la convivencia, como la contaminación sonora –entre muchas otras- no dejan de serlo cuando se traslada el problema de un lugar a otro. Lo que hace falta es que las autoridades se encargue de impedirlas en cualquier sector del distrito.
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