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DARÍO GONZÁLEZ
Cuando comenzó a sentirse definitivamente mal, mi papá pidió que me sentara a su lado en la cama y relató su testamento, -“la caña más oscura y el reel Calador es para tu hermano Cacho y la caña barnizada y el Escualo son para vos”- esos eran todos los bienes materiales que dejaba.
Unos días después, el cigarrillo y más treinta años de duro trabajo en el frigorífico le apagaban para siempre el corazón.
Mi viejo fue el quinto de nueve hermanos, cuatro mujeres y cinco varones, del matrimonio de mis abuelos portugueses que llegaron a la Argentina en la primera década del siglo pasado provenientes de la Isla Madeira, conocida como la de la eterna primavera y cuyos vinos fueron requeridos por el mundo hasta que en 1910, una peste destruyó casi todos sus viñedos provocando la partida de centenares de sus habitantes en la búsqueda de mejores horizontes.
El apellido de mi abuelo era Gonçálvez con la patita en la c, su duro y cerrado portugués hizo que al anotar a los seis hijos nacidos en la Argentina el apellido derivara a Gonzálves en algunas ocasiones y González en otros casos como sucedió con mi padre.
Mi padre es una de las persona que más he amado en esta vida y su temprana partida aun me duele y mucho, su vida fue muy dura y con poca suerte, ingresó a trabajar al frigorífico siendo menor de edad, cuando vivía en La Plata, en el barrio de los stud, como le gustaba decir, tomaba el tranvía 25 para llegar al trabajo. Después cuando se casó con mi mamá, ya en Berisso, la casa Miklavec le financió una bicicleta y con ella bien de madrugada con frio, lluvia o calor, pedaleaba al laburo .
Por los sesenta lo nombraron encargado de su sector. Duró poco, un sereno, capanga y alcahuete como la mayoría, sorprendió a dos obreros del sector del viejo cocinando carne sobre los tubos de vapor, les tomó los datos, buscó a mi padre, le extendió la mano con el papel y le dijo “estaban cocinando, páseles diez días de suspensión a cada uno”. Mi viejo sin mirarlo y dejándolo con la mano tendida le dijo con un profundo desprecio: “Si los vio le corresponde sancionarlos a usted. Su trabajo es cagar al obrero y el mío controlar la producción”. El alcahuete se fue con la sangre en el ojo. Al otro día mi viejo fue llamado a la oficina de personal: le encajaron a él también diez días de suspensión y lo bajaron de su nombramiento, fue nuevamente un obrero raso hasta que se jubiló.
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Su pasión y habilidad para la pesca fue algo notable, fabricaba sus propias líneas, incluso las boyas las hacía de ceibo con una paciencia infinita, y ya terminadas, nada tenían que envidiarle a las compradas, a mi me parecían más hermosas y coloridas que las que se compraban en los negocios.
Mis hermanos y mi mamá decían que yo era el preferido del viejo, el lo negaba, pero siempre supe que era así, le había colocado a la bicicleta un pequeño asiento de madera en el caño que utilizaba solamente yo. Llegaba del frigorífico, agarraba las cañas, me sentaba delante de él y partíamos para la costa. Ahí con un atado de Clifton en el bolsillo de la camisa y el agua casi hasta la cintura era feliz.
Tengo en mi sangre la bendición de haber heredado su amor por el río y su habilidad con las manos, no así su destreza para la pesca, la misma fue heredada por mi hermano Cacho. Regresábamos entrada la tarde con una buena cantidad de bagres, patíes, porteñitos o pejerreyes, que generalmente terminaban en la casa de algún vecino, porque su placer era pescarlos y no tanto, comerlos-
“Pichín” López Ares dedicó a su padre estos versos: Así quiero verte padre ya recuerdo, jamás olvidado, la sonrisa seria, caña bajo el brazo, rumbo a Palo Blanco”. Cuando los leí por primera vez sentí que esos versos bien podrían haber sido escritos para mi viejo. El poeta cuando escribe con el corazón en la mano logra con la simpleza de su mensaje anidar en lo más profundo de quien lo lee.
Tengo muy grabado el regreso de Perón en 1973. Un par de veces discutimos fuerte, no entendía que él no tuviera la misma alegría que yo y la mayoría del pueblo. Todavía me duele la tarde en que con la soberbia de mi juventud, levanté la voz y él se quedo mirándome y sin decir nada. Después de un par de segundos eternos me alcanzó el mate y con ese gesto dio por terminada la discusión.
No era peronista pero tampoco gorila. Reconocía a Perón por los derechos que este había entregado a los trabajadores, pero le criticaba otras cosas, si tengo que calificarlo diría que estaba cercano al radicalismo de Irigoyen o al socialismo.
Mi querido amigo Raúl Filgueira en un hermoso poema le dice a su padre: “Cuando yo también muera, iré tras sus pasos a su inmortal España para saborear este vetusto deseo de hablarle de hombre a hombre”. En una de las tantas saboreadas charlas que tuve con Raúl le dije que yo tampoco había hablado nunca con mi padre de hombre a hombre. Me miró con los ojos llenos de ternura y me dijo: “Tal vez vos no, pero él seguro que varias veces te habló de esa manera y con el tiempo te vas a ir dando cuenta que fue así”. Nunca escuché algo más bello y esperanzador.
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