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En su nueva novela, el autor argentino apunta sobre la civilización moderna para achicharrarla como a una hormiga
Juan José Becerra despliega su maquinaria narrativa y compone un personaje que será recordado / web
MAXIMILIANO COSTAGLIOLA
Por MAXIMILIANO COSTAGLIOLA
Decir que Juan José Becerra se subió, a fuerza de golpes de volante y pistoneos eminentemente literarios, al podio de los mejores narradores de habla hispana es por poco una perogrullada. Esta vez, puso en marcha y cebó su despiadada maquinaria narrativa para pasar por arriba al santuario del arte y las vanidades que inspira, despedazar el contrato social de una civilización decrépita y escarbar en el ovillo de los vínculos humanos hasta desenterrar su hueso, o si se prefiere, reducirlo a su condición mínima.
En un principio, la trama se le revela al lector como un thriller de egos donde el culto y su reverso –la caricaturización– conviven en torno a la leyenda cortazariana. Una comitiva, contratada por el museo nacional de Bellas Artes e integrada por cuatro supuestos especialistas en la materia, sale de caza por Europa en busca de los vestigios de la star juvenil de la literatura argentina. En esa aventura de sabuesos se suceden la guerra quijotesca de vanidades, la exuberancia de un amor etariamente asimétrico que orillea lo incestuoso y el turismo industrial por los lugares canónicos del continente. En esta parte de la novela, Andrés Guerrero, curador de la muestra que se llevará a cabo en honor al mentado escritor, funda, bajo supuestos inspirados en su biografía y en el examen neurótico de sus textos, la efigie más herética de Cortázar que se pueda imaginar. Emergen así, los recursos infantiloides, las apropiaciones, los desniveles y las limitaciones de su obra, y también, su ingenuidad provinciana que lo convierte en un francófilo reverencial (cuando no en un cipayo intelectual), un costado ligeramente homosexual desarrollado al calor de la convivencia con cuatro mujeres histéricas y hasta el exilio forzado por el espectro de una marcha peronista que nunca llegó a escuchar.
Luego de este tramo, narrado con el humor negro propio de quien no tiene a mano el placebo del consuelo ante la pérdida, en la estructura de la novela se produce un desplazamiento tectónico a través del cual el autor descarta la tentación de la anécdota para atender a la tragedia de su protagonista. Shockeado por la disolución del amor y la enfermedad terminal de su hermano, Andrés Guerrero suelta amarras con la vida y entra en una espiral de debacle en la que es socorrido a duras penas por su amigo Samurai, aficionado a los estímulos químicos y dueño de ¡Felicidades!, un antro nocturno donde cada noche se fermenta una fiesta saturada de humo, alcohol y, sobre todo, melancolía.
El derrumbe de Andrés Guerrero tiene la forma de una secuencia atravesada por dos fuerzas ciegas: una, la de pulverizar todos los protocolos asordinados del lenguaje para vomitar la verdad en crudo, como quien echa espuma por la boca; la otra, la de renunciar a cualquier forma de lenguaje para entregarse al ostracismo más radical. “Señalar con el dedo ya era hacerme entender, y lo que yo quería era emanar ondas de vacío humano, ignorancia, intrascendencia”.
Narrada vertiginosamente, como una sucesión de frases que se encadenan una detrás de otra para componer escenas de alto voltaje narrativo, sin suspenso ni detenciones innecesarias, ¡Felicidades! funciona como un tren bala que nos recuerda que en el dorso de cada biografía se esconde una cifra trágica; simplemente porque la condición humana lo es. Aunque también nos confirma que podemos esquivar el señuelo de la autodestrucción amparándonos de a ratos en los templos que la humanidad ha fabricado como vacunas circunstanciales contra ese drama de la especie.
De esta forma, el autor explora el teatro de las pasiones humanas, el lado oscuro del deseo y los hábitos distractivos de la sociedad moderna con la precisión de un cirujano y con el morbo de un forense.
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Becerra escribe como un alpinista sin arnés, dispuesto a inmolarse en cada novela como éstos lo hacen con la montaña, prefiriendo una muerte cargada de sentido en la altura a una insulsa en el llano. Por eso entrar a sus novelas es semejante a subirse a un ring para librar un combate de fondo donde el lector sabe de ante mano que lo van a moler a trompadas, que lo van a hacer hociquear la lona una y otra vez sin concederle siquiera la calma que sobreviene a la paliza. Porque una vez acabadas continúan propagando sus radiaciones como un hongo atómico en la cabeza del lector.
Juan José Becerra despliega su maquinaria narrativa y compone un personaje que será recordado / web
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