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El artista argentino Miguel Doura instaló una sala de exposiciones de obras contemporáneas en una base de campamento del Aconcagua, a 4.300 metros de altura. Entretelones de la movida
Miguel Doura sobre un cerro mientras pinta, en el Aconcagua / Miguel Doura, EFE
JULIETA BARRERA
En un “anfiteatro” rodeado de cumbres y nieves eternas, a 4.300 metros de altura y temperaturas bajo cero, el artista argentino Miguel Doura instaló la galería de arte contemporáneo a mayor altura del planeta, donde hace 20 temporadas que crea y expone sus obras.
Cada verano -a excepción del pasado, en que por la pandemia se suspendieron los ascensos- Plaza de Mulas, campamento base del Aconcagua (6.962 metros sobre el nivel del mar), la montaña más alta de occidente situada en Argentina, se convierte en su casa y en la sede de su galería “Nautilus”.
Miguel se acercó por primera vez a “Mulas” “como cualquiera que intenta ascender un cerro”, comenta, aunque maravillado con las personas, el lugar y el intercambio cultural en ese espacio “extraterritorial”, decidió pasar allí más tiempo.
Se propuso entonces encontrar una actividad que le permitiera establecerse en el campamento al menos una temporada, y, a comienzos del 2000, se le ocurrió instalar la primera estación de Internet en el cerro.
Durante años, Doura había trabajado con éxito en el área de sistemas de una multinacional, pero en un momento dado decidió renunciar y estudiar la carrera de Bellas Artes.
A pesar de su vocación y estudios, nunca había intentado dedicarse a la actividad artística, pero algo inesperado le ocurrió al instalarse en Plaza de Mulas: “una pulsión interna, algo que yo nunca preví, razoné, o pergeñé, el hecho de ir a ‘Mulas’ y pintar”, explica.
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En la montaña, con fruición comenzó a crear obras que llamaron la atención de los andinistas. Alguien preguntó si vendía los trabajos y allí comenzó todo. Esa fue su primera venta “y se fue para Sudáfrica”, recuerda.
Sorprendente como es que exista una galería de arte en el campamento base de una montaña, alguien le sugirió presentarse al récord Guinness. Doura no le encontró mucho sentido a la idea, pero aplicó, y en 2010 recibió el certificado por “la galería de arte contemporáneo a mayor altitud del mundo”.
“Tengo que ser honesto, hubo un antes y un después. La gente se acerca a la galería sabiendo que tengo un Guinness, de hecho lo tengo expuesto en la carpa”, afirma.
“En el arte, una de las variables es lo ‘exclusivo’, y tener un Guinness que certifica que la pintura -que en este caso hice yo- es la única a cierta altura del planeta, da un pequeño hilo de exclusividad”, comenta.
Agotado de escuchar sobre la semejanza de sus obras con las del pintor holandés Vincent Van Gogh, Doura decidió que debía intentar mostrar sus pinturas en Países Bajos.
Se acercó con su trabajo a la cancillería argentina y un año más tarde fue invitado al país europeo para participar de un encuentro con pintores. Poco después fue convocado también a crear una serie de obras para el primer museo de Arte Latinoamericano en la ciudad de Amersfoort.
“Creo que debo ser uno de los pocos argentinos vivos que tienen un trabajo en un museo en Holanda”, señala.

La obra Atardecer en Mulas de Miguel Doura / Miguel Doura, EFE
Miguel no solo pinta el Aconcagua y su entorno; tiene una obra variada, mayoritariamente vinculada a paisajes, aunque también abunda la figura humana.
Por el color, el ritmo y el trabajo en el exterior, el artista ha manifestado sentirse como una “especie de posimpresionista contemporáneo”.
Con respecto a su técnica, se siente cómodo con el color y el trazo, por eso no teme utilizar los pasteles, un material que no requiere de agua -que por las temperaturas en la montaña podría congelarse-, pero cuyo trazo no es posible corregir una vez realizado.
Muchos de sus trabajos están compilados en “El pintor del monte Aconcagua”, un libro sobre su vida y su obra traducido a varios idiomas.
“Nunca pensé llegar a vivir de la pintura, del arte, por diferentes razones. Nunca pensé quedarme estas 20 temporadas en el Aconcagua (...), es algo totalmente inesperado, y nunca pensé estar donde estoy hoy con la pintura”, manifiesta.
A la espera de retornar al cerro, después de dos largos años, el artista subraya las cualidades del lugar.
“Lo que tiene de interesante el Aconcagua, es que nos iguala, uno está igual de cansado, igual de sucio, come más o menos la misma comida, siente el mismo frío y se pregunta millones de veces qué estoy haciendo aquí”.
Por eso afirma: “Nos recuerda quiénes somos, seres humanos en un planeta -con diferencias de todo tipo-, pero un puntito más en el espacio”. (EFE)
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