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Por SERGIO SINAY
Mail: sergiosinay@gmail.com
En la variada mezcla de episodios y discursos motivada por la discusión sobre la despenalización del aborto en el Congreso de la Nación, se destacó esta semana la confesión del ministro de Salud, Alfredo Rubinstein, según la cual no recuerda haber hecho el juramento hipocrático cuando se graduó como médico. Ese juramento ya no se hace, agregó. Y a partir de ahí se abrió una discusión que, como suele ocurrir en estos tiempos y en este país, oscureció más de lo que aclaró, ofreció nuevos agrietamientos y postergó la posibilidad de debatir, con argumentos y aportes enriquecedores, cuestiones importantes para la sociedad.
Hipócrates, nacido en la isla griega de Cos, vivió en el siglo V antes de Cristo, fue hijo de una familia de magos, se inspiró tempranamente en el legado de Esculapio, dios helénico de la medicina, y dejó, a su vez, una colección de más de 60 libros, conocida como “Medicina Antigua”, en la que investigaba todo tipo de dolencias y proponía las bases para una vida sana. Fue el primero en considerar a la enfermedad como un desequilibrio sistémico del organismo y no como algo aislado, y entre sus propuestas terapéuticas se encontraban desde el bisturí hasta las plantas medicinales, los hábitos de vida y la alimentación. A él se atribuye un juramento de conducta como médico que ponía el acento en la cuestión ética y que hacía observar a sus discípulos. Comenzaba con estas palabras: “Juro por Apolo el Médico y Esculapio y por Hygeia y Panacea y por todos los dioses y diosas, poniéndolos de jueces, que este mi juramento será cumplido hasta donde tenga poder y discernimiento”. Se extendía en otras consideraciones y luego prometía poner su conocimiento “en beneficio de los enfermos” para apartarlos del “perjuicio y el terror”. Continuaba diciendo que “a nadie daré una droga mortal aun cuando me sea solicitada, ni daré consejo con este fin”. Juraba que “a cualquier casa que entre, iré por el beneficio de los enfermos, absteniéndome de todo error voluntario y corrupción, y de lascivia con las mujeres u hombres libres o esclavos”. Y pedía que se lo deshonrara si no cumplía.
Adoptado en las facultades de medicina a lo largo de los siglos, el juramento hipocrático fue siempre de rigor en el momento de la graduación. La Asociación Médica Mundial lo adaptó a la modernidad en 1948, en vista de los actos y experimentaciones inhumanas a cargo de médicos nazis durante la Segunda Guerra. Incluyó entonces párrafos como este: “Hacer caso omiso de credos políticos y religiosos, nacionalidades, razas, rangos sociales y económicos, evitando que se interpongan entre mis servicios profesionales y mi paciente”. Y el siguiente: “No utilizar, ni incluso por amenaza, mis conocimientos médicos para contravenir las leyes de la humanidad”. También hablaba de respetar la vida desde su concepción, aunque una nueva modificación, acordada en 2017 con la ONU (Organización de las Naciones Unidas), optó por dejarlo en “respetar la vida”.
El juramento hipocrático fue siempre de rigor en el momento de la graduación
Más allá de modificaciones o de discusiones bizantinas sobre si se sigue haciendo este juramento, el foco del asunto es si la medicina se ejerce hoy bajo el espíritu hipocrático o si se ha convertido otra cosa. El doctor Alberto Agrest (1923-2012), fue un médico argentino que dedicó su extensa y fecunda carrera a honrar el aspecto humanitario y trascendente de su profesión y a formar discípulos cuya solidez no solo fuera técnica o científica, sino ética. En su libro póstumo, “En busca de la sensatez en la medicina”, Agrest observa los que llama tres carriles actuales de la medicina. Uno lento, conducido por los médicos, en el que predomina la relación médico-paciente, el conocimiento, la atención. La denomina “micromedicina”. Otro de velocidad intermedia, por el que circulan los gerentes de marketing de la industria farmacéutica, y el carril rápido, al que nombra como de “información promocional”. A mayor velocidad del carril más lejos queda la persona, el paciente, aquel que, inicialmente, fue la razón de ser de la medicina. El carril rápido, reflexiona Agrest, “está en manos de algunos médicos, de periodistas científicos, y del complejo médico industrial y comercial, farmacéutico, tecnológico y de las empresas de salud”. Esta sería la “macromedicina”.
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El predominio del tercer carril, como bien apuntaba este auténtico Maestro de la medicina, hizo de la salud un producto más de consumo, algo que se compra y se vende. Por eso llama a sus colegas “a no ser cómplices de una industria que se rige por los mismos principios económicos de cualquier otra industria”. Y que no van necesariamente asociados a los postulados hipocráticos. La prevalencia de intereses económicos en un campo tan sensible y delicado como este empuja a la medicalización de la sociedad. Tanto Agrest, como sus colegas españoles Juan Gérvas y Mércedes Pérez Fernández (coautores de “La expropiación de la salud”), coinciden en que así se convierten simples problemas en enfermedades y luego se producen medicamentos, análisis, estudios, especializaciones y tecnologías que prometen acabar con esas “enfermedades” (que no lo eran).
Todo esto mantiene girando la rueda de un gigantesco negocio, uno de los tres más rentables del mundo (junto a la industria armamentista y, en el orden ilegal, al narcotráfico). En esa rueda el médico ya no es protagonista central, sino apenas un engranaje pequeño, un peón. Y el paciente, la persona, pierde la capacidad de sentirse sana, como hacen notar con filosa ironía Gervás y Pérez Fernández. Se crea la sospecha de que todos podemos estar enfermos de algo, aunque nos sintamos perfectamente bien, y, por lo tanto, deberíamos someternos a una cíclica batería de estudios y análisis que “algo”, aunque sea mínimo, detectarán. Y ahí empieza un tratamiento, y gira la rueda.
En su apasionante libro de memorias “Ante todo no hagas daño”, el eminente neurocirujano británico, Henry Marsh recuerda que la máxima aspiración de un médico debe ser dejar de resultar necesario, actuar de tal manera que su paciente no lo necesite más. Liberarlo de la rueda, y no atraparlo en ella. “Cuanto mayor me hago, escribe, más advierto que estoy hecho de la misma carne de mis pacientes y que soy tan vulnerable como ellos”. Ahí sobrevuela Hipócrates. Ahí despunta el espíritu inicial y esencial de la medicina. Dos seres vulnerables. Uno sufre, el otro comprende ese dolor porque lo ha sentido. Uno se propone aliviarlo, el otro confía. Nadie lucrará en esa relación. Nadie tiene intereses ni especulaciones ajenas a ese vínculo primordial.
Tras trabajar en el Memorial Sloan-Kettering, de Nueva York, importante centro de atención oncológica, el psicoterapeuta Henry Moore recoge su experiencia en “El cuidado del alma en la medicina”. Cuenta cómo hay médicos que se aferran a la ciencia y a la tecnología, sin permitirse “indagar en los temas del alma y del espíritu”. Y son estas, apunta, las necesidades más básicas de una persona enferma. El cuerpo, dice Moore, no es un bife ni una colección de órganos, huesos y vasos sanguíneos. Es el alma establecida en los sentidos. “El alma es el cuerpo. El cuerpo es el alma”, afirma. Ya lo sabía Hipócrates. De eso hablaba su juramento. No importa si se lo recita. Importa si se lo cumple.
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