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Baz Luhrmann filmó su biopic del Rey del Rocanrol a partir de lo que fue Presley para él. Difícil salir del cine sin pensar en Maradona
Austin Butler, electrizante como Elvis Presley
Pedro Garay
pgaray@eldia.com
Elvis descomunal. Elvis inabarcable. Como el Diego: tipos polisémicos, infinitos, cuerpos atravesados por la historia, por mil historias. Indescifrables, y a la vez tan extremadamente reconocibles para sus coterráneos, fabricados con los mismos materiales que ellos mismos: Elvis solo podía ser estadounidense, como Diego solo podía ser argentino.
El arte, cada tanto, intenta abordarlos. Algunos suman líneas y líneas de texto, horas y horas de metraje, intentando crear el retrato definitivo, armar al Elvis (al Diego) que contenga todos los Elvis (los Diegos). Baz Luhrmann hace lo contrario: le da la espalda (un poco) a la historia. A pesar de que su cine es siempre grandilocuente (también en el buen sentido), aquí recorta, contiene, gesto que también destaca las mejores incursiones de Diego en el cine: Luhrmann contará, en su biografía del Rey del Rocanrol, lo que Elvis fue para él y nada más.
Y para Luhrmann, Elvis fue un ícono sexual que irrumpió en una Estados Unidos que lleva el puritanismo en el ADN. Se sacudió él y sacudió al resto, como se sacude la cámara de Luhrmann, siempre vertiginosa cuando retrata a Austin Butler encarnando a Presley (brillante: lejos de la caricatura, cerca de estar habitado por el espíritu del Rey). Esa subversión, señala Luhrmann, es necesariamente política. “Si algo es demasiado peligroso para decirlo, cantalo”.
En su biopic, Luhrmann no intenta armar al Elvis definitivo, sino a “su” Elvis
Elvis es para Luhrmann, primero, el mito de esa sacudida sexual que hace dudar, incluso, a esos hombres de los 50 que no podían dudar. La pelvis plantea dudas de índole sexual a la Estados Unidos hegemónica, blanca, con las armas de la Estados Unidos marginal, la negra y sureña.
Luhrmann ensaya allí una defensa contra ese coro que dice que Elvis se apropió de la cultura negra (en realidad, era también su cultura, señala, y de paso mesura la influencia de la aburrida y conservadora música country en su vida). Y a la vez construye desde ahí un segundo mito: Elvis tendió puentes, derrumbó muros entre blancos y negros en la Estados Unidos de la segregación, legitimó, abrió ese camino que luego seguirían los Stones. Esos puentes son necesariamente políticos, insiste, y no importa demasiado si Elvis efectivamente tuvo voluntad política: la tuvo para Luhrmann. Elvis hizo estallar las categorías del cineasta con su música. Aunque Elvis no se haya pronunciado en aquella convulsa Estados Unidos, aunque haya protegido su carrera de los vaivenes políticos por órdenes de su superior, aunque no haya cantado en el memorial de Martin Luther King, rompió todo desde el arte, dice el realizador, ¿qué importa lo que dijo, lo que declaró? Importa lo que hizo, su arte (los goles a los ingleses). Porque, otra vez: “Si algo es demasiado peligroso para decirlo, cantalo”.
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El tercer mito de Elvis que dibuja Luhrmann es el del héroe romántico, trágico: su subversión musical y sexual comandada por el éxtasis divino está necesariamente condenada en este mundo. Y es aplastada por, llamémosle, el sistema, que lleva el nombre del coronel Tom Parker, que es lo mismo que decir nada, porque Parker, el manager que creó el producto Elvis, no existió, era el alias de un embaucador de feria. Era nadie, como una multinacional, anónima. Luhrmann piensa como artista (incluso, como visionario): no es (del todo) maniqueo su retrato, pero Parker es finalmente ese villano que constringe, que envuelve como una boa, hasta la asfixia, al artista, que al final, siempre está condenado. Allí está el heroísmo, a fin de cuentas.
Entonces, necesariamente, el final, la condena: Luhrmann, siempre barroco, frena. Detiene en el epílogo su fastuoso y vertiginoso montaje entre el videoclip y el trailer que empuja casi toda la película. Y suspira. Suspira un final menos mitológico, más humano. La familia huye. La explotación lo hace implosionar. Las pastillas lo hacen seguir pero lo van matando. El dinero se esfuma como la confianza en los que lo rodean. Elvis (Diego), con problemas de salud, de peso, deprimido, paranoico, muere solo, aislado, del mundo.
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