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La computadora puede ser capaz de rebelarse y traicionar a los humanos e intentar autonomizarse / Pexels
SERGIO SINAY (*)
Por SERGIO SINAY (*)
En el inicio de “2001, Odisea del espacio”, una de las más extraordinarias obras maestras de la historia del cine, y un deslumbrante ejercicio de filosofía, vemos a un grupo de humanoides, nuestros predecesores, que observan atónitos, aterrados e inquietos un misterioso monolito que aparece de pronto en aquel planeta y aquel tiempo primitivos. Desde 1968, cuando fue filmada por el genial Stanley Kubrick (1928-1999), la película generó, y sigue generando, variadas interpretaciones. Así, se puede sugerir que el monolito representa la existencia de una inteligencia y una evolución de la vida que en ese entonces no se manifestaba, pero que ya aguardaba a nuestra especie. El relato fílmico da un salto en el tiempo y nos encontramos en el año 2001, en una nave que va en busca de Júpiter y más allá del infinito con una pequeña tripulación humana y una computadora que solo una mente brillante e intuitiva como la de Kubrick pudo no solo concebir sino, fundamentalmente, mostrar verosímil. Computadora capaz de rebelarse, traicionar a los humanos e intentar autonomizarse de ellos.
El estupor, la admiración, el estado de hipnosis e incluso la rendición conque aquellos seres contemplan al monolito en “2001…” se parece mucho a la actitud de legiones de humanos de hoy (muchos ellos científicos, técnicos, especialistas en distintas disciplinas, fanáticos de la tecnología o devotos creyentes en ella y sus dogmas) ante la Inteligencia Artificial. Hay un fervor casi religioso ante ella y una convicción en sus supuestos poderes ilimitados del cual se desprende la creencia de que los destinos de la humanidad quedaron en las manos (mejor sería decir los circuitos) de esos misteriosos entes sin cuerpo, sin tangibilidad, sin materialidad que responden a denominaciones como algoritmos, bots o, su último producto, Chat GP3, un émulo de Hall 9000, la computadora del film. Así como los humanoides parecían estar ante un suceso portentoso y de origen divino los devotos de hoy, incluso los creadores de la parafernalia tecnológica, por momentos semejan encontrarse con algo venido de allende los horizontes humanos.
Ganador del Premio Turing (que honra al británico Alan Turing, padre de la computación) Judea Pearl, un matemático, científico y filósofo israelí que investiga profundamente y con los pies en la tierra el funcionamiento y los alcances de la IA, sostiene que esta representa un salto tecnológico, pero no científico. Como el ahora idolatrado Chat GP3, puede aprender, a partir de los datos que se le provean, la relación entre un fenómeno A y uno B, pero no puede explicar la causa de esa relación. A su vez Gustau Camps Valls, catedrático y jefe del grupo de Procesamiento de Imágenes y Señales en la universidad española de Valencia, advierte en el sitio The Conversation que “La IA actual, si bien es útil en muchos campos, todavía encuentra dificultades a la hora de comprender escenarios, de comunicarse y explicar sus decisiones a humanos, de ser consistente y plausible, y de distinguir entre la coincidencia y la causalidad”.
La semántica, la estética, la justicia, la equidad, los valores son conceptos que, por mucho que imite el estilo de escritores, de políticos, de periodistas, la IA no comprende. Y se trata de cuestiones fundamentales en el devenir de las interacciones humanas. Los programas de IA pueden imitar el lenguaje de las emociones y de los sentimientos (no lo hacen por sí mismas, cabe recordarlo y recordárselo sobre todo a los creyentes enceguecidos), pero no puede experimentarlos. Aunque muchos humanos sean analfabetos emocionales, independientemente de sus niveles sociales, económicos y culturales, la facultad de vivir emociones, sentimientos y afectos, la posibilidad de imaginar y el atributo de soñar, tanto despiertos como dormidos, sigue siendo un don humano.
Y hay quienes pueden simular a la perfección ese atributo, aunque estén discapacitados para experimentarlo. Son los psicópatas, que se valen de ello para manipular a otros en función de sus intereses y propósitos, siempre perversos. Respecto de esto, y también en The Conversation, María Isabel Montserrat Sánchez-Escribano, doctora de Derecho Penal, Francisco José Perales, catedrático de Ciencias de la Computación e IA, y Javier Varona profesor de Ciencias de la Computación e IA, todos ellos de la universidad de Las Baleares, se preguntan si la Inteligencia Artificial es, valga la redundancia, más inteligente que los humanos o solamente engaña mejor que ellos. Y apuntan: “Somos nosotros los que nos engañamos al creer que va a aportarnos la solución a todo aquello que le preguntemos”.
Para estos investigadores, Chat GPT “es capaz de imitar nuestro lenguaje de forma tan perfecta sintáctica y gramaticalmente que a priori nos da una sensación de sabiduría infinita”. Agregan que “en estos casos la inteligencia artificial actúa de forma similar a como lo haría un psicópata. La psicopatía se define como un trastorno de la personalidad que caracteriza a aquellas personas que, faltas de sentimientos y de emociones, son incapaces de crear lazos de afecto o empatía con sus congéneres”. Asombrosamente parecen estar hablando de la mítica Hall 9000 de “2001, Odisea del espacio”. Avanzan luego en esa dirección al afirmar que “la principal característica de un psicópata es que conoce perfectamente lo que está haciendo y cuáles son las reglas sociales. Domina la situación y es capaz de distinguir entre el bien y el mal, pero no se siente culpable por sus actos”.
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Nos estamos acercando a la descripción de Chat GPT que sus reverentes acaso prefieran no escuchar o directamente rechazar. “Como si de un psicópata se tratara, escriben los investigadores, la inteligencia artificial será capaz de imitar de una forma tan perfecta determinados comportamientos y características humanas como el diálogo o la expresión de emociones que, sin duda, nos generará sentimientos. Seremos capaces de tomarle afecto, de creerle incondicionalmente o, incluso, de enamorarnos de ella tal y como sucede en la película ´Her´, padeciendo las devastadoras consecuencias de descubrir la verdad”.
Si el pronóstico es inquietante, quizás ayude el recordatorio de que la IA no llegó de extramuros, sino que es un producto humano. Y, aunque se suele olvidar, si nuestra especie aun existe, habiendo hecho tanto para extinguirse, es en buena medida porque, como señala la filósofa canadiense Patricia Churchland, poseemos un cerebro moral. “Hasta ahora los humanos hemos sido capaces de poner límites jurídicos a nuestro progreso para evitar o impedir el desarrollo de aquello que no considerábamos ético”, se lee en el trabajo de los catedráticos de la universidad de Las Baleares. Por eso los psicópatas son un 10% de la población, según se estima, mientras el resto de los humanos recuerda la existencia de valores orientadores y de las leyes que ordenan la convivencia. En el film de Kubrick la computadora que se arroga vida propia es desconectada y el humano que la sobrevive sigue por su cuenta el viaje hacia el infinito en busca de las respuestas a la grandes y misteriosas preguntas de la vida.
(*) Escritor y ensayista, su último libro es "La ira de los varones"
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